La Comuna de París: una declaración política sobre la política[1]

Por Alain Badiou

La Tizza
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Mar 19 · 47 min read

Con ocasión de cumplirse hoy, 18 de marzo de 2021, los primeros 150 años del primero de los 72 días de la Comuna de París (18 de marzo a 28 de mayo de 1871), las plataformas digitales La Tizza y Patrias. Actos y Letras tienen a bien publicar simultáneamente, a propuesta de La Tizza y de mutuo acuerdo, el ensayo de Alain Badiou “La Commune de Paris: une déclaration politique sur la politique”, traducido del original en francés — que sepamos, por primera vez al español — por Rolando Prats, editor de Patrias. Actos y Letras. Las notas que siguen al texto son del traductor y en ellas se han incorporado, modificadas cuando así el traductor lo entendió conveniente, algunas de las notas tanto de la edición en francés de referencia como de la edición en inglés con la que se cotejó (véase la nota 1).

Durante mucho tiempo, los partidos, los grupos, los sindicatos y las facciones que se decían de los trabajadores y del pueblo mantuvieron una fidelidad formal a la Comuna de París y se adscribieron al enunciado con que Marx concluye ese admirable texto que es La guerra civil en Francia: “El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente celebrado como heraldo glorioso de una nueva sociedad.”

Se hizo costumbre visitar el Muro de los Federados (mur des Fédérés)[2], el monumento que evoca a los veinte mil fusilados de mayo de 1871. Recordemos, una vez más, a Marx: “Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera.”

¿Tiene algún corazón la clase obrera? En cualquier caso, hoy se recuerda poco, se recuerda mal. Recientemente, se suprimió a la Comuna de los programas de historia, en los que, de entrada, apenas había ocupado algún lugar. Llevan la voz cantante los descendientes directos de los versalleses, aquellos para los que el comunismo es una utopía criminal, los obreros una invención marxista anticuada, la revolución una orgía sangrienta y la idea de una política no parlamentaria un sacrilegio despótico.

Sin embargo, como siempre, no se trata de la memoria, se trata de la verdad. ¿Cómo se nos presenta hoy, en forma concentrada, la verdad política de la Comuna? Sin descuidar los soportes factuales y textuales, la tarea consiste en reconstituir, por medios que serán mayormente filosóficos, la irreductibilidad de ese episodio de nuestra historia.

Habrá de entenderse que cuando digo “nuestra” historia, lo digo desde el “nosotros” de una política de emancipación, ese “nosotros” cuya bandera virtual sigue siendo la roja y no la tricolor enarbolada por los asesinos de la primavera de 1871.

Puntos de referencia 1. Los hechos

En la precisa mitad del siglo XIX, en Francia, Napoleón III se ha hecho con el poder. No representa sino el saldo especulador y autoritario de la revolución republicana de febrero de 1848. Un resultado de ese género se daba prácticamente por sentado, desde el momento en que sólo unos meses después de la insurrección que había derrocado a Luis Felipe en junio de 1848, la pequeña burguesía republicana consintió, e incluso apoyó, la masacre de los obreros parisinos por las tropas de Cavaignac. Al igual que, en 1919, tras organizar la masacre de los espartaquistas dirigidos por Rosa Luxemburgo, la pequeña burguesía socialdemócrata alemana fraguaría, desde lejos, la posibilidad de una hipótesis nazi.

El 19 de julio de 1870, el régimen, demasiado seguro de sí mismo, y víctima de las arteras maniobras de Bismarck, le declara la guerra a Prusia. El 2 de septiembre se produce la catástrofe de Sedán y el emperador es capturado[3]. Ante el peligro, la población parisina se arma parcialmente en la guardia nacional, cuya base son los obreros. Con todo, es la situación interna el factor determinante: el 4 de septiembre, tras grandes manifestaciones y la toma del Hôtel-de-Ville[4], el imperio es derrocado. Una vez más, sin embargo, al igual que en 1830 y 1848, el poder es acaparado de inmediato entre bastidores por un grupo de políticos “republicanos”, los Jules Favre, Jules Simon, Jules Ferry (“la República de los Jules”, como dirá Henri Guillemin), Émile Picard — y, entre bastidores, Adolphe Thiers — , quienes sin excepción no desean sino una cosa: negociar con Bismarck para poder contener la insurgencia política obrera. Para guardar las apariencias, de inmediato — a fin de ablandar la determinación de la población parisina — proclaman la república, sin especificar su contenido constitucional y, para circunvenir el sentimiento patriótico, se declaran “gobierno de defensa nacional”. En esas condiciones, la muchedumbre se deja manejar y se vuelca a la resistencia, que el largo asedio de los prusianos a París habrá de exacerbar.

En octubre, en condiciones vergonzosas, Bazaine, al mando del principal grupo de tropas francesas, se rinde en Metz. Toda clase de artimañas gubernamentales, relatadas con minucioso detalle en los magníficos libros que Henri Guillemin dedicó a la guerra de 1870 y a los orígenes de la Comuna, conducen a la rendición de París y al armisticio del 28 de enero de 1871. Hacía tiempo que la mayoría de los parisinos no albergaban dudas de que ese gobierno era, en realidad, un gobierno de “deserción nacional”.

Pero es también el gobierno de defensa de la burguesía contra los movimientos populares. Su problema es ahora encontrar la manera de desarmar a los obreros parisinos de la guardia nacional. Existían al menos tres razones que podían llevar a los políticos en el poder a pensar que la situación les era favorable. En primer lugar, habían conseguido que se eligiera con gran premura una asamblea dominada por la reacción rural y provincial, de hecho una cámara “inencontrable” [chambre introuvable] de extrema derecha, legitimista[5] y socialmente revanchista. Nada mejor contra la revolución que unas elecciones: es esa misma máxima la que De Gaulle, Pompidou y sus aliados de la izquierda oficial reavivarán en junio de 1968. Inmediatamente después, se mete en prisión a Blanqui, el principal y más reconocido líder revolucionario. Por último, las cláusulas del armisticio dejan a París rodeada por las tropas prusianas al norte y al este.

En las primeras horas del 18 de marzo, algunos destacamentos militares intentan apoderarse de los cañones en poder de la guardia nacional. La tentativa se topa con una impresionante y espontánea movilización del pueblo de París, en particular de las mujeres, en los barrios obreros. Las tropas se retiran y el gobierno huye a Versalles.

El 19 de marzo, el Comité Central de la guardia nacional, dirección obrera que había sido elegida por las unidades de la guardia, hace una declaración política, texto fundamental sobre el que volveré en detalle.

El 26 de marzo, las nuevas autoridades parisinas organizan la elección de una Comuna de 90 miembros.

El 3 de abril, la Comuna intenta una primera incursión militar para enfrentarse a las tropas que el gobierno, con la avenencia de los prusianos, reorganiza contra París. La incursión fracasa. Los prisioneros hechos por los militares — entre ellos dos miembros muy respetados de la Comuna, Flourens y Duval — son masacrados. Comienza a presentirse la ferocidad con que se llevará a cabo la represión.

El 9 de abril, el mejor jefe militar de la Comuna, un republicano polaco, Dombrowski, obtiene algunos éxitos, especialmente la reconquista de Asniéres.

El 16 de abril se celebran, en la mayor calma y con el orden más absoluto, elecciones complementarias a la Comuna.

Entre el 9 y el 14 de mayo, la situación militar empeora considerablemente en los suburbios del suroeste. Caen los fuertes de Issy y Vanves.

Durante todo ese tiempo (entre finales de marzo y mediados de mayo), la vida de los parisinos prosigue de forma inventiva y pacífica. Se debaten y deciden todo tipo de medidas sociales relativas al trabajo, la educación, la mujer y las artes. Para hacerse una idea de la jerarquía de las representaciones, obsérvese, por ejemplo, que el 18 de mayo — el ejército gubernamental entrará en masa en París el 21 de mayo — se vota sobre el número de clases a crear en las escuelas primarias.

De hecho, París es una ciudad a la vez pacífica y extraordinariamente politizada. Los testimonios puramente descriptivos son raros: los intelectuales no militantes apoyan en general a Versalles, y la mayoría de ellos (Flaubert, Goncourt, Dumas hijo, Leconte de Lisle, Georges Sand…) hacen comentarios abyectos. Son tanto más admirables Rimbaud y Verlaine, partidarios declarados de la Comuna, y Hugo, que, sin entender nada, se opondrá instintiva y noblemente a la represión.

Se conserva una crónica absolutamente extraordinaria, cuya atribución a Villiers de l’Isle Adam es usualmente impugnada y, finalmente, reafirmada. En cualquier caso, expone con vívidos trazos la mezcla de paz y vivacidad política que la Comuna había traído a las calles de París:

La gente entra, sale, circula, se reúne. Las risas de los niños parisinos interrumpen las discusiones políticas. Acérquese a los grupos, escuche. Todo un pueblo conversa sobre asuntos importantes. Por primera vez se oye a los obreros intercambiar sus apreciaciones sobre cosas de las que hasta ahora se habían ocupado sólo los filósofos. No hay rastro de supervisores; ningún agente de policía obstruye la calle ni importuna a los transeúntes. La seguridad es perfecta.

Antes, cuando ese mismo pueblo salía borracho de sus bailes en las afueras[6], los burgueses se apartaban diciendo en voz baja: “Si esta gente fuera libre, ¿qué sería de nosotros? ¿Qué sería de ellos? Serán libres y habrán dejado de bailar. Serán libres y trabajarán. Serán libres y lucharán.”

Cuando un hombre de buena fe pasa hoy cerca de ellos, comprende que acaba de nacer un nuevo siglo y que hasta el más escéptico no deja de soñar.

Entre el 21 y el 28 de mayo, las tropas de Versalles toman París barricada a barricada; los últimos combates tienen lugar en los reductos obreros de los distritos [arrondissements] del noreste: el XI, el XIX, el XX… Las masacres se suceden sin interrupción y continúan hasta bien entrada la “semana sangrienta”. Al menos veinte mil personas mueren a tiros. Cincuenta mil son detenidas.

Así comienza la Tercera República, que todavía hoy es considerada por algunos como la edad de oro de la “ciudadanía”.

Puntos de referencia 2. La interpretación clásica

Señalemos de paso que la principal insuficiencia de ese análisis consiste probablemente en suponer que entre marzo y mayo de 1871 la cuestión del poder estaba, en efecto, sobre el tapete. De ahí esas “críticas” tenaces que han llegado a convertirse en lugares comunes: de lo que presuntamente carecía la Comuna era de capacidad de decisión. Si hubiera marchado inmediatamente sobre Versalles, si se hubiera apoderado del oro del Banco de Francia… A mi juicio, esos “si” carecen de contenido real. En realidad, la Comuna no tenía ni los medios para responder adecuadamente a esos escenarios hipotéticos ni, con toda probabilidad, los medios para pensarlos.

De hecho, la evaluación que hace Marx es ambigua. Por un lado, elogia todo lo que parece conducir a la disolución del Estado y, más concretamente, del Estado-nación. En ese sentido, señalará el rechazo de todo ejército profesional en favor de la entrega de las armas directamente al pueblo; la electividad y la revocabilidad de los funcionarios; el fin de la separación de poderes en favor de una instancia que fuese a la vez deliberativa y ejecutiva; el internacionalismo (el delegado financiero de la Comuna era alemán, los jefes militares eran polacos, etc.). Pero, por otra parte, deplora incapacidades que son en realidad incapacidades de Estado: la débil centralización militar; la imposibilidad de definir prioridades financieras; e incluso la impericia a la hora de abordar la cuestión nacional, o de dirigirse a otras ciudades, lo que hizo y no dijo sobre la guerra con Prusia, o de movilizar al campesinado.

Sorprende ver que, veinte años después, en su prefacio de 1891 a una nueva edición del texto de Marx, Engels formaliza en términos similares las contradicciones de la Comuna. Así muestra, en efecto, que las dos fuerzas políticas dominantes del movimiento de 1871, los proudhonianos y los blanquistas, acabaron haciendo exactamente lo contrario de lo que exigía su ideología manifiesta. Los blanquistas eran partidarios de la centralización a ultranza y del complot armado mediante el cual un pequeño número de hombres decididos se hace con el poder y lo ejerce autoritariamente en beneficio de las masas obreras. En cambio, se vieron obligados a proclamar la libre federación de comunas y la destrucción de la burocracia estatal. Los proudhonianos eran hostiles a toda apropiación colectiva de los medios de producción y abogaban por las pequeñas empresas “autogestionadas”, pero tuvieron que apoyar la formación de vastas asociaciones obreras que se encargaran directamente de dirigir las grandes industrias. Engels concluye, con toda lógica, que la debilidad de la Comuna radicaba en que sus formas ideológicas no se adecuaban a la adopción de decisiones de Estado. Y que el resultado de esa inadecuación es sencillamente el fin del blanquismo y del proudhonismo, dando paso al único “marxismo”.

Sin embargo, ¿en qué medida la corriente que representaban Marx y Engels en 1871, e incluso mucho después, se adecuaba a la situación? ¿De qué medios suplementarios habría dotado a la Comuna la presunta hegemonía de esa corriente?

Lo cierto es que la ambigüedad de la evaluación hecha por Marx será acarreada, durante más de un siglo, tanto por la tendencia socialdemócrata como por su radicalización leninista, es decir, por el motivo fundamental del partido.

En efecto, el partido “socialdemócrata”, el partido de la “clase obrera”, o el partido “proletario”, y más tarde aún el partido “comunista”, son simultáneamente libres respecto del Estado y prescritos para el ejercicio del poder.

Es un órgano puramente político que se constituye por adhesión subjetiva, por ruptura ideológica, y, como tal, es exterior al Estado. Es libre con respecto a la dominación: es portador de la temática de la revolución, de la destrucción del Estado burgués.

Es, sin embargo, también el organizador de una capacidad centralizada y disciplinada, totalmente abocada a la conquista del poder del Estado. Es portador de la problemática de un nuevo Estado, el Estado de la dictadura del proletariado.

Se puede, pues, decir que el partido realiza la ambigüedad del saldo marxista de la Comuna, le da cuerpo. Se convierte en el lugar político de una tensión fundamental entre el carácter no estatal, incluso anti-estatal, de la política de emancipación, y el carácter estatal de la victoria y la duración de esa política. Y ello, por lo demás, independientemente de que la victoria sea insurreccional o electoral: el esquema mental es el mismo.

Precisamente por ello, el partido engendrará (sobre todo a partir de Stalin) la figura del partido-Estado. El partido-Estado es dotado de una capacidad permanente para resolver los problemas que la Comuna dejó sin resolver: centralización de la defensa policial y militar; destrucción total de las decisiones económicas burguesas; movilización y sumisión de los campesinos a la hegemonía obrera; creación de una poderosa Internacional, etc.

No por gusto, según cuenta la leyenda, Lenin se habría puesto a bailar sobre la nieve el día en que el poder bolchevique alcanzó, y después, rebasó los 72 días que bastaron para sellar el destino de la Comuna de París.

Cabe preguntarse si, al aportar una solución a los problemas propios del Estado que la Comuna no pudo resolver, el partido-Estado no suprime, con ello, una serie de problemas políticos que la Comuna tuvo el mérito de entrever.

En cualquier caso, llama la atención que, pensada retroactivamente a través del prisma del partido-Estado, se reduzca la Comuna a dos parámetros: primero, a su determinación social obrera; segundo, al ejercicio heroico pero deficiente del poder.

La Comuna es así vaciada de todo contenido propiamente político. Ciertamente se conmemora, se celebra y se reivindica, pero como mero punto de articulación de la naturaleza social del poder del Estado. Por consiguiente, en tanto no sea otra cosa, la Comuna es una experiencia políticamente superada. Y ello por lo que Sylvain Lazarus ha propuesto denominar

el modo político estalinista, para el cual el lugar único de la política es el partido.

De ahí que conmemorar la Comuna equivalga también a proscribir toda posibilidad de reactivarla.

A ese respecto, se cuenta una historia interesante sobre Brecht. Después de la guerra, Brecht regresa cautelosamente a la Alemania “socialista”, en la que han tomado el mando las tropas soviéticas. Emprende rumbo en el año 1948, no sin antes hacer escala en Suiza para informarse desde lejos sobre la situación. Durante su estancia en Suiza escribe, con la ayuda de Ruth Berlau, su amante de entonces, una obra histórica: Los días de la Comuna. Se trata de una obra sólidamente documentada en la que se mezclan personajes históricos y héroes populares, más lírica y cómica que épica; una buena obra, en mi opinión, aunque raramente representada. Al llegar a Alemania, Brecht propone a las autoridades la puesta en escena de Los días de la Comuna. Ahora bien, en el año 1949, las autoridades en cuestión declaran inoportuna tal representación. El socialismo está en vías de establecerse victoriosamente en Alemania del Este y no hay necesidad de volver a un episodio difícil y anticuado de la conciencia proletaria como lo es la Comuna. Brecht, en suma, no había elegido una buena tarjeta de presentación. No había entendido que, puesto que Stalin había definido el leninismo — reducido al culto del Partido — como “el marxismo de la época de las revoluciones victoriosas”, volver a las revoluciones derrotadas no tenía sentido.

Dicho esto, ¿qué interpretación hace Brecht de la Comuna? Para juzgarla, leamos las tres últimas estrofas de la canción de la pieza, titulada Resolución de los Comuneros:

Considerando que jamás conseguiréis

Garantizarnos un salario digno

Nosotros mismos expropiaremos las fábricas,

Considerando que sin vosotros alcanzará para nosotros.

Considerando que habéis elegido

Amenazarnos con fusiles y cañones,

Hemos resuelto que la muerte

Es menos temible que una vida miserable.

Considerando que, prometan lo que prometan,

No podemos confiar en nuestros gobernantes,

Hemos resuelto que a partir de ahora,

Dirigidos por nosotros mismos,

Nos construiremos una vida mejor.

Considerando que no obedecéis sino a los cañones,

Que es ese el único lenguaje que comprendéis,

Tendremos que girar, y no habrá desperdicio,

Los cañones hacia vosotros[7].

Podemos ver a las claras que el marco general sigue siendo aquí el de la interpretación clásica. La Comuna se presenta como una combinación de lo social y del poder, de la satisfacción material y de los cañones.

Puntos de referencia 3. Una reactivación china

Sin embargo, esas tentativas son precariаs. Ello lo atestigua en primer lugar el hecho de que, aún cuando eran órganos de gobierno provinciales y municipales establecidos tras las “tomas de poder”, el nombre de “Comuna” es rápidamente abandonado en favor del mucho más indistinto de “comité revolucionario”. También lo atestigua la conmemoración, en China, del centenario de la Comuna en 1971. Que se trataba de algo más que de una simple conmemoración y que aún se discernían elementos de una reactivación lo muestra la amplitud de las manifestaciones. Millones de personas desfilan en toda China. Pero que poco a poco se vuelve a cerrar el paréntesis revolucionario lo revela el texto oficial publicado para la ocasión, que en su momento algunos leímos y que un número mucho menor ha conservado y puede releer (lo que probablemente se ha convertido en algo muy difícil de hacer para un chino…). El texto en cuestión es: ¡Viva la victoria de la dictadura del proletariado! En conmemoración del Centenario de la Comuna de París.

Se trata de un texto del todo ambivalente.

No deja de ser extraordinario que el texto en cuestión tenga como epígrafe una fórmula escrita por Marx en la época de la propia Comuna: “Si la Comuna fuera derrotada, la lucha no haría sino postergarse. Los principios de la Comuna son eternos e indestructibles; figurarán en el orden del día una y otra vez hasta que la clase obrera sea liberada.”

La elección de ese epígrafe confirma que, incluso en 1971, los chinos consideran la Comuna no sólo como un episodio glorioso (aunque superado) de la historia de las insurrecciones obreras, sino una exposición histórica de principios que es necesario reactivar. Escuchemos detrás de la frase de Marx otra frase, que podría ser de Mao: “Si la Revolución Cultural fracasara, sus principios seguirían estando en el orden del día.” Lo que tensa, una vez más, el hilo que vincula la Revolución Cultural más a la Comuna que a Octubre.

De la actualidad de la Comuna da fe igualmente el hecho de que el contenido de su celebración oponga a los comunistas chinos a los líderes soviéticos. Por ejemplo: “Mientras que el proletariado y todos los pueblos revolucionarios del mundo conmemoran el gran centenario de la Comuna de París, los renegados revisionistas soviéticos, disfrazados de herederos de la Comuna, se suben al escenario a hacer falso alarde de su ‘fidelidad a los principios de la Comuna’. Es el colmo de la impudicia. ¿Qué autoridad tienen los renegados revisionistas soviéticos para hablar de la Comuna de París?”

Es en el marco de esa oposición ideológica entre marxismo revolucionario creador y estatismo retrógrado que el texto sitúa la contribución de Mao — y, de manera singular, la Revolución Cultural — en continuidad con la Comuna:

Las salvas de la Gran Revolución Cultural Proletaria, iniciada y dirigida por el propio Presidente Mao, han destruido el cuartel general de la burguesía encabezado por Liu Shao-qi, ese renegado, agente del enemigo y traidor a la clase obrera, y han hecho trizas el sueño de la restauración del capitalismo en China, alimentado por el imperialismo y el revisionismo contemporáneo.

El Presidente Mao ha hecho un balance exhaustivo de la experiencia histórica de la dictadura del proletariado en sus aspectos tanto positivos como negativos, ha continuado, preservado y desarrollado la teoría marxista-leninista de la revolución proletaria y de la dictadura del proletariado y formulado la gran doctrina sobre la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado.

La fórmula capital compete a la “continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado”. Invocar a la Comuna de París es comprender que la dictadura del proletariado no puede ser una simple fórmula estatista[8] y que para proseguir la marcha hacia el comunismo es menester recurrir a la movilización revolucionaria de las masas.

En otras palabras, al igual que lo hicieran los obreros parisinos de marzo de l871, por primera vez en la historia, es necesario inventar en el curso de una experiencia revolucionaria continua, la cual es siempre, en parte, una decisión imprevisible y precaria, las formas del Estado proletario. Por lo demás, los maoístas habían declarado muy al principio que la Revolución Cultural era “la forma finalmente descubierta de la dictadura del proletariado”.

Con todo, se mantiene invariable la concepción general de la articulación de la política y el Estado. De modo que el intento de reactivación revolucionaria de la Comuna de París permanece inscrito en el balance anterior y, en particular, sigue dominado por la figura tutelar del partido. Ello se muestra a las claras en el pasaje sobre las deficiencias de la Comuna:

La causa fundamental del fracaso de la Comuna de París estriba en el hecho de que, habida cuenta de las condiciones históricas, el marxismo no había alcanzado aún una posición dominante en el movimiento obrero y no había surgido todavía un partido revolucionario proletario cuya ideología rectora fuese el marxismo […]

Aparte de una situación revolucionaria que favorezca claramente a las masas populares, sigue siendo necesario contar con un sólido núcleo de dirección del proletariado, es decir, “un partido revolucionario… construido sobre la base de la teoría revolucionaria marxista-leninista y el estilo revolucionario marxista-leninista.”

Aunque la cita final sobre el partido es de Mao, podría haber sido, sin necesidad de cambio alguno, igualmente de Stalin. Y ello es tan cierto que, a pesar de su activismo y su militancia, la visión maoísta de la Comuna permanece prisionera del marco del partido-Estado y, por tanto, de lo que he llamado el “primer balance”.

Hecho este recorrido por la interpretación clásica, y por lo que en ella fue excepción, podemos decir, entonces, que

hoy la visibilidad política de la Comuna de París no es nada evidente. Al menos si lo que entendemos por “hoy” es la necesidad de asumir el reto de pensar la política fuera de su sujeción al Estado y fuera del marco de los partidos o del partido.

Y, sin embargo, la Comuna fue una secuencia política que, precisamente, no se situó en esa sujeción ni en ese marco.

El método consiste, pues, en dejar de lado la interpretación clásica y abordar los hechos y las determinaciones políticas de la Comuna con un enfoque completamente diferente.

Preliminares: ¿qué es la “izquierda”?

Por lo que respecta a 1830, 1848 y 1870, hay que señalar que comparten un rasgo fundamental, tanto más cuanto que ese rasgo sigue siendo en gran medida de actualidad. El movimiento político de masas es ampliamente proletario. Pero se acepta que el saldo estatal de ese movimiento entrañe la llegada al poder de camarillas de políticos, lo mismo republicanos que orleanistas. El desfasaje entre política y Estado es aquí tangible: la proyección parlamentaria del movimiento político atestigua en efecto una incapacidad política en cuanto al Estado. Pero también se constata que esa incapacidad se vive a mediano plazo como un fracaso del movimiento y no como el precio de una brecha estructural entre el Estado y la invención política. En el fondo, en el seno del movimiento proletario prevalece la tesis, subjetiva, de que existe o debe existir una continuidad entre un movimiento político de masas y su saldo estatal. De ahí el tema recurrente de la “traición” (Los políticos en el poder traicionan al movimiento político. Pero ¿acaso tuvieron alguna vez cualquier otra intención, incluso cualquier otra función?). Y cada vez ese motivo desesperante de la traición conduce a la liquidación, a menudo durante un largo período, del movimiento político.

Ahora bien, ello es de sumo interés. Recordemos que el movimiento popular (“[Tous] Emsemble!”[10]) de diciembre de 1995 y del movimiento de los “sans-papiers de Saint-Bernard[11] arrojaron como saldo la elección de Jospin[12], contra quien los gritos de “traición” — empíricamente justificados — no se hicieron esperar. A mayor escala, Mayo del 68 y su secuencia “de izquierda” se extenuaron en la adhesión a Mitterrand ya mucho antes de 1981. Más lejos aún, la novedad radical y la esperanza política de los movimientos de la Resistencia entre 1940 y 1945 no tuvieron mayor peso, tras la Liberación, a la hora en que los viejos partidos, al amparo de De Gaulle, volvieron al poder.

Jospin, Mitterrand y sus semejantes son los Jules Favre, los Jules Simon, los Jules Ferry, los Thiers y los Picards de nuestra coyuntura. Y todavía hoy se nos sigue convocando a “reconstruir la izquierda”. ¡Qué estafa!

Es cierto que esa permanente operación de acomodo de los estafadores parlamentarios a los sobresaltos de la política de masas lo atestigua también el recuerdo de la Comuna: ¿acaso el Muro de los Federados, exiguo símbolo de los mártires obreros, no se levanta al lado de la gran avenida Gambetta[13], ese parlamentario de choque y fundador de la Tercera República?

Y, sin embargo, la Comuna sigue ocupando una posición excepcional.

La Comuna es lo que, por primera y hasta hoy por única vez, rompe con el destino parlamentario de los movimientos políticos obreros y populares.

En la noche de la resistencia en los barrios obreros, el 18 de marzo de 1871, cuando las tropas se retiran sin haber podido tomar los cañones, se podría haber apelado a la vuelta al orden, a la negociación con el gobierno y a sacar del sombrero de la historia una nueva camarilla de oportunistas. Esa vez no habría nada de eso.

Todo se condensa en la declaración del Comité Central de la guardia nacional, ampliamente difundida el 19 de marzo: “Los proletarios de la capital, ante el fracaso y las traiciones de las clases gobernantes, han comprendido que ha llegado la hora de salvar la situación tomando en sus propias manos la dirección de los asuntos públicos.”

Esta vez, esta única vez, el destino no se pone de nuevo en manos de políticos competentes. Esta vez, esta única vez, se invoca la traición como un estado de cosas que eludir y no como la consecuencia de una decisión desafortunada. Esta vez, esta única vez, el propósito es tratar la situación únicamente sobre la base de los recursos del movimiento proletario.

Hay ahí una verdadera declaración política.

La cuestión es pensar su contenido.

Pero antes se precisa una definición estructural esencial: Entendamos por “la izquierda” el conjunto del personal político parlamentario que proclama que es el único capaz de cargar con las consecuencias generales de un movimiento político singular. O, en términos más contemporáneos, el único capaz de dotar a los “movimientos sociales” de una “salida política”.

Así, es posible describir la declaración del 19 de marzo de 1871 precisamente como una declaración de ruptura con la izquierda.

Es evidente que es eso lo que se hizo pagar con su propia sangre a los comuneros. Porque, al menos desde 1830, ante cada movimiento de gran magnitud, “la izquierda” ha sido el único recurso a que ha podido recurrir el orden establecido. En mayo de 1968, una vez más, como comprendió muy pronto Pompidou, el Partido Comunista Francés era el único capaz de restablecer el orden en las fábricas. La Comuna es el único ejemplo de ruptura con la izquierda a semejante escala. Lo cual, de paso, arroja luz sobre su virtud excepcional, sobre su alcance paradigmático — mucho mayor que el de Octubre — para los revolucionarios chinos entre 1965 y 1968, y para los maoístas franceses entre 1966 y 1976: se trataba entonces precisamente de romper con toda sujeción a ese emblema fundamental de la “izquierda” en que se habían convertido los partidos comunistas, estuviesen en el poder o en la oposición (aunque, en un sentido profundo, un “gran” partido comunista siempre está en el poder).

Es cierto que la Comuna, tras ser aplastada, fue absorbida por “la memoria” de izquierda. La mediación de esa paradójica incorporación adoptó la forma de un combate parlamentario por la amnistía de los comuneros exiliados o aún encarcelados. A través de ese combate, la izquierda mantenía su esperanza de consolidar sin riesgos su poder electoral. Después vino la época — de la que ya he hablado — de las conmemoraciones.

Hoy, la visibilidad política de la Comuna debe ser restaurada mediantе su desincorporación: nacida de su ruptura con la izquierda, la Comuna debe ser extraída de la hermenéutica izquierdista que la ha abrumado durante tanto tiempo.

Para ello, aprovechemos que la izquierda — cuya bajeza es, sin embargo constitutiva — ha caído ahora tan bajo que ya ni siquiera hace el amago de recordar la Comuna.

Pero la operación no es simple. Requiere que se me conceda, pacientemente, la oportunidad de establecer algunos operadores y hacer un nuevo desglose de los acontecimientos.

Ontología de la Comuna

La Comuna es un sitio

Tomemos una situación cualquiera. Todo múltiple que pertenezca a esa situación es un sitio siempre que llegue a contarse a sí mismo en el campo referencial de su propia aparición. O incluso: un sitio es un múltiple que llega a comportarse en la situación tanto respecto a sí mismo como con respecto a sus elementos, de manera tal que sirve de soporte del ser de su propia aparición.

Aunque la idea sigue siendo oscura, podemos empezar a ver su contenido: un sitio es una singularidad porque convoca a su ser en la aparición de su propia composición múltiple. Se hace a sí mismo, en el mundo, el ser-ahí de su ser. Entre otras consecuencias, ello significa que el sitio se dota a sí mismo de una intensidad de existencia. Un sitio es un ser que llega a existir por sí mismo.

Toda la cuestión estriba en que el 18 de marzo de 1871 es un sitio.

Así pues, a riesgo de repetirme, retomemos — a efectos, sin embargo, de una construcción singular — todos los términos de la situación “París al final de la guerra franco-prusiana de 1870”. Nos encontramos en el mes de marzo de 1871. Tras un amago de resistencia, transido por el miedo del París revolucionario y obrero, el gobierno provisional de los “republicanos” burgueses capitula ante los prusianos de Bismarck. A fin de consolidar esa “victoria” política — fácilmente comparable a la revancha reaccionaria de Pétain en 1940 (se prefiere llegar a un arreglo con el enemigo exterior a exponerse al enemigo interior) — hace que el mundo rural, aterrorizado, elija una asamblea con mayoría monárquica, que sesiona en Burdeos.

Dirigido por Thiers, el gobierno espera aprovechar las circunstancias para aniquilar la capacidad política de los obreros. Entretanto, en París, el proletariado está armado, tras haber sido movilizado durante el asedio a la capital, agrupado en la guardia nacional. En teoría, dispone de varios cientos de cañones. El órgano “militar” de los parisinos es el Comité Central, en el que se reúnen los delegados de los diferentes batallones de la guardia nacional, batallones que a su vez están vinculados a los grandes barrios populares de París, Montmartre, Belleville…

Tenemos un mundo dividido, cuya organización lógica — lo que en la jerga filosófica podría llamarse organización trascendental — concilia las intensidades de la existencia política según dos conjuntos de criterios antagónicos. En lo que respecta a las disposiciones jurídicas, electorales y representativas, no se puede sino constatar la preeminencia de la asamblea de los rurales legitimistas[14], del gobierno capitulador de Thiers y de los oficiales del ejército regular, que — habiendo recibido, sin mucho esfuerzo, una buena paliza por los soldados prusianos — , sueñan con dar la batalla a los obreros parisinos. Es ahí que reside el poder, sobre todo porque es el único reconocido por el ocupante. Del lado de la resistencia, de la intervención política y de la historia revolucionaria francesa, está el fecundo desorden de las organizaciones obreras parisinas, en el que se entremezclan el Comité Central de los veinte distritos [arrondissements], la Federación de Cámaras Sindicales, algunos miembros de la Internacional, los comités militares locales… En realidad, la consistencia histórica de ese mundo, escindido y desbandado como consecuencia de la guerra, reposa en la convicción mayoritaria de que no existe ningún tipo de capacidad obrera de gobierno. Para la aplastante mayoría de la gente, incluidos a menudo los propios obreros, los obreros politizados de París son simplemente incomprensibles. En el incierto mundo de la primavera de 1871, esos obreros son el inexistente propio [l’inexistant propre] del término “capacidad política”. Para la burguesía, existen todavía demasiado, al menos físicamente. La bolsa asedia al gobierno, al que no deja de advertirle: “Jamás haréis transacciones financieras si no os deshacéis de esos facinerosos.” Se trata, para empezar, de un imperativo aparentemente fácil de apoyar: desarmar a los obreros y, en particular, recuperar los cañones distribuidos en el París popular por los comités militares de la guardia nacional. Es esta iniciativa la que hará del término “18 de marzo” — un solo día — , tal como se expone en la situación “París en la primavera de 1871”, un sitio, es decir, lo que se muestra a sí mismo en la aparición de la situación.

El 18 de marzo es, más exactamente, el primer día del acontecimiento que se denomina (que se denomina a sí mismo) la Comuna de París, es decir, el ejercicio del poder, en París, por militantes políticos republicanos o socialistas y organizaciones obreras armadas desde el 18 de marzo hasta el 28 de mayo de 1871. Secuencia que se salda con la masacre de muchas decenas de miles de “rebeldes” por las tropas del gobierno de Thiers y de la asamblea reaccionaria.

¿Qué es, exactamente, en tanto contenido manifiesto, ese comienzo, el 18 de marzo? Responderemos: la aparición del ser-obrero — hasta ese día síntoma social, fuerza bruta de los levantamientos o amenaza teórica — en el espacio de la capacidad política y gubernamental.

¿Y qué ocurre? Thiers ordena al general Aurelles de Paladine que recupere los cañones en poder de la guardia nacional. A eso de las tres de la madrugada, algunos destacamentos escogidos llevan a cabo el golpe. Al parecer, un éxito total. En las paredes se puede leer la proclamación de Thiers y sus ministros, portadora de paradojas de una evaluación trascendental escindida: “Que los buenos ciudadanos se separen de los malos; que ayuden a la fuerza pública”. Sin embargo, a las once de la mañana ha fracasado totalmente el golpe. Centenares de mujeres de pueblo, y después obreros anónimos y, por su propia cuenta, miembros de la guardia nacional, tienden cerco a los soldados. Muchos confraternizan. Se recuperan los cañones. El general Aurelles de Paladine se alarma, viendo en ello el gran peligro rojo: “El gobierno os llama a defender vuestros hogares, vuestras familias, vuestros bienes. Algunos descarriados, que no obedecen sino a jefes ocultos, vuelven contra París los cañones que se se les había arrebatado a los prusianos. Según el general, se trata de “acabar con un comité insurreccional cuyos miembros no representan otra cosa que las doctrinas comunistas y querrían saquear París y enterrar a Francia”. Resulta inútil. A pesar de carecer de un verdadero liderazgo, la rebelión se extiende y ocupa toda la ciudad. Las organizaciones obreras armadas se apoderan de los cuarteles, los edificios públicos y, finalmente, el Hôtel-de-Ville, que, bajo la bandera roja, se convertirá en el lugar y el símbolo del nuevo poder. Thiers se salva tras escapar por una escalera oculta. El ministro Jules Favre salta por una ventana. Todo el aparato gubernamental desaparece y se instala en Versalles. París se entrega a la insurrección.

El 18 de marzo es un sitio porque, aparte de todo lo que aparece en él bajo el ambiguo trascendental del mundo “París en la primavera de 1871”, aparece él mismo, como inicio fulminante, y totalmente imprevisible, de una ruptura (es cierto que todavía sin concepto) con lo que había establecido la norma de su aparición. Obsérvese que “18 de marzo” es el título del capítulo de la magnífica Historia de la Comuna de París de 1871, publicada por el militante Lissagaray en 1876[15]. Ese capítulo se refiere, naturalmente, a las “mujeres del 18 de marzo”, al “pueblo del 18 de marzo”, lo que atestigua que el “18 de marzo”, convertido en predicado, ha llegado a incluirse en la evaluación de las diversas peripecias de que se compone ese día. Lissagaray ve claramente que, bajo el empuje del ser, los avatares del 18 de marzo han provocado un vuelco inmanente de las leyes de la aparición. En efecto, del hecho de que el pueblo obrero de París, habiendo superado la dispersión de su marco político, impidiera un acto gubernamental ejecutado con precisión y a viva fuerza (la toma de los cañones), resulta en definitiva la obligación de que aparezca una capacidad desconocida, un poder sin precedentes, en virtud de lo cual el “18 de marzo” llega a aparecer, por mandato del ser, como un elemento de la situación que es él.

En efecto, desde el punto de vista de la aparición ordenada, la posibilidad de un poder gubernamental popular y obrero pura y simplemente no existe. Es ese el caso incluso de los propios militantes obreros, que utilizan indistintamente el vocabulario de la “República”. En la noche del 18 de marzo, los miembros del Comité Central de la guardia nacional — única autoridad efectiva de la ciudad abandonada por sus tutores legales — siguen en su mayoría convencidos de que no deben reunirse en el Hôtel-de-Ville y reiteran que “no tienen un mandato de gobierno”. Lo que equivale a decir, según nuestra concepción a ese respecto, que se resisten a romper con “la izquierda”. No es sino con el puñal de las circunstancias en el pecho que acaban decidiendo, como les dictará que hagan Édouard Moreau — un perfecto don nadie — la mañana del 19 de marzo, “celebrar elecciones, proveer a los servicios públicos y proteger a la ciudad de una sorpresa”. Con ese acto, nolens volens, se constituyen directamente, contra cualquier adscripción a la izquierda parlamentaria, como autoridad política. Al hacerlo, invocan el “18 de marzo” como comienzo de esa autoridad, autoridad que es consecuencia del 18 de marzo.

Es menester entonces comprender que

el 18 de marzo es un sitio porque se impone a todos los elementos que contribuyen a su propia existencia como aquello que, contra el fondo indistinto del ser-trabajador, reclama “por la fuerza” una evaluación trascendental totalmente nueva de su intensidad.

El sitio “18 de marzo”, pensado como tal, es subversión de las reglas de la aparición política (de la lógica del poder) por medio de su propio apoyo activo, ese “18 de marzo” empírico en que se reparte la posibilidad imposible de la existencia obrera.

Lógica de la Comuna

La Comuna es una singularidad

En cuanto al pensamiento de su ser puro, un sitio es simplemente un múltiple al que le ocurre ser elemento de sí mismo. Lo cual acabamos de ilustrar con el ejemplo del 18 de marzo, conjunto complejo de peripecias cuyo resultado es que el “18 de marzo” se instituye, en el objeto “18 de marzo”, como la exigencia de un nuevo aparecer político, como forzando una evaluación trascendental inédita de la escena política.

Sin embargo, el sitio debe pensarse no sólo en la particularidad ontológica que acabo de reconocerle, sino también en el despliegue lógico de sus consecuencias.

De hecho,

el sitio es una figura del instante. No aparece sino para desaparecer. La duración real, es decir, el tiempo que inaugura o funda, no pueden ser sino los de sus consecuencias.

El entusiasmo del 18 de marzo de 1871 funda, es cierto, el primer poder obrero de la historia, pero cuando, el 10 de mayo, el Comité Central proclama que para salvar “esta revolución del 18 de marzo, que tan bien había comenzado”, va a “poner fin a las querellas, sobreponerse a la mala voluntad, acabar con las rivalidades, la ignorancia y la incapacidad”, esa jactanciosa desesperación hace referencia a todo lo que, desde hacía dos meses, había hecho aparición en la ciudad en materia de distribución, o de envoltura, de las intensidades políticas.

Dicho esto, ¿qué es una consecuencia? Cuestión fundamental para toda la teoría de la aparición histórica de una política. Es obvio, sin embargo, que omito los detalles técnicos de esa teoría. Lo más sencillo es fijar el valor de la relación de consecuencia entre dos términos de una situación por la mediación de su grado de existencia. Si el elemento a de una situación es tal que la existencia de a tiene un valor p, y si el elemento b de la misma situación existe en el grado q, postularemos que b será consecuencia de a en medida igual al valor de la subordinación de esas intensidades, o, si se quiere, su orden. Si, por ejemplo, en la escala que mide las intensidades de existencia propias de la situación considerada, q es muy inferior a p, validaremos la subordinación de b a a.

Podemos, pues, afirmar lo siguiente: la consecuencia es una relación, fuerte o débil, entre existencias. Por tanto, el grado en que una cosa es consecuencia de otra nunca es independiente de la intensidad de existencia que esas cosas tengan en la situación considerada. La declaración del Comité Central del 10 de mayo de 1871 a la que nos referíamos puede leerse, pues, como una tesis sobre las consecuencias. En ella se registra:

— La muy fuerte intensidad de existencia del día 18 de marzo de 1871, esa revolución que había “empezado tan bien”.

— Implícitamente, el catastrófico grado de existencia de disciplina política en el campo obrero, dos meses más tarde (“mala voluntad”, “rivalidades”, “abatimiento” (sic), “incapacidad”).

— El deseo, desgraciadamente abstracto, de poner el valor de las consecuencias de la política en curso al mismo nivel que el poder de existencia de su origen desaparecido.

El sitio es la aparición/desaparición de un múltiple cuya paradoja es la auto-pertenencia. La lógica del sitio concierne a la distribución de intensidades en torno a ese punto de desaparición que es el sitio. Así pues, debemos empezar por el principio: ¿cuál es el valor de existencia del propio sitio? Seguidamente, pasaremos a considerar aquello que podamos inferir en cuanto a las consecuencias.

No hay nada, en la ontología del sitio, capaz de prescribir su valor de existencia. Un surgimiento puede no ser más que una aparición local apenas “perceptible” (pura imagen, ya que no hay ahí percepción alguna). O incluso: una desaparición puede no dejar ninguna huella. Bien puede suceder que, ontológicamente marcado por los estigmas [stigmates] del “verdadero” cambio (auto-pertenencia y desaparición en el instante), un sitio sea, sin embargo, debido a su insignificancia existencial, apenas diferente de una simple continuación de la situación.

Por ejemplo, el martes 23 de mayo de 1871, cuando casi todo París está en manos de la soldadesca de Versalles — que dispara contra los obreros por miles en las escaleras de toda la ciudad — y cuando entre los comuneros, que se baten barricada a barricada, no queda ya ningún liderazgo militar ni político, los despojos del Comité Central lanzan su última proclama, que con premura pegan en algunas paredes y que — como afirma Lissagaray con sombrío sarcasmo — es una “proclamación de vencedores”. En ella se exige la disolución conjunta de la Asamblea (legal) de Versalles y de la Comuna, la retirada de París del ejército, un gobierno provisional confiado a los delegados de las grandes ciudades y una amnistía recíproca. ¿Cómo calificar ese triste “Manifiesto”? Por su propia incongruencia, no puede reducirse a la normalidad de la situación.

El Manifiesto expresa todavía, aunque fuese hecha jirones, o incluso en forma despectiva, la certeza de sí de la Comuna, su justa convicción de detentar un comienzo político.

No sería ilegítimo considerar ese documento, que el viento de los cuarteles relegará al olvido, como uno de los elementos del sitio. Y, sin embargo, en el brutal crepúsculo de la insurrección obrera, su valor de existencia es muy débil. Lo que en este caso se pone en tela de juicio es el poder singular del sitio. El manifiesto del Comité Central, es cierto, se sitúa ontológicamente en lo que mantiene unido el sintagma acontecimental[16] [événementiel] “Comuna de París”, pero, como signo él mismo de descomposición o de impotencia, retrotrae la singularidad a los márgenes de la pura y simple modificación de la situación, o a su desarrollo mecánico, sin verdadera creación.

A ese respecto, citemos el terrible pasaje consagrado a los últimos momentos de la Comuna por Julien Gracq en Lettrines. En 1981, hube de insertar ese extracto en el prefacio de mi Théorie du sujet[17] para indicar que todos mis esfuerzos filosóficos pretendían contribuir, aunque fuera ligeramente, a evitar que nosotros (como herederos de la Revolución Cultural y de Mayo de 1968) nos convirtiéramos en “comerciantes de vales de arenque”.

Gracq está inmerso en la relectura el tercer volumen, titulado L’insurgé, de la autobiografía de Jules Vallès, dirigente de la Comuna. He aquí un fragmento de su comentario:

Marx se mostró indulgente con el estado mayor de la Comuna, de cuyas carencias se había dado cuenta perfectamente. La revolución también tuvo sus Trochu y sus Gamelin. La franqueza de Vallès llega a consternar, y podría hacer que uno se horrorizara ante ese estado mayor proclive a las proclamaciones, esos licoreros [chand’vins] de revolucionarios a cuyo paso escupían, durante los últimos días de la semana sangrienta, los sublevados de Belleville. No hay excusa para dirigir la buena batalla cuando se lo hace con tanta ligereza.

Se siente subir una especie de náusea atroz al seguir el grotesco y patético desmadre de las últimas páginas, en las que el desdichado delegado de la Comuna — que ya no osa mostrar la bufanda que lleva, bajo el brazo, apretada dentro de un periódico — , suerte de irresponsable de barrio, de Charlot petrolero dando brincos entre los resplandores de obús, deambula como un perro perdido de una barricada a otra, inepto para lo que sea, tratado con dureza por los amotinados que le enseñan los dientes, distribuyendo desordenadamente vales de arenques, vales de cartuchos y vales de incendio, e implorando a la multitud colérica que le pisa los talones y que tiembla de furia en el berenjenal en que la ha metido, lastimosamente, lamentablemente: “Dejadme en paz, os lo ruego. Necesito pensar a solas”.

En su exilio de audaz irresponsable, debió a veces despertarse en medio de la noche y escuchar todavía las voces, a pesar de todo algo serias, de esos a los que en pocos minutos una bala les perforará las entrañas, y que le gritaban con tanta furia desde las barricadas: “¿Dónde están las órdenes? ¿Dónde está el plan?”[18]

Para que no se produzca ese género de desastre, haría falta

que la fuerza de existencia en la aparición del sitio compense su evanescencia.

No tiene potencial de acontecimiento sino un sitio cuyo valor de existencia sea máximo. Ese fue el caso con toda certeza el 18 de marzo de 1871, cuando, con las mujeres a la cabeza, el pueblo obrero de París impidió al ejército desarmar a la guardia nacional. Pero ya no lo es en lo que respecta a la dirección política de la Comuna a partir de finales de abril.

Denominaremos hecho un sitio cuya intensidad de existencia no sea máxima.

Denominaremos singularidad un sitio cuya intensidad de existencia sea máxima.

Observaremos que la fuerza represiva de los versalleses va acompañada de una propaganda que desingulariza sistemáticamente la Comuna, presentándola como un conjunto monstruoso de hechos que hay que devolver (por la fuerza) al orden normal de las cosas.

Ello da lugar a algunas declaraciones extraordinarias, como la publicada en el diario conservador Le Siècle el 21 de mayo de 1871, en medio de la masacre de obreros: “Las dificultades sociales se han resuelto o están en vías de resolverse”. No podría haberse dicho mejor. Es cierto que, ya el 21 de marzo, sólo tres días después de la insurrección, Jules Favre declaraba que París estaba a merced de “un puñado de facinerosos, que ponen por encima de los derechos de la Asamblea no sé qué ideal sangriento y rapaz”. En la aparición de una situación, las opciones estratégicas y tácticas oscilan entre el hecho y la singularidad, porque se trata, siempre, de relacionarse con un orden lógico de circunstancias.

Cuando un mundo llega finalmente a situarse — a resultas de lo que en él acontece con el sitio — y a colocarse entre la singularidad y el hecho, es entonces a la red de consecuencias a la que corresponde decidir.

El 18 de marzo y sus consecuencias

Diremos, para ser breves, que el hecho de existir máximamente durante el tiempo de su aparición/desaparición confiere al sitio la potencia [puissance] de una singularidad. Pero que toda la fuerza de esa singularidad reside en hacer que algo exista máximamente.

Reservaremos el nombre de acontecimiento para una singularidad fuerte.

Hagamos un poco de didáctica en cuanto a la distinción predicativa fuerza/debilidad aplicada a las singularidades (a los sitios cuya intensidad trascendental de existencia sea máxima).

Es obvio que, en el orden del trabajo de la aparición por una verdad, la Comuna de París, anegada en sangre al cabo de dos meses, reviste sin embargo una importancia mucho mayor que el 4 de septiembre de 1870, fecha en la que se desplomó el régimen político del Segundo Imperio y comenzó la Tercera República, que durará setenta años. Ahora bien, ello no guarda relación alguna con los actores: el 4 de septiembre fue también el pueblo obrero el que, bajo banderas rojas, invadió la plaza del Hôtel-de-Ville y provocó la debacle de los funcionarios, tan vívidamente narrada por Lissagaray: “Grandes dignatarios, gordos funcionarios, feroces mamelucos, imperiosos ministros, solemnes chambelanes, generales bigotudos, se escabullen lastimosamente el 4 de septiembre, como una pandilla de actorzuelos abucheados”. Por un lado, tenemos una insurrección que no funda ninguna duración; por otro, un día que cambia el Estado. Pero el 4 de septiembre habrá de ser confiscado por políticos burgueses, preocupados sobre todo por restablecer el orden de los propietarios. Entretanto, la Comuna, referente ideal de Lenin, habrá de inspirar un siglo de pensamiento revolucionario y de ser acreedora del célebre juicio que [en La guerra civil en Francia] Marx hizo de ella antes de su sangriento final: “La Comuna es el inicio de la revolución social del siglo XIX. Cualquiera que sea el destino que la aguarde en París, habrá de darle la vuelta al mundo. La clase obrera de Europa y de los Estados Unidos la aclamó de inmediato como mágica señal de liberación.”

Planteemos entonces que el 4 de septiembre de 1870, alineado con el devenir general de los Estados europeos, que los hace converger en la forma parlamentaria, es una singularidad débil. Y que la Comuna, que propone al pensamiento una regla de emancipación, transmitida — tal vez a contrapelo — por octubre de 1917 y, más concretamente, por el verano de 1967 en China, o por Mayo del 68 en Francia. Pues no es sólo la intensidad excepcional de su surgimiento lo que cuenta — el hecho de que sea un episodio violento y creador de la aparición), sino que ese surgimiento, aunque desvanecido, disponga, en la duración, consecuencias gloriosas, inciertas.

Los comienzos se miden por lo que autorizan a recomenzar.

Es en lo que de ella se prolongue en la concentración — fuera de ella misma — de su intensidad, que podemos juzgar si una adjunción aleatoria al mundo merita ser considerada, más allá de las continuidades y los hechos — no sólo como una singularidad, sino como un acontecimiento.

La Comuna es un acontecimiento

Todo depende, pues, de las consecuencias. Pero no dejemos de observar que no existe una consecuencia trascendental más fuerte que la de hacer aparecer en un mundo lo que antes en él no existía. Fue ese el caso del 18 de marzo de 1871, que empuja al centro de la tormenta política a una colección de obreros desconocidos, desconocidos incluso para los especialistas de la revolución — esos viejos “quarante-huitards”[19] sobrevivientes — , cuya ineficaz logomaquia contribuyó desgraciadamente a agobiar después a la Comuna. Volvamos a la primera proclamación, el 19 de marzo, del Comité Central, único órgano responsable surgido de la insurrección del 18 de marzo: “Que París y Francia sienten las bases de una República aclamada con todas sus consecuencias, el único gobierno que habrá de clausurar para siempre la era de las invasiones y las guerras civiles”. ¿Quién firma esa decisión política sin precedentes? Veinte personas, tres cuartas partes de las cuales son proletarios que sólo las circunstancias constituyen e identifican. El L’Officiel gubernamental se aprovecha para preguntar: “¿Quiénes son los miembros de ese comité? ¿Son comunistas, bonapartistas o prusianos? Vaya con el trillado tema de los “agentes extranjeros”. En realidad,

el acontecimiento tiene por consecuencia llevar a una existencia política, provisionalmente máxima, a los obreros inexistentes la víspera.

Reconoceremos, pues, una singularidad fuerte por el hecho de que tenga como consecuencia, en la situación, hacer que lo inexistente exista.

En términos más abstractos, plantearemos la siguiente definición: dado un sitio (un múltiple asignado a la auto-pertenencia) que sea una singularidad (su intensificación de existencia, por instantánea y “evanescente” que sea, es sin embargo máxima), diremos que ese sitio es una singularidad fuerte, o un acontecimiento, si, como consecuencia de la intensidad (máxima) del sitio, algo cuyo valor de existencia era nulo en la situación adquiere un valor de existencia positivo.

No estamos, pues, sino diciendo que un acontecimiento tiene, como consecuencia máxima verdadera de su intensidad (máxima) de existencia, la existencia de un inexistente.

Desde luego, estamos en presencia de una violenta paradoja. Pues si una implicación es máximamente verdadera, y también lo es su antecedente, entonces su consecuente debe serlo; llegamos, así pues, a la conclusión insostenible según la cual, bajo el efecto de un acontecimiento, lo inexistente de un sitio existe absolutamente.

Y, efectivamente: los desconocidos del Comité Central, que eran políticamente inexistentes en el mundo de la víspera, existen absolutamente el mismo día de su aparición. El pueblo parisino obedece sus proclamas, los alienta a ocupar los edificios públicos y acude a las elecciones que organizan.

La paradoja puede analizarse en tres tiempos.

En primer lugar, el principio de ese vuelco de la inexistencia a la existencia absoluta en el aparecer mundano es un principio evanescente. Toda la fuerza [puissance] del acontecimiento se consume en esa transfiguración existencial. Como multiplicidad acontecimental, el 18 de marzo de 1871 no tiene la menor estabilidad.

En segundo lugar, si lo inexistente de un sitio debe a la larga captar, en el orden del aparecer, la intensidad máxima, es sólo en la medida en que en lo adelante ocupe el lugar de lo que ha desaparecido; su maximalidad es la marca subsistente, en el mundo, del acontecimiento mismo. La existencia “eterna” del inexistente es la huella [tracé], o el enunciado, en el mundo, del acontecimiento desaparecido. Las proclamas de la Comuna, primer poder obrero de la historia universal, constituyen un existente histórico cuya absolutidad [absoluité] manifiesta el advenimiento en el mundo de una disposición totalmente nueva de su aparecer, una mutación de su lógica. La existencia de lo inexistente es aquello por lo que, en el aparecer, se despliega su subversión por el ser subyacente. Es el marcaje lógico de una paradoja del ser, una quimera ontológica.

Destrucción

En 1896, al añadir otra conclusión a su Historia de la Comuna de 1871, Lissagaray hace dos observaciones. La primera es que la banda de reaccionarios y de asesinos de obreros de 1871 sigue en pie. Con la ayuda del parlamentarismo, sus filas se han visto incluso incrementadas por “algunos subalternos burgueses que, bajo la máscara de demócratas, facilitan sus avances”. La segunda es que desde entonces el pueblo se constituyó en su propia fuerza: “Tres veces [en 1792, en 1848 y en 1870], el proletariado francés hizo la República para otros; ya ha madurado para hacer la suya.” En otras palabras, el acontecimiento de la Comuna, iniciado el 18 de marzo de 1871, no tuvo por consecuencia destruir al grupo dominante y a sus políticos; pero destruyó algo más importante: la subordinación política de los obreros y del pueblo. Lo que se destruyó es del orden de la incapacidad subjetiva: “¡Ah!” — exclama Lissagaray — , no están inseguros de sus capacidades, esos trabajadores de los campos y de las ciudades[20].” La absolutización de la existencia política obrera — la existencia del inexistente — , convulsa y aplastada, había destruido igualmente la necesidad de una forma esencial de sujeción: la del posible político proletario a las maquinaciones de la burguesía politiquera (de izquierda).

Como todo verdadero acontecimiento, la Comuna no hizo realidad un posible, sino que lo creó.

Ese posible es simplemente el de una política proletaria independiente.

Que un siglo después se haya reconstituido la necesidad de sujeción de ese posible a la izquierda — o más bien reinventado bajo el nombre mismo de “democracia” — , es otro asunto, otra secuencia en la tormentosa historia de las verdades. Sigue siendo cierto, sin embargo, que allí donde se sostuvo un inexistente, se produjo la destrucción de lo que legitimaba su inexistencia (la incapacidad subjetiva). Lo que, a principios del siglo XX, ocupa el lugar de la muerte no es ya la conciencia política obrera, sino — incluso si el siglo todavía lo ignora — el prejuicio de que las clases tienen un carácter natural y que los propietarios y los ricos tienen por misión milenaria detentar el poder social y estatal. Es esa destrucción lo que la Comuna de París logró para el futuro, hasta en la aparente muerte de su propia sobre-existencia [surexistence].

He ahí una máxima trascendental: si lo que no valía nada llega, en forma de consecuencia acontecimental, a valerlo todo, entonces se destruye un dato establecido del aparecer. Lo que parecía sostener la cohesión del mundo es golpeado por la inexistencia; de tal manera que, si la indexación trascendental de los seres [étants] es la base (lógica) del mundo, entonces podemos decir con razón: “El mundo se levantará sobre nuevos cimientos.”

Cuando el mundo se ve violentamente encantado por las consecuencias absolutas de una paradoja del ser, todo el aparecer, amenazado por la destrucción local de una evaluación consuetudinaria, debe reconstituir una distribución diferente de lo que existe y de lo que no existe.

Bajo el empuje que el ser ejerce sobre su propio aparecer, no puede acontecerle a un mundo sino la posibilidad — mezcla de existencia y destrucción — de otro mundo.

A modo de conclusión

una ruptura política es siempre la combinación de una capacidad subjetiva y de la organización — totalmente independiente del Estado — de las consecuencias de esa capacidad.

Igualmente importante es la cuestión de que

tal ruptura es siempre una ruptura con la izquierda, en el sentido formal que le he dado al término. Lo cual también quiere decir, hoy, ruptura con la forma representativa de la política, o, si se quiere ir más lejos en la provocación fundada, ruptura con la “democracia”.

Que las consecuencias de una capacidad política sean obligatoriamente del orden del poder y de la administración del Estado pertenece al primer saldo de la Comuna, no al que nos interesa. Pues nuestro problema es más bien volver — más acá de ese primer saldo (antes de Lenin, si se quiere) — a lo que estuvo vivo, aunque derrotado, en la Comuna: una política aparece cuando una declaración es al mismo tiempo una decisión en cuanto a las consecuencias. Y, por lo tanto, cuando una decisión permanece activa en forma de una disciplina colectiva antes desconocida. Porque es menester no dejar de recordar que quienes no son nada no pueden responder al desafío de las consecuencias de su aparición sino en el elemento de una disciplina nueva que es una disciplina práctica del pensamiento. El Partido, en el sentido de Lenin, ciertamente encarnó la creación de semejante disciplina, pero en última instancia una subordinada a la coacción del Estado.

La tarea, hoy, es apoyar la creación de una disciplina que se sustraiga al control del Estado, de una disciplina enteramente política.

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Notas:

[2]El monumento se encuentra en el cementerio parisino de Père Lachaise, en el preciso lugar en que, el 28 de mayo de 1871, se fusiló y arrojó en una fosa común situada al pie del muro a 147 federados (combatientes de la Comuna).

[3] La batalla de Sedán (noreste de Francia), ocurrida en 1870, concluyó cuando Napoleón III, hecho prisionero junto a 100.000 de sus soldados, decidió capitular con Prusia, cuyas tropas emprendieron entonces la marcha hacia París. La victoria prusiana en Sedán hizo posible la unificación de Alemania.

[4] Ayuntamiento de París.

[5] Se conocían entonces por legitimistas (légitimes) a quienes se adherían a la dinastía « legítima » de los Borbones, derribada en 1830.

[6]En el original en francés, bals de barrière, salones de baile creados en las afueras de ciudades y pueblos durante el reinado de Luis XIV y frecuentados por las clases bajas.

[7] Traducido directamente del original en francés. Badiou no cita la fuente de la que extrae esas estrofas, cuya redacción y orden no coinciden con los de ediciones en español, inglés y francés de la pieza de marras de Brecht consultadas por el traductor.

[8] En el original en francés, étatique, traducido a lo largo del texto como estatal, de Estado, o estatista, según el traductor haya querido insinuar o resaltar este o aquel otro matiz.

[9]Por las Trois Glorieuses se entienden las tres jornadas de la Revolución [burguesa o liberal] de 1830 (26 a 29 de julio) que llevaron al trono a Luis Felipe I de Francia y dieron inicio a la llamada Monarquía de Julio.

[10]“Tous Ensemble!” [¡Todos juntos!] fue la divisa de una serie de huelgas que sacudieron a Francia en el invierno de 1995 y durante las cuales salieron a manifestarse dos millones de trabajadores y sus partidarios. Tuvieron como detonante, entre otros, los planes del gobierno de Alain Juppé de reformar el sistema nacional de salud y establecer un dudoso sistema de pensiones.

[11] El movimiento de los sans-papiers, o indocumentados, dio lugar a la ocupación repetida, entre marzo y agosto de 1996, de la iglesia Saint-Bernard, en París, por más de doscientos trabajadores indocumentados, en su mayor parte inmigrantes africanos, algunos acompañados de sus familiares, entre ellos mujeres y niños.

[12] Lionel Jospin (1937-), Ministro de Educación (1988–1992) del gobierno de François Mitterrand, y Primer Ministro (1997–2002). Fue Primer Secretario del Partido Socialista francés entre 1995 y 1997.

[13] León Gambetta (1838–1882), hombre de Estado francés que ocupó brevemente el puesto de Primer Ministro entre noviembre de 1881 y enero de 1882.

[14] Sobrenombre con el que se conocía la Asamblea Nacional de 1871, compuesta mayoritariamente por monárquicos reaccionarios (terratenientes, oficiales, rentistas y comerciantes) elegidos en distritos rurales de provincia. De los 630 diputados de la Asamblea, 430 eran monárquicos.

[15] Cf. Prosper Olivier Lissagaray, Historia de la Comuna de París de 1871 (trad. Blanca Gago Domínguez), Madrid, Capitán Swing, 2021.

[16] Preferimos acontecimental, como derivado de acontecimiento — nociones, ambas, nucleares en el pensamiento de Badiou — , a evental — que algunos autores y traductores han tomado directamente del inglés evental, derivado de event — , así como a evenemencial — del francés événementiel — , que nos parece, en todo caso, preferible a evental, pero que podría inducir a asociaciones indebidas con el concepto de historia evenemencial (histoire événementielle), ligada a la Escuela de los Anales.

[17] Cf. Alain Badiou, Teoría del sujeto (trad. Juan Manuel Spinelli), Buenos Aires, Prometeo, 2009.

[18] Cf. Julien Gracq, Lettrines: Oeuvres complètes, París, Gallimard, 1989, pp. 205–206, y Alain Badiou, Théorie du sujet, París, Seuil, 1982, pp. 14–15.

[19] Literalmente, “cuarenta y ochista”, por referencia a las revoluciones europeas de 1848 y en alusión al término soixante-huitard, o “sesenta y ochista”, con que se designa a participantes y partidarios del “Mayo del 68” francés. Cf. Maurice Agulhon, Les Quarante-huitards, París, Gallimard (Folio-Histoire), 1992.

[20] Cf. Proper-Olivier Lissagaray, “El 18 de marzo”, en Historia de la Comuna de París de 1871, cit.

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