Luces, cámaras… punción

Por: Alejandro Gumá Ruiz

¿Cuáles son los recursos “artísticos” de quien quiere hacer una película y termina por hacer su endoscopia?

¿Cómo logra interpelar la realidad quien ofende y grita?

Presa de la ilusión de ser escuchado/a, acentúa sobre sí la voz sin mirra, sin densidad, sin idea ni conquista.

Leo las noticias referidas a un audiovisual inconcluso que el equipo coordinador de la XVII Muestra Joven del ICAIC, 2018, propuso incluir en el certamen.

La decisión institucional de no autorizar su exhibición se basó en que: “en el filme, un personaje se expresa de forma inaceptable sobre José Martí”.

Intentando acceder al correlato de “la forma inaceptable”, para labrarme criterio propio y ejercitar aquel llamado de Fidel: “Nosotros no le decimos al pueblo: ¡cree! Le decimos: ¡lee!”, me encuentro con la sabia decisión de La Jiribilla de publicar el fragmento de la escena que motiva el calificativo en la declaración del ICAIC:

Tony Alonso Ramírez: José Martí es un mojón, Neysi. José Martí es un mojón, de verdad.
Neisy Alpizar: Verdad, Papi?
Tony Alonso Ramírez: José Martí es un mojón. José Martí no se reía, mija. 
 Neisy Alpizar: Qué tú sabes?
Tony Alonso Ramírez: José Martí es… era maricón.
Neisy Alpizar: Está bien. Y, por qué no?
Tony Alonso Ramírez: Pero… No lo conocimos. Estuvo en otra época. Es como Borges. El poema ese. Todo está confundido y la gente dice que eso lo dijo Martí. “Hay que sembrar árboles”, eso lo dice mi tía… Yo no creo en Martí. Yo no soy martiano…”

La pornografía del lenguaje –y quizás no sólo de él– descubre un acto evasivo que “mostrando” todo lo que tienen que decir los personajes, en realidad inhibe y secuestra, efectos que les infringe al espectador/a quien busca disimular las desnudeces que no tiene.

Basta el diálogo citado para indignarse y vetar el audiovisual.

Sin embargo, continúo indagando acerca del guión y me encuentro con opiniones repetidas sobre su falta de calidad, la pobreza de su estatuto artístico.

Entonces pienso que estas últimas debieran volverse también razones esgrimidas, en cualquier caso, por los jurados competentes, a la hora de evaluar la participación de una película en eventos del prestigio y nivel de convocatoria de la Muestra Joven.

Y que nadie se asuste creyendo probable la disociación entre la calidad general del producto y la calidad específica de alguna(s) de sus construcciones discursivas; entre la sustancia de la trama y el destino de alguno de sus tramos.

La improcedencia “ideológica” de una obra cinematográfica se verifica lo mismo en un parlamento oprobioso que en su incapacidad para ser “arte”; lo mismo en el panfleto con presupuesto central que en vendimias independizadas del talento.

Entiendo que esta vez el ICAIC actuó “en uso de las facultades conferidas”, pero de las conferidas por el pueblo antes que por algún “organismo superior”.

Ahora bien, ¿por qué la rueda de prensa –después de zanjada la necesidad de explicar el asunto y fijar posición– terminó suspendida? ¿Por qué la bravata de quienes defendieron más la película que a la Muestra misma tuvo mayor peso que el derecho de todos a conocer los pormenores del suceso cultural?

Las respuestas institucionales a escaramuzas de este tipo no pueden limitarse a declarar enojos, por justos y compartidos que sean, todavía menos si consideramos la urgencia de desarrollar liderazgos colectivos, que la sociedad manifiesta.

Tomar acontecimientos puntuales para desencadenar discusiones que los trasciendan, vernos las caras los interesados en debatir, hablarnos sin la impersonalidad de las redes “semi-sociales”, son palmos ganados a un terreno que amenaza con estrecharse a la vista.

Necesitamos que nuestras instituciones vayan delante en la cruzada.

El contexto nacional de los últimos años produce pequeños escándalos y “chancleteos” a granel. Ello obedece al subdesarrollo de la capacidad de debate que nos granjeó la libertad desatada por el hecho revolucionario. Impedir a tiempo que el calado de tal hecho se contraiga o que la esfera pública llegue a semejar irremediablemente un ágora de chanchullos eventuales sin ninguna consecuencia perdurable para la práctica política, es nuestro objetivo más caro. Y que la realidad cubana no se convierta en una afrenta a Martí, aunque se hablen de él maravillas.

El arte tiene mucho que ofrecerle a esos propósitos. Problematizar la realidad –más que reflejarla en tanto se presenta–, abrirle caminos nuevos al pensamiento –nunca distribuir fiambre cultural para engordar consumos–, convocar desde la emoción difícil, y por eso mismo auténtica –no atribuirle a la alharaca dotes de seductora–, expandir la incitación de mejorarnos –no ponerle a cada cual un espejo enfrente–. Estos serán siempre sus desafíos, en un mundo al que Cuba debe seguir tratando de no parecerse.

Notas

[1] Castro Ruz, Fidel (1961): Comparecencia cerrando el ciclo de la Universidad Popular “Revolución y Educación”, Obras Revolucionarias, La Habana, Imprenta Nacional de Cuba, pp. 23–24.

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