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Que suenen las palabras

Por Fernando Luis Rojas: “A propósito del libro La evolución del poder en la Revolución cubana, Tomo I, de Juan Valdés Paz”

A Juan Valdés Paz, como a la “Carmela” de Conducta, le gusta que suenen las palabras. No se trata del martilleo de los dedos de la inolvidable Alina Rodríguez sobre la máquina de escribir, o de la voz grave –llena de habla popular– del residente en Pogolotti; se trata de lo que hay tras las palabras.

Valdés Paz llega, a sus ochenta años, con la que pudiera considerarse la obra más importante de su dilatada trayectoria intelectual. La evolución del poder en la Revolución cubana (Tomo I, Fundación Rosa Luxemburgo, 2017) presenta “un breve examen de la constitución y evolución del poder político y social de la Revolución cubana”, que abarca en este primer tomo la etapa de 1959 a 1991.

Desde la presentación, el lector se percata del complejo propósito de Valdés Paz, así como de los avatares contradictorios por los que se anda –o debe andarse– para la lectura y recepción del texto. El autor de La evolución del poder… declara como objetivo fundamental “reinterpretar la historia de la Revolución cubana desde la perspectiva del poder político y social que la hizo posible, y que la ha sustentado hasta nuestros días”. Ya aquí, en el primer párrafo del libro, comienza la problematización.

Primero, porque cualquier intención de (re)interpretación desde diferentes perspectivas –digamos, para otros ejemplos, desde la mirada de la mujer, el negro, o el trabajador– implica una tensión con la historiografía oficial o total que se ha asentado en buena parte del sentido común de los cubanos. En segundo lugar, y con esto Valdés Paz –como nos tiene acostumbrados– se sacude el lastre de la “objetividad” que clama por un purismo ideológico, se sostiene en todas sus letras la concepción que, contradicciones y ciclos aparte, entiende el decursar cubano desde 1959 como revolucionario.[1]

El ejercicio de situar en un lugar central la cuestión del poder es fundamental para los análisis sobre Cuba. Identificarlo así, como “poder”, permite rebasar uno de los componentes que ha sido jerarquizado desde los discursos políticos como “poder del pueblo”, y volver a la complejidad y amplitud de las relaciones de poder. Valdés Paz no es el primero, ni será el último, que se baña en esas aguas; él mismo da fe de ello con la amplia bibliografía referenciada en este libro.

Por varias razones, encuentro aportes de La evolución del poder… en el terreno metodológico. Una, tiene que ver con el privilegio que se da al carácter procesal del análisis y conectado a ello, las distinciones (y porosidades) entre poder político, social, y su relación con otras formas de poder. Aunque el autor logra abrumarnos con su advertencia sobre “el carácter sesgado” de la propuesta al no incluir un examen historiográfico de los periodos, yo particularmente –anclado en esta mirada procesal que identifico– veo considerado este aspecto. Ahí están las referencias, ciertamente sin una pretensión monográfica, a sucesos acaecidos entre los sesenta y los ochenta del pasado siglo. Otra razón en el plano metodológico se encuentra en la sistematización de un grupo de categorías relativas al poder, lo que pudiéramos llamar para este libro conceptos dominantes (“poder”, “poder político”, “poder social”, “poder social hegemónico”, “poder dual”, “comunidad política”, “hegemonía”, “bloque popular”, entre otros), y especialmente su inserción en la narrativa de la constitución y evolución del poder político y social de la Revolución cubana.

Una tercera razón en este terreno radica, en mi opinión, en la definición de un patrón analítico con indicadores comunes para cada periodo. Así tendremos, por ejemplo, que 1959–1963 La constitución del poder revolucionario, 1964–1974 La evolución del poder revolucionario y 1975–1991 La evolución del poder revolucionario, pueden leerse a partir de evaluaciones del contexto (interno y externo), el comportamiento del ordenamiento jurídico, de los sistemas político, económico, civil e ideológico-cultural, más valoraciones relacionadas con la evolución del poder revolucionario en el período y el estado de la autogestión y autogobierno, entre otros.

Esto merece algunos comentarios generales. La presencia de los indicadores permite un recorrido comparativo, una práctica –la de los estudios comparados– que todavía tiene deudas y mucho que aportar en nuestro país. Al mismo tiempo, estos indicadores no se convierten en una camisa de fuerza. Para el período 1959–1963 tiene una importancia especial el análisis del poder prerrevolucionario, las denominadas “leyes revolucionarias” en el apartado destinado al ordenamiento jurídico, las nuevas instituciones del Estado en el sistema político, el proceso de fusión y reorganización partidista, la creación de una esfera empresarial estatal en el sistema económico; mientras, en el que abarca de 1975 a 1991 cobran fuerza las relaciones con los países socialistas en general, y la URSS en particular, la presencia cubana en África, el orden constitucional establecido en 1976, la nueva división político-administrativa, los congresos del PCC, las causas Uno y Dos de 1989, el proceso de rectificación, entre otros. En resumen, el empleo de “indicadores comunes” no sostiene una cómoda y simple lectura cronológica y homogeneizadora.

Mencioné antes la abundante bibliografía referenciada. Un resultado de este primer tomo se encuentra en la Bibliografía general (organizada en libros y publicaciones no periódicas, revistas y publicaciones periódicas, cronologías y documentos) y en la Bibliografía por periodos (con similar organización). Destaca para el periodo 1975–1990 la cantidad de documentos consultados. De manera general, el también autor de El espacio y el límite: estudios sobre el sistema político cubano (2009) incorpora investigaciones desde perspectivas diferentes. Es por eso, que el lector podrá encontrarse autores situados en posiciones polarizadas o que ocupan sitios diversos en el espectro que recorre esos polos.

En medio de la dificultad que implica reseñar un libro que supera las 350 páginas, realizaré una apurada mención telegráfica de otros aspectos que despertaron mi interés.

· El libro está mediado por el reconocimiento de las tensiones entre “poder” (como salida o resultados reales) y el “proyecto” (como recursos ideales).

· Valdés Paz coincide con otros autores que ubican (año más, año menos) entre 1959 y 1963 el núcleo de “los grandes cambios estructurales que caracterizarían a la sociedad de la Revolución cubana en adelante”.

· En el epígrafe dedicado al poder prerrevolucionario, el autor parte de la deconstrucción de la bucólica idea del pasado “mejor” y “abundante” previo a 1959.

· Al analizar el escenario externo inmediato al primero de enero de 1959, hay un guiño a una relativa independencia en las posiciones de Europa occidental respecto a Cuba: “Con menor o mayor alineamiento a la política de EEUU, y no exento de tensiones, los países de Europa occidental mantuvieron sus relaciones diplomáticas con Cuba, así como sus limitados intercambios comerciales”.

· Una de las variables que introduce Valdés Paz en su análisis del escenario interno en cada periodo, tiene en cuenta la legitimidad del Gobierno revolucionario, sus niveles de apoyo y oposición. Por ejemplo, citando una encuesta de Bohemia de febrero de 1959: “Si bien en los primeros meses de 1959 el nivel encuestado de apoyo al Gobierno revolucionario sobrepasaba el 90% de la opinión pública y la oposición no llegaba al 2%, rápidamente se fue acrecentando una oposición interna con los desplazados de las posiciones de poder y con las capas afectadas por las medidas de nacionalización y expropiación, así como aquellos alineados a la política contrarrevolucionaria de EEUU”.

· Se sostiene que para 1960 se consumaba en Cuba una “opción no capitalista”, consecuencia “de la opción nacionalista radical”, y al mismo tiempo se abren variantes “de organización socialista de la sociedad cubana emergente”. Estas, las que maneja Valdés Paz, podían ser tomadas “de las propuestas de la filosofía política en uso” o “de las experiencias del socialismo real”.

· En todos los periodos se dedica un espacio a la descripción del comportamiento de los institutos armados (Fuerzas Armadas, Ministerio del Interior, Milicias Nacionales Revolucionarias, entre otros) que constituyeron “desde el primer momento el «núcleo duro» del poder revolucionario”.

· El libro está atravesado, con la fortuna de evitar esencialismos binarios, por las dinámicas centralización-descentralización (en todos los sistemas) y liderazgo-burocracia-funcionariado-dirigentes. Sobre este particular, el autor se acerca al lugar de Fidel Castro, fundamental para estudiar todos los periodos recogidos en este tomo. A propósito, señala en el marco de la unificación partidista de los primeros sesenta: “Particular trascendencia tuvo la ratificación del liderazgo de Fidel Castro como «líder máximo», «líder indiscutido» o «máximo dirigente» de la Revolución. En su múltiple condición de Comandante en Jefe de las FFAA, Primer Ministro del Gobierno, Presidente del INRA, Primer Secretario de las ORI-PURS y máximo líder popular. Fidel constituyó en sí mismo un subsistema que operaba como la dirección suprema del sistema político, en la medida que lo dotaba, además de con sus cualidades personales, con una función permanente de arbitraje”.

· Hay una tensión que marca todos los periodos y parece aguijonear a Valdés Paz, la existente entre la norma (corporizada en leyes, planes, indicaciones y proyectos) y su incumplimiento (o desviaciones de esa normativa). Aunque la edición del libro se produjo antes del actual debate popular sobre el Proyecto de Constitución, este constituye un asunto de trascendental importancia y vigencia.

· Algunas de las carencias o problemáticas mencionadas y que vienen acompañadas de larga data –arrastradas de una forma u otra a la altura de 2018– son las siguientes: la indefinición de una «sociedad civil del socialismo» (o caracterización de la sociedad civil realmente existente como tal), el asociacionismo civil “por orientación”, las tensiones entre pensamiento ortodoxo y heterodoxo, predisposición más favorable a un socialismo de Estado que a la socialización del poder, una política cultural (a partir de 1976) más abierta para las actividades artístico-literarias y “regresiva y dogmática para las ciencias sociales y humanísticas”, el insuficiente desarrollo de una cultura jurídica en la población.

· Al analizar el sistema económico en el periodo 1964–1974, específicamente la relación entre “Comportamiento económico y poder”, introduce una viñeta que cuestiona el mito de lo militarizado como esencialmente eficiente: “Las manifestaciones de militarización de la economía, particularmente la agropecuaria –Brigada Che Guevara, Agropecuaria del MINFAR y Planes Especiales, Puestos de Mando, traspaso de cuadros militares, etc.– si bien parecieron reforzar la autoridad estatal sobre las transformaciones en curso, en realidad no demostraron ventajas sobre la conducción civil, a la vez que comprometían las misiones defensivas de las instituciones militares”. En su criterio, esta dinámica cambiaría a partir de los setenta.

· Llama la atención el cuidado que pone el autor en el equilibrio entre los diferentes aspectos analizados. Digo esto, porque imagino la batalla que libró –contra sí mismo– para no cargar la mano a temas que pudieran resultarle “más cómodos” a partir de su historia intelectual, por ejemplo, los relativos a las cuestiones del agro cubano posterior a 1959.[2]

· Cierro estos telegramas, citando un párrafo en que se valora breve, objetiva y precisamente el papel del Che Guevara en los sesenta y el impacto de su muerte: “En el seno de este liderazgo se destacó la personalidad del Comandante Ernesto Che Guevara, cuyas ideas y ejecutoria se convertirían en una de las fuentes ideológicas de las estrategias de transición implementadas en los años sesenta. Su muerte dejó un vacío intelectual y moral en la dirección revolucionaria y dio inicio a un debate permanente sobre sus ideas”.

Juan Valdés Paz tiene ochenta años. Mi abuela María Josefa setenta y seis. Puedo decir entonces que a Juan y a mí nos separan dos generaciones. Este primer tomo llega hasta 1991. En ese año todavía mi mamá me acompañaba a la escuela primaria en el Micro 7 del Distrito José Martí y yo estaba platónicamente enamorado de mi auxiliar pedagógica.

Pese a las distancias evidentes, este material tiene una especial significación desde mi identidad generacional. Desde hace unos años, junto a otros compañeros y/o amigos, nos enfrascamos en discusiones para matizar las miradas condescendientes o peyorativas hacia los que nacimos entre los ochenta y los noventa. Las lecturas sobre “la crisis de valores” que sobrevino en el Periodo Especial, dándola por sentado y con marcas de generalización, o el facilismo de resolver las cosas con frases vacías de sentido, o que cuando menos, expresan perogrulladas del tipo “los tiempos han cambiado”, “los jóvenes de hoy son diferentes a los de antes”; nos hacen un flaco favor. En el fondo, persiste una construcción cultural, aunque debilitada con el tiempo, de concebir los años anteriores a 1990 como de realización moral del socialismo.

Y aquí vuelvo, utilitariamente, a La evolución del poder en la Revolución cubana. Dice Valdés Paz, como parte de su argumentación de los sucesivos giros en las estrategias económicas, que en los años setenta “se tomaron medidas como la eliminación de algunas gratuidades «indebidas»”. Sobre la disciplina laboral en el periodo 1975–1991 señala que “el creciente deterioro de la disciplina laboral planteó, a comienzos de los años ochenta, la necesidad de regular un sistema de sanciones por violación de la disciplina laboral”. En igual etapa, sobre el control y compulsión al trabajo, da cuenta de “un incremento de las actividades delictivas y de la desorganización social”; a propósito menciona una Reunión Extraordinaria del Buró Político y el Secretariado realizada el 22 de mayo de 1986 y presidida por Fidel, en la que “se analizó extensamente la problemática del delito y conductas antisociales”. Por último, en su acápite dedicado al sistema de enseñanza, aborda el “debilitamiento de la cultura histórica nacional entre la población” hacia la segunda parte de la década del ochenta. Son apenas algunos ejemplos, pero, “verde con espinas…”.

Casi al final mencionaré lo que extraño en este libro. Más allá de desacuerdos puntuales y detalles sobre la corrección y edición del mismo, son tres cosas. Las dos primeras me parecen conectadas. Durante la lectura extrañé una mayor libertad ensayística, con la que campeara ese lenguaje y esa subjetividad “valdesiana” que pone las palabras a sonar. Ello se conecta con el acumulado vivencial del autor, Valdés Paz tiene todo para testimoniar la evolución del poder en la Revolución cubana desde su biografía. Pero este puede entenderse como un reclamo injusto, porque a un libro no debe pedírsele lo que no se propone, lo que no es.

La otra es una mayor conexión entre las lecturas de los tres periodos que transcurren entre 1959 y 1991 y la contemporaneidad cubana. No obstante, imagino que ello estará incluido en el segundo tomo que estudiará las etapas 1992–2011 El periodo especial y 2012–2018 Actualización del modelo. Intuyo que al final de este segundo tomo (en preparación) se presentará una generalización de las casi seis décadas que median entre 1959 y 2018.

Para febrero de 2015, en ocasión de la entrega del Premio Nacional de Ciencias Sociales a Juan Valdés Paz dentro de las actividades de la 24 Feria Internacional del Libro, los editores del diario El Cañonazo me solicitaron un trabajo breve. En él calificaba la labor intelectual de Valdés Paz (1938) como una obra sin remansos posibles. El libro La evolución del poder en la Revolución cubana viene a confirmarlo. Es un texto que debía estar al alcance de la gente en las librerías del país, por constituir una excelente contribución al conocimiento del decursar de la Revolución cubana, un paso importante si queremos entenderla, asumirla, defenderla, radicalizarla y revolucionarla.

En su dedicatoria, que coincidió con el primer día de sus ochenta, me escribió Juan: “Un recuerdo de nuestro encuentro «marxista». Espero que lo leas y comentes o no tendrás el tomo II”. ¿Lo tendré entonces?

Notas

[1] En aras de limitarnos al periodo abordado en este primer tomo, diremos que el decursar entre 1959 y 1991, aunque Valdés Paz dice en su introducción “(…) de la Revolución cubana, a lo largo del proceso revolucionario iniciado en 1959 y vigente hasta nuestros días” (resaltado por FLR).

[2] Sobre el tema, Valdés Paz ha publicado, entre otros, los libros Procesos Agrarios en Cuba, 1959–1995 (La Habana, 1997) y Los procesos de organización agraria en Cuba 1959–2006 (La Habana, 2010).

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