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La lectura en la Tabaquería

De la serie Relatos de tabaquería

Por Jesús Serrano González

Jesús Serrano González nos ha hecho llegar sus memorias sobre la historia e idiosincrasia del sector obrero al que perteneció a lo largo de su vida. Se trata de un grupo de textos que reflejan la tradición oral de los tabaqueros, fuente de los conocimientos, experiencias y anécdotas aquí relatadas. Nuestra contribución ha consistido en seleccionar las partes mejor logradas, integrarlas donde fuera posible y ajustar su presentación formal. El lector podrá acercarse a los valores, la identidad y las luchas de un sector que ha expresado con fuerza la historia de un país.

Existen diversas versiones sobre el origen de las lecturas de tabaquería. Una de ellas cuenta la historia de un presidio habanero, ubicado en los terrenos del actual Hospital Hermanos Ameijeiras, donde era costumbre que los curas leyeran pasajes bíblicos a los reos para darles tranquilidad espiritual. Otra señala que el dueño de unos cultivos de café descubrió que los obreros se concentraban mejor si se les leía mientras seleccionaban las semillas. Lo cierto es que, con similares propósitos, el 21 de diciembre de 1865 se realiza la primera lectura de tabaquería en Cuba.

Pronto se masificó y popularizó esta práctica, hasta el punto que se hizo imprescindible en el día a día de los tabaqueros. La lectura llegó a ser tan respetada que había que esperar a que terminara para dar alguna información o llamar por audio a algún trabajador. En casos de urgencia se iba personalmente al puesto de trabajo para no interrumpir. El secretario de la Sección Sindical debía informar a La Comisión de Lectura los días programados para realizar las asambleas.

Esta Comisión estaba conformada por cinco compañeros, elegidos entre los trabajadores. Su presidente debía seleccionar lo que se iba a leer y cuidar los horarios. También era función suya recoger el dinero acordado entre los trabajadores para pagar, de sus propios bolsillos, al lector por el servicio prestado — después del triunfo de la Revolución los lectores pasaron a ser parte oficial de la plantilla de las fábricas — .

Había cuatro turnos de lectura, dos por la mañana y dos por la tarde, cada uno de 45 minutos, con un intervalo de 15 minutos entre ellos. El inicio y fin de la lectura era marcado por el presidente de la Comisión con una campanita que captaba la atención y el silencio de todos.

Los turnos de la mañana eran usualmente ocupados en lecturas de la prensa, mientras por la tarde se leían novelas, revistas o folletos, que eran seleccionados por votación a partir de propuestas de los trabajadores. Cuando resultaba que algún texto no agradaba a la mayoría, el presidente de la comisión recogía firmas de los que así opinaban, y si alcanzaban más del 60 por ciento del total de empleados, la obra debía ser sustituida. Para estos procedimientos existía el llamado Reglamento de Lectura, que se mantuvo incluso muchos años después del triunfo de la Revolución.

El surgimiento de la radio ocasionó acaloradas discusiones en las fábricas. Los más jóvenes querían que pasara a ocupar el lugar de las lecturas, pero estas habían permitido que los tabacaleros fuesen de los obreros más cultos del país, así que este argumento venció en el debate. Nuevas discusiones sobrevinieron cuando se popularizaron las «novelitas de vaqueros», a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. La idea de incorporar estas obras de poco valor literario a las lecturas provino de los mujalistas, que buscaban rebajar la formación ideológica y cultural de los obreros. El criterio de la mayoría prevaleció, gracias al carácter democrático del Reglamento de Lectura.

Las lecturas reflejaron las inquietudes políticas de los obreros. En la etapa en que fue legalizado el Partido Socialista Popular (PSP), fueron muchas las tabaquerías que, por votación mayoritaria, eligieron el periódico Hoy — órgano oficial del PSP — para sus lecturas mañaneras de la prensa. Esto duró hasta que el Partido volvió a ser proscrito.

En las fábricas se dio seguimiento a las discusiones previas a la promulgación de la Constitución de 1940. Cada vez que el lector reseñaba algún planteamiento de la Asamblea Constituyente, no decía el nombre de quien lo había realizado, sencillamente imitaba la voz y todos los tabaqueros con sus sonrisas demostraban que habían identificado al orador, ya fuese Juan Marinello, Blas Roca o Eduardo Chibás, entre otros.

La historia de Iván

Iván era un lector de tabaquería de la fábrica de tabacos Partagás, de la ciudad de La Habana. Ejercer este oficio, unido a su jovialidad y vasta cultura, hizo que Iván se ganara el cariño y el respeto de sus compañeros, con quienes compartía el origen territorial: la mayoría de los trabajadores procedían de Bejucal, el pueblo donde la fábrica tuvo su primera sede.

Una mañana, como de costumbre, leyó un escrito que le habían dejado en su mesita de trabajo. Poco rato después recibió la «visita» de unos policías vestidos de civil. Estos se identificaron como miembros del Buró de Investigaciones y le preguntaron quién le había dado el escrito. Les contestó que había encontrado el documento sobre su mesa y lo leyó, pues ese era su trabajo.

Los dueños de la fábrica dieron buenas referencias de Iván a los miembros del Buró, de modo que el asunto no trascendió. Los policías le advirtieron que en lo adelante debía fijarse mejor en quienes dejaban escritos en su mesa, y en el contenido de los mismos.

Nadie supo si Iván o el resto de los trabajadores fueron conscientes de la relevancia de este hecho, pero ese día se leyó, en la fábrica de tabacos, en plena dictadura de Batista, La Historia me Absolverá.

Jocosidades que utilizaban los Lectores

Cuando se llevaba tiempo en la tabaquería, eran tantas las veces que se escuchaba una novela determinada que muchos se la conocían casi de memoria. Esto planteaba a los lectores el reto de mantener atentos a los tabaqueros, a lo que se sumaba que este tipo de literatura tocaba en el turno posterior al almuerzo, cuando todos quedaban soñolientos.

Los lectores se las ingeniaban de diversas maneras. Por ejemplo, el lector de H. Upmann, apodado Manzanilla, tenía la costumbre de cerrar el libro ruidosamente poco antes del final y continuar narrando, sin equivocarse. Iván, el lector de Partagás, improvisó una vez un trozo de novela mientras leía El Derecho de Nacer, de Félix B. Caignet. La anécdota guarda relación con un compañero de la fábrica que tenía la nariz muy fina, la cara larga y las orejas paradas, de modo tal que su rostro se asemejaba a cierto instrumento de enfermería. Este es el fragmento que Iván fingió sin apartar la vista del libro:

Al llegar a su casa, lo esperaba como siempre mamá Dolores.

— Dame acá ese maletín mijo, debes estar cansa´o –dijo Dolores, y sacó del maletín el aparato de medir la presión.

Los obreros empezaron a reírse.

— ¿Qué más sacó, que más sacó? — le vociferaron

— El aparato de escuchar los latidos del corazón.

— ¿Qué más sacó, que más sacó?

— ¡¡¡La jeringuilla!!! — y las carcajadas inundaron el salón.

Hasta el propietario del apodo rio con la broma de Iván ese día.

Otra anécdota proviene de la fábrica Romeo y Julieta.

Es una noche muy fría — narraba Mario, su lector — . Nadie quiere dar refugio a Jean Valjean por ser ex-convicto. Entra en una casa totalmente abandonada y en ese momento aparece un…

Mario interrumpió la narración, y en lugar de decir de qué animal se trataba, ladró con exacta imitación. La maniobra funcionó a la perfección para romper la modorra de aquella tarde. Mario cambió de identidad ese día. Nadie lo conoció ya por ese nombre. Desde entonces todos lo llamaron «el perro».

Papel y lápiz

En la fábrica Romeo y Julieta había un compañero que, incluso en pleno verano, usaba una levita. Entre bolsillo y bolsillo del chaleco le colgaba la cadenita de un reloj. Solo se quitaba el sombrero cuando se sentaba a trabajar y llevaba siembre los zapatos bien lustrados. Le llamaban El Conde, un apodo que se aplicaba usualmente en las fábricas a quienes vestían así.

Todos gustaban de escucharlo pues poseía amplios conocimientos de literatura e historia. En cierta ocasión, durante un acto en apoyo al Gobierno Revolucionario, el Conde entabló una conversación sobre la Revolución Francesa con un grupo de estudiantes universitarios, a quienes impresionó por su gran dominio del tema. Sus compañeros tabaqueros bullían de orgullo al presenciar el debate.

Cuando la campaña de alfabetización, en la entrada de cada fábrica se colocó una mesita con una hoja y un lápiz. Los obreros debían demostrar su escritura, para poder detectar quiénes necesitaban ser alfabetizados. Grande fue el asombro cuando se supo que El Conde no sabía escribir. Todos sus conocimientos los había adquirido con las lecturas de tabaquería.

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