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Los peligros profesionales del poder

Por Christian Rakovski

Lo que caracteriza la ola de escándalos que acaban de ser revelados, lo que constituye el más grande peligro, es, precisamente, esta falta de actividad de las masas trabajadoras, y su indiferencia creciente hacia el destino de la dictadura del proletariado y del Estado soviético.

Lo que caracteriza la ola de escándalos que acaban de ser revelados, lo que constituye el más grande peligro, es precisamente esta pasividad de las masas (pasividad superior aún entre las masas comunistas que entre las sin partido) hacia las manifestaciones de despotismo sin precedentes que se han producido. Los obreros han sido testigos, y las han dejado pasar sin protesta, o bien se han contentado con murmurar un poco, por temor de aquellos que estaban en el poder, o por indiferencia política. Desde el asunto de Chubarovsk — para no remontarnos más arriba — hasta los abusos de Smolensk, de Artiemovsk, etcétera, usted escucha siempre la misma canción: «Nosotros lo sabemos ya desde hace tiempo…».

Esta posición política como clase dirigente no está exenta de peligros; antes bien, los encierra muy grandes. No me refiero a las dificultades objetivas que emergen del conjunto de la situación histórica — el cerco capitalista exterior y la presión pequeñoburguesa en el interior del país — , sino a las que son propias de toda clase dirigente, a consecuencia de la toma y el ejercicio del poder mismo, de la capacidad o incapacidad de usarlo.

Usted comprende que estas dificultades continuarían existiendo, hasta cierto punto, aún si el país se compusiese exclusivamente de masas proletarias y sólo hubiera Estados Obreros en el exterior. Estas dificultades podrían ser denominadas «los peligros profesionales» del poder.

Cuando una clase toma el poder, un sector de ella se convierte en el agente de este poder. Así surge la burocracia. En un Estado socialista, a cuyos miembros del partido dirigente les está prohibida la acumulación capitalista, esta diferenciación comienza por ser funcional y a poco andar se hace social.

Pienso aquí en la posición social de un comunista que tiene a su disposición un automóvil, un buen departamento, vacaciones regulares y recibe el salario máximo autorizado por el Partido; posición que difiere de la del comunista que trabaja en las minas de carbón y recibe un salario de 50 ó 60 rublos por mes. En lo que concierne a los obreros y a los empleados, usted sabe que ellos están divididos en dieciocho categorías diferentes…

Verdad es que, en aquel caso, la presión de las fuerzas reaccionarias se hizo sentir ante todo sobre las ligaduras que vinculaban en un gran conjunto a las diversas clases del Tercer Estado. Y seguro es cierto que, al examinar las diferenciaciones internas de la burguesía, no encontraremos contornos de clase tan acentuada como los que separan, por ejemplo, a la burguesía y al proletariado, es decir, dos clases que juegan un papel por completo diferente en la producción.

Además, en la Revolución Francesa, durante el período de declinación, el poder no intervino solo para eliminar, siguiendo las líneas de diferenciación, grupos sociales que, ayer aún, marchaban juntos, unidos por un mismo fin revolucionario, sino que, además, desintegró masas sociales más o menos homogéneas. Por un proceso de diferenciación funcional, la nueva clase dirigente destaca de su seno a los círculos de altos funcionarios. Tales fisuras, ante la presión de la contrarrevolución, convirtiéronse en verdaderos abismos. Añádase a ello que la misma clase dominante engendra contradicciones en el curso de la lucha.

Omitimos aquí los testimonios contemporáneos acerca de la descomposición del Partido Jacobino, por ejemplo, su tendencia a enriquecerse, su participación en los contratos, abastecimientos, etcétera. Mencionemos, más bien, un hecho extraño y conocido: la opinión de Babeuf, para quien la caída de los jacobinos se vio muy estimulada por la fascinación que sobre ellos ejercieron las damas de la nobleza. Babeuf se dirigía a los jacobinos en estos términos: «¿Qué hacéis pues, plebeyos pusilánimes? Hoy, ellas os estrechan en sus brazos, mañana, os estrangularán». Si hubieran existido automóviles en el tiempo de la Revolución Francesa, habríamos encontrado también el factor del «harén-automóvil» indicado por el camarada Sosnovsky como uno de los que desempeñan un papel de primer orden en la formación de la ideología de la burocracia del Partido.

Lo que desempeña el papel más serio en el aislamiento de Robespierre y del Club de los Jacobinos, aquello que los separa por completo de las masas de obreros y pequeños burgueses, es, además de la liquidación de todos los elementos de la izquierda, comenzando por los «rabiosos», los hebertistas y los chaumettistas, y la Comuna de París en general, la eliminación gradual de todo principio electivo y su reemplazo por el de los nombramientos.

La clase obrera y el Partido — no ya físicamente, sino moralmente — ya no son lo que eran hace diez años. No exagero cuando digo que el militante de 1917, habría tenido dificultad para reconocerse en la persona del militante de 1928. Un cambio profundo ha tenido lugar en la anatomía y en la fisiología de la clase obrera.

A mi juicio, es necesario concentrar nuestra atención sobre el estudio de las modificaciones de los tejidos y de sus funciones. El análisis de los cambios sobrevenidos logrará mostrarnos el mejor modo de salir de la situación creada. No tengo la intención de presentar aquí este análisis; me limitaré solo a algunas observaciones.

No podemos imaginar cómo la gente vive, a veces a unos pasos apenas de nosotros. Llega la ocasión en que enfrentamos fenómenos cuya existencia no habría podido sospecharse en el Estado soviético y que dan la impresión de descubrirnos de súbito un abismo. No se trata de defender la causa del Poder de los Soviets invocando el hecho de que no ha logrado desembarazarse de la triste herencia legada por el régimen zarista y capitalista. No, pero en nuestra época, bajo nuestro régimen, descubrimos la existencia de fisuras en el cuerpo de la clase obrera, a través de las cuales la burguesía podría introducir una cuña.

En ciertos períodos, bajo el régimen burgués, la parte consciente de la clase obrera arrastraba, detrás suyo, a esta masa numerosa, comprendida en los semivagabundos. La caída del régimen capitalista debía llevar la liberación al proletariado entero. Los elementos semivagabundos consideraban a la burguesía y al estado capitalista responsables de su situación. Estimaban que la revolución debía aportar un cambio a su condición. Estas gentes, ahora, están lejos de estar satisfechos; su situación no ha mejorado ni poco menos. Comienzan a considerar con hostilidad el poder de los Soviets, y a aquella parte de la clase obrera que trabaja en la industria. Se transforman, sobre todo, en los enemigos de los funcionarios de los Soviets, del Partido y de los Sindicatos. Se los escucha hablar a veces de la clase obrera como de la «nueva nobleza».

Si, prescindiendo de los demás matices de la clase obrera, pasamos ahora al Partido mismo, nos encontraremos con los elementos provenientes de las otras clases sociales. La estructura social del Partido es más heterogénea que la del proletariado. Esto ha sido siempre así, naturalmente, con esta diferencia: que cuando el Partido tenía una vida ideológica intensa la amalgama social se fundía en una sola aleación gracias a la lucha de la clase revolucionaria en movimiento.

V.

Nosotros hemos visto por qué el pueblo de París olvidó la atracción de la libertad. El hambre, la desocupación, la liquidación de los cuadros revolucionarios — numerosos dirigentes habían sido guillotinados — , la eliminación de las masas de la dirección del país, todo esto llevó a tan gran laxitud moral y física de las masas, que el pueblo de París y del resto de Francia tuvo necesidad de 37 años de respiro antes de comenzar una nueva Revolución.

Babeuf formuló su programa en dos palabras — me refiero a su programa de 1794 — : «La libertad y la Comuna elegida».

Según la concepción de Lenin y de todos nosotros, la tarea de la dirección del Partido consiste, precisamente, en preservar al Partido y a la clase obrera de influencias corruptoras de los privilegiados, de los favores y de las tolerancias inherentes al poder, en razón de su contacto con los restos de la antigua nobleza y pequeñoburguesía, habría debido prevenirse contra la influencia nefasta de la NEP, contra la tentación de la ideología y de la moral burguesas.

Al mismo tiempo, nosotros teníamos la esperanza de que la dirección del Partido llegaría a crear un nuevo aparato, en verdad obrero y campesino, nuevos sindicatos, realmente proletarios, una nueva moral en la vida cotidiana.

A mi juicio, la primera condición para devolver a la dirección del Partido la capacidad de ejercer un papel educativo es reducir la importancia de las funciones de esa dirección. Las tres cuartas partes del aparato deberían ser licenciadas. Las tareas del cuarto restante deberían tener límites estrictamente determinados. Análogo criterio debería aplicarse a las tareas, a las funciones y a los derechos de los organismos centrales.

Los miembros del Partido deben recobrar sus derechos, que han sido pisoteados, y recibir garantías válidas contra el despotismo de los círculos dirigentes que ya conocemos.

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