La unidad no es hija única (II)

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Apr 14 · 13 min read

Por Frank Josué Solar Cabrales / «Entre la Carta y el Asalto: el complejo camino de la unidad»

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Ernesto Rancaño, “Ex-presión”, 2018, técnica mixta

El diálogo entre Fidel Castro y José Antonio Echeverría, las dos figuras principales de la nueva generación revolucionaria, tuvo lugar en la tarde del 28 de agosto de 1956 y duró hasta las primeras horas del día siguiente. Después del intercambio Fidel propuso y redactó en su totalidad el documento donde quedaron refrendados los acuerdos a los que habían llegado y los temas abordados. De Echeverría fue la idea de incluir los párrafos dedicados a la conspiración trujillista y los relacionados con los militares[1]. La Carta de México, suscrita por Fidel Castro en representación del Movimiento 26 de Julio, y José Antonio Echeverría por la Federación Estudiantil Universitaria, manifestaba el compromiso de aunar los esfuerzos de ambas organizaciones en un plan único de acciones armadas para derrocar la tiranía y hacer la Revolución. Declaraba además que la Revolución debía nacer libre de ataduras y compromisos, para llevar a cabo “un programa de justicia social, de libertad y democracia”.

El texto resumía las posiciones políticas que habían compartido los firmantes en el último año y medio. Además de la línea insurreccional y los objetivos transformadores de la Revolución, otros asuntos en los que habían sostenido perspectivas similares encontraron reflejo en la Carta. Uno era el rechazo tanto a las elecciones parciales convocadas por la dictadura[2] como a la oposición que en “actitud entreguista y traidora” pretendía participar en ellas, y a la que persistía en la tentativa “inútil” e “infame” de suplicar soluciones pacíficas.

Otro, la condena a las conspiraciones con apoyo del tirano dominicano Rafael Leónidas Trujillo, entre oficiales batistianos y entre ciertas zonas del insurreccionalismo auténtico, en las que se había querido involucrar a la FEU y al Movimiento 26 de Julio para restarles apoyo popular. Comoquiera que ambas organizaciones buscaban también la colaboración de Carlos Prío y sus seguidores, era necesario marcar una delimitación política con los planes trujillistas, y negar públicamente cualquier posibilidad de vinculación con ellos. El documento reiteraba denuncias anteriores sobre estas conjuras.[3] Fidel había excluido de su tesis unitaria a los gangsters vinculados a Trujillo,[4] y el Directorio posteriormente también advirtió sobre la imposibilidad de que concurrieran a la unidad los trujillistas y los militares “tanquistas”, opuestos a Batista solo por circunstancias coyunturales.[5]

La Carta de México unía a los dos sectores que con más firmeza y coherencia habían sostenido la tesis insurreccional, en demostraciones de calle y en la opinión pública, los que simbolizaban la nueva generación, y que perseguían, además del restablecimiento de mecanismos democráticos y la Constitución de 1940, cambios sociales más profundos. José Antonio y Fidel representaban a organizaciones con su propio acumulado de batallas, tradiciones y opciones tácticas, y cada una se consideraba con los derechos suficientes para no subordinarse a ninguna otra. Y ambas reclamaban su puesto en la primera línea de combate. El 27 de noviembre de 1955, en las palabras pronunciadas frente a la emigración cubana de Tampa, en el salón de la Unión de Obreros Metalúrgicos, Fidel había declarado: “Si Batista se obstina en mancillar la historia de Cuba, el pueblo se verá obligado a derribarle y nosotros iremos en la vanguardia”.[6] Un día después, en reunión de la FEU en el Salón de los Mártires, había afirmado José Antonio: “Ha llegado el momento de ocupar el puesto que nos corresponde a la vanguardia de la lucha contra la dictadura”.[7]

La Carta de México tiene al menos dos dimensiones, una simbólica, ideológica, como declaración de principios de una generación que proclama su coincidencia en los objetivos de transformación revolucionaria que la animan, y la decisión de luchar hasta las últimas consecuencias para lograrlos; y otra práctica, como un acuerdo concreto para combatir juntos, con una fecha fija de cumplimiento, antes de que finalizara 1956.

Al señalar públicamente el año 1956 como el plazo para cumplir con el deber contraído de una insurrección conjunta, secundada por una huelga general, ninguna organización estaba cediendo en su postura para asumir una ajena. Solo estaban reafirmando una coincidencia expresada en otras ocasiones. Si desde el 30 de octubre de 1955 Fidel había lanzado en Palm Garden, Nueva York, la consigna “en el año 1956 seremos libres o seremos mártires”;[8] en entrevista publicada en Bohemia el 1º de enero de 1956 José Antonio Echeverría había expuesto su convicción de que “el año próximo de 1956 será el de la total liberación de Cuba”.[9]

Cuando asumieron esta responsabilidad entre ellos y ante el pueblo, el 29 de agosto de 1956, ninguno contaba aún con las condiciones materiales indispensables para llevarla a cabo, pero sí con la decisión de honrarla a cualquier precio.

El 10 de octubre de 1956 tuvo lugar en México otro encuentro entre Fidel Castro y José Antonio Echeverría, quien regresaba de haber representado al estudiantado latinoamericano en la VI Conferencia Internacional de Estudiantes en Ceilán. En esta segunda ronda de conversaciones, extendida hasta el 16 de octubre, acompañaron a José Antonio por el Ejecutivo del Directorio Revolucionario Faure Chomón y Joe Westbrook, y Juan Nuiry en su condición de Secretario General de la FEU. También participó, como segunda figura en la dirigencia de ambas organizaciones, Fructuoso Rodríguez. Por el Movimiento 26 de Julio, además de Fidel, estuvieron presentes varios compañeros de su dirección, entre otros Juan Manuel Márquez y Faustino Pérez.

El tema fundamental de las discusiones en esta ocasión fue la concreción de los planes militares conjuntos, luego de haber declarado su acuerdo en la Carta de México. Más allá de discrepancias tácticas, decidieron complementar sus esfuerzos al mismo tiempo para desarrollar la estrategia de insurrección y huelga general, en la que ambas coincidían.

Aunque en un manifiesto publicado luego del asalto a Palacio el Directorio Revolucionario explicó que en las reuniones de agosto y octubre de 1956 había defendido su tesis de “golpear arriba”,[10] en ninguno de los documentos de la organización anteriores a la Carta de México se hace mención a ella. Su estrategia de lucha en este momento estaba más cerca de la experiencia histórica de agosto de 1933: parálisis del país por una huelga general convertida en política, junto a la ejecutoria de destacamentos insurreccionales y la intervención final del ejército. Al definir la Revolución Popular, la entendía como “un proceso desencadenante en el que un fuerte movimiento proletario es convertido en huelga general, apareciendo así el control económico y funcional del estado por una fuerza popular. La huelga es convertida por la concurrencia de elementos insurreccionales en “huelga revolucionaria” que demanda la acción directa de los cuarteles fuera de los centros de operación militar; y éste hará culminar en victoria definitiva todo el movimiento”.[11]

En cualquier caso, el “golpe arriba” sería solo el medio para desatar la insurrección e incorporar al pueblo a la lucha: “concebimos como único método seguro la insurrección revolucionaria moderna en la que la convulsión interna de las clases sociales y la convulsión definitiva del país permita la expulsión de la tiranía y siente las bases dinámicas del cambio estructural”.[12]

Tampoco la propuesta de Fidel durante su exilio mexicano es la de una guerra de guerrillas rural de largo aliento, avanzando progresivamente desde el campo hacia las ciudades, sino la de un levantamiento insurreccional acompañado de una huelga general: “En dos renglones se sintetiza nuestra concepción sobre la única forma posible e incontrarrestable de derrocar la Dictadura. Insurrección armada, secundada por una huelga revolucionaria y un sabotaje completo de todos los medios de comunicación del país en el momento de la acción”.[13] Con el desembarco de una expedición armada el Movimiento desencadenaría acciones violentas, sabotajes, disturbios y huelgas en todo el territorio nacional, hasta conseguir la paralización del país.[14]

La estrategia revolucionaria del Directorio y el Movimiento 26 de Julio era distinta a la sostenida por el campo priísta hasta ese momento, de operaciones insurreccionales secretas, confiadas solo al poderío de sus armas y a la intervención conjunta de sus cuadros de acción y conspiraciones militares, en las que al pueblo correspondía el papel de pasivo espectador. Para el éxito de la Revolución, el Directorio Revolucionario y el 26 consideraban central la participación popular.[15]

Si bien compartían un legado histórico común, en el arsenal simbólico y en las preferencias tácticas de cada organización algunas tradiciones pesaban más que otras. El Movimiento 26 de Julio se reconocía más en la herencia de las expediciones mambisas; en las que proyectaron traer desde México Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras durante la lucha antimachadista y contra la primera dictadura de Batista, respectivamente; y en el inicio de las Guerras de Independencia por la región oriental de la Isla. Para el Directorio Revolucionario la referencia más cercana era la experiencia del Directorio Estudiantil Universitario de los años 30 y sus acciones comando urbanas, sobre todo en la capital; y su modelo conocido de derrocar dictaduras y hacer revoluciones era la confluencia de las actuaciones de obreros, estudiantes, militares y grupos armados, como en agosto y septiembre de 1933.

El acuerdo al que llegaron en octubre de 1956 no consistía exactamente en que el Movimiento llevaría una expedición armada a Cuba para iniciar la lucha guerrillera mientras el Directorio desarrollaba acciones de apoyo al desembarco para facilitar la llegada de sus tripulantes a las montañas.

El desembarco de Fidel y sus compañeros formaba parte de un plan más general en el cual todos los sectores implicados se levantarían al mismo tiempo con el objetivo de desatar una insurrección y una huelga que pusiera fin a la dictadura en el más breve plazo posible. En resumen, cada uno marcharía por separado, según los planes propios, y golpearían juntos, levantándose al unísono, antes de terminar el año 1956: “En aquellos momentos pactamos en el propósito pero acordamos marchar según nuestra propia estrategia”.[16]

La visión del Directorio sobre la unidad en la acción, táctica, se había explicitado en un editorial del Alma Mater el 30 de septiembre de 1956: debía integrarse de manera igualitaria por los organismos representativos de los tres “factores de vanguardia anti-dictatoriales” (lucha popular, insurreccional civil y sublevación militar), que debían amoldar sus tácticas y medios de lucha a la insurrección general, entendida esta como el encadenamiento y la participación consciente y organizada de los factores señalados en la lucha armada contra la tiranía.[17]

Generalmente se ha atribuido el compromiso de iniciar la lucha armada en diciembre de 1956 solo al DR y al M26J, pero lo cierto es que comprendía a una tercera fuerza: el insurreccionalismo auténtico dirigido por Carlos Prío. En varias declaraciones precedentes tanto el Directorio como el Movimiento habían hecho llamados a la unidad de todos los sectores insurreccionales. En la propia Carta de México habían convocado a “las fuerzas revolucionarias, morales y cívicas del país, a los estudiantes, los obreros y las organizaciones juveniles, y a todos los hombres dignos de Cuba, para que nos secunden en esta lucha”.[18]

Por eso Fidel sostuvo una reunión con Prío en la ciudad norteamericana de Mc Allen, inmediatamente después de la firma de la Carta, durante la cual el dirigente auténtico se comprometió a entregar el préstamo de 50 mil dólares que el Movimiento requería para comprar la embarcación que llevaría su expedición a Cuba, y concluir sus preparativos.

Y por eso la segunda ronda de conversaciones de la Carta de México en octubre de 1956 para ponerse de acuerdo en los detalles prácticos de los planes militares incluyó los encuentros con Carlos Prío en Miami entre el 16 y el 24 de octubre de 1956. Por la FEU y el DR participaron José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez, Juan Nuiry y Faure Chomón, y en representación del Movimiento 26 de Julio, Faustino Pérez. Lamentablemente no se conocen muchos detalles de estas reuniones y no se hallan referencias a ellas en la historiografía sobre la Revolución Cubana. De su existencia tenemos certidumbre sólo por indicios contenidos en algunos testimonios y documentos, como el Manifiesto del DR donde “recuerda a los compañeros cuando en el mes de Octubre de 1956 rindió jornadas de trabajo en México y Miami, en reuniones con los representativos de las organizaciones revolucionarias para llegar a un acuerdo sobre la unidad revolucionaria”[19]. O el testimonio de Jorge Ibarra en el que afirma “En Miami me encontré con Juan Nuiry y luego con José Antonio y Fructuoso. Estaba Faustino también. Se organizó una reunión con Prío”.[20]

Por otro lado, hay referencias en la documentación del Movimiento a un pacto no solo con el Directorio, sino también con Prío, como se aprecia en la carta de René Ramos Latour al Che, el 18 de diciembre de 1957: “nunca vi con simpatía el pacto de Fidel con Prío, antes del 30 de noviembre”.[21]

Si al regresar a Cuba el 24 de octubre de 1956 el Presidente de la FEU pudo declarar categóricamente “que la unidad de todas las fuerzas revolucionarias del país es ya prácticamente una realidad, coronándose así como un gran éxito las gestiones que el Directorio Revolucionario ha venido realizando desde el mes de junio”,[22] fue porque ya se había logrado el acuerdo de coordinar las acciones armadas de las tres organizaciones en un plan insurreccional conjunto antes de finalizar el año.

Lea la primera parte de esta serie en La Tizza:


Notas:

[1] Entrevista realizada por el autor a René Anillo, La Habana, 18 de diciembre del 2004.

[2] En las declaraciones a raíz de su reelección como Presidente de la FEU, José Antonio las había calificado como “proceso electoral hipócrita y claramente definido de componenda”. Declaraciones de José Antonio Echeverría, 14 de julio de 1956, en Julio García Oliveras: José Antonio Echeverría: la lucha estudiantil contra Batista, Editora Política, La Habana, 1979, p. 285. Por su parte Fidel, en la entrevista a la UP el 6 de agosto las había considerado como una burla sangrienta a la nación. Heberto Norman Acosta: La palabra empeñada, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, tomo 2, p. 225.

[3] Ya el 18 de marzo de 1956 José Antonio había denunciado públicamente como trujillistas a los mismos oficiales que aparecían nombrados en la Carta y el 20 de marzo había formalizado la acusación ante el Tribunal de Urgencia de La Habana. También Fidel, en la Carta sobre Trujillo, del 26 de agosto, se había pronunciado contra la injerencia del dictador dominicano en los asuntos cubanos.

[4] En el artículo Carta sobre Trujillo, escrito por Fidel el 26 de agosto de 1956 para ser publicado en Bohemia, se hacía la aclaración: “Si he defendido la tesis de unir todas las fuerzas revolucionarias, concepto en el que no incluyo a los gangsters, es precisamente porque creo que los cubanos nos podemos valer solos para conquistar nuestra liberación sin necesidad de ayuda que manche la causa por la cual luchamos”. Heberto Norman Acosta: Ob. cit., tomo 2, p. 266.

[5] “Bases de la Unidad Revolucionaria”, en Alma Mater, 30 de septiembre de 1956, p. 3.

[6] Heberto Norman Acosta: Ob. cit. tomo 1, p. 356.

[7] Declaración de protesta de la FEU por represión a estudiantes en Santiago de Cuba, 29 de noviembre de 1955, en René Anillo: Que nuestra sangre señale el camino, Casa Editora Abril, La Habana, 2011, p. 357.

[8] Discurso de Fidel Castro en el acto de Palm Garden, Nueva York, 30 de octubre de 1955. Vicente Cubillas: “Mitin oposicionista en Nueva York”, en Bohemia, La Habana, no. 45, 6 de noviembre de 1955, p. 83.

[9] Declaraciones de José Antonio Echeverría, presidente de la FEU, en Bohemia, La Habana, 1º de enero de 1956, apud Juan Nuiry: ¡Presente!, apuntes para la historia del movimiento estudiantil cubano, Editora Política, La Habana, 2000, pp. 180–181.

[10] “En aquella ocasión fijamos nuestro criterio en cuanto a la táctica a seguir para derribar al régimen. Expusimos que era arriba y no abajo donde reside la debilidad de un gobierno centralizado en un solo “hombre fuerte” y dijimos que era sobre ese hombre donde había que ir a golpear para que el gobierno se desmoronase”. Manifiesto del Directorio Revolucionario al pueblo de Cuba después del asalto al Palacio Presidencial. Archivo de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

[11] Documento original del llamamiento dirigido por el Directorio Revolucionario a todas las organizaciones revolucionarias en junio de 1956. Archivo personal de Mario Mencía.

[12] “El Directorio llama a la unidad”, en Alma Máter, La Habana, 30 de septiembre de 1956, p. 7

[13] Carta de Fidel Castro a Carmen Castro Porta, 17 de septiembre de 1955. Heberto Norman Acosta: Ob. cit., tomo 1, p. 255.

[14] En un testimonio brindado en los primeros días de enero de 1959, Faustino Pérez explicaba los planes de Fidel al desembarcar el Granma: “Inicialmente pensó desembarcar en Niquero la madrugada del 30 de noviembre; Crescencio Pérez, con camiones y un centenar de hombres, esperaría por nosotros. Tomaríamos Niquero y saltaríamos sobre Manzanillo, a la par que en Santiago estallaba la rebelión. A partir de ese instante, comenzaría a funcionar un proyecto de agitación y sabotajes que culminaría en la huelga general”. Faustino Pérez: “Yo vine en el “Granma””, en Bohemia, La Habana, Edición de la Libertad, enero de 1959, p. 38.

[15] Según el Directorio: “es el pueblo el que hace la revolución, que ha de realizarse con la participación o sin ella de cualquier individuo o grupo”. “El Directorio llama a la unidad”, en Alma Máter, La Habana, 30 de septiembre de 1956, p. 7. Y para el Movimiento 26 de Julio: “Quienes no vean los síntomas reveladores que muestran la huelga de los telegrafistas, la huelga bancaria, la masacre de trabajadores en el central “Washington”, etc., serán incapaces de entender el abc de esta estrategia revolucionaria, ni tampoco los que siguen con la espiroqueta putchista de tomar Columbia metida en la cabeza, como si una revolución en un Estado moderno pudiera resolverse en la acción de grupos civiles mal preparados y peor disciplinados y el resto del pueblo no contara para nada”. Carta de Fidel Castro a Carmen Castro Porta, 17 de septiembre de 1955. Heberto Norman Acosta: Ob. cit., tomo 1, p. 258.

[16] Manifiesto del Directorio Revolucionario al pueblo de Cuba después del asalto al Palacio Presidencial. Archivo de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

[17] “Bases de la Unidad Revolucionaria”, en Alma Mater, 30 de septiembre de 1956, p. 1.

[18] “Alianza de Fidel Castro y la FEU, en México”, en Información, La Habana, 2 de septiembre de 1956, p. A-22.

[19] “Carta del Directorio Revolucionario a los miembros de las organizaciones revolucionarias y a todos los cubanos sin banderas en la lucha por la Libertad”, junio de 1957. Archivo de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

[20] José Bell Lara, Tania Caram, Dirk Kruijt y Delia López: Combatientes, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p. 222.

[21] Carta de René Ramos Latour a Ernesto Guevara, Santiago de Cuba, 18 de diciembre de 1957. Fondo René Ramos Latour. Archivo de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

[22] Declaraciones de José Antonio Echeverría, 26 de octubre de 1956, en Julio García Oliveras: Ob. cit., p. 302.


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