Una apostilla a un debate sobre el cine cubano

Revisitando la polémica Alfredo Guevara-Blas Roca en los años sesenta

Por Julio César Guanche

Foto: cortesía de Julio César Guanche.

En 1963 tuvo lugar una importante polémica pública sobre la exhibición cinematográfica en Cuba. Los intervinientes eran dos altos dirigentes cubanos, con larga experiencia en lides políticas e intelectuales: Alfredo Guevara y Blas Roca.

Las diferencias entre ambos eran muy fuertes.

Blas Roca, en el “afán de que el artista, el escritor, se meta en los hechos, penetre en sus entrañas, conviva en la granja (…) y saque de todo ello el material de (sus) obras” demarcaba la jurisdicción del trabajo intelectual: “cantar a la acción diaria y/o cantar la vida en toda su dimensión”. Ese “toda su dimensión” no incluía, en sus palabras, el hecho de describir “el proxenetismo” o el robo “de la cadena a un pequeño indefenso y confiado”, tal como aparecía en las películas cuestionadas por Roca (por ejemplo, de Passolini) sino la acción positiva de reflejar “con veracidad y pasión, la epopeya de un pueblo que transforma sociedad, economía y naturaleza y que se transforma a sí mismo”.

Por el contrario, para Alfredo Guevara, lo revolucionario no se definía por la vinculación de la obra del artista con “la acción diaria”, sino con la “audacia”, el “saber”, la “penetración” e “imaginación” intelectual necesarias para descubrir “el hilo de las cosas, o un hilo, o un hito del mundo real hasta entonces inalcanzado, o no suficientemente explorado, y (encontrar) el modo de expresarlo”. De esta manera, afirmaba el derecho del intelectual a entrar al terreno de la política, aquella que administra la interpretación de “la acción diaria” y el acceso a lo “no suficientemente explorado”.

Roca utilizaba una de las frases del discurso de Fidel Castro a los intelectuales para establecer las relaciones entre arte, estética y revolución: “El artista más revolucionario es aquel que pone la revolución por encima de todo lo demás, el que está dispuesto, incluso, a sacrificar su propia vocación artística — si ello es necesario — por la revolución.”

Sin embargo, lo que según Guevara necesitaba la Revolución, y lo afirmaban las “Palabras a los intelectuales”, no era la dejación de la condición específica del arte, “de lo que hace del arte arte”, sino la plena asunción de sus potencialidades, de sus capacidades críticas, indagativas, imaginativas, puestas en función de la Revolución. “El arte no es propaganda, y ni en nombre de la revolución resulta lícito el escamoteo de sus significaciones”, aseguraba Guevara.

En su convicción, la misión del ICAIC no consistía en “hacer” las películas sino crear, sostener y desarrollar dos cuestiones de enorme importancia: el clima institucional, político e intelectual en el que las películas son hechas, y la industria que las soporta.

Habrá quien piense que el más reciente episodio alrededor del cine cubano (el “debate” alrededor de QHUP) es algo “nuevo”, pero llevamos cinco décadas discutiendo sobre temas con diferentes nombres — el carácter sagrado del “pueblo” o de los héroes, y un largo etcétera — con una base de problemas similar: la lucha por el espacio político y el clima intelectual disponibles para hacer cine, la elección entre la “protección debida” al público, o la afirmación de su soberanía para juzgar por sí mismo — proceso de formación crítica mediante — y la necesidad de una cultura y de una infraestructura institucionales capaces de desarrollarlo.

En esta ya larga historia, “tomar partido” por criterios como los de Alfredo Guevara llevó al cine cubano a ser patrimonio de la nación — lo que incluye la formación crítica del público en la valoración del cine — — , y a ponerlo en el mapa mundial de la cinematografía de vanguardia. Esa adscripción no garantiza de oficio la calidad de todas las películas, pero sí contribuye a lograr el “clima” que podría contribuir a ello.

Los tiempos son otros, pero no está de más tener memoria. Durante el intercambio entre Roca y Guevara ninguno acusó al otro de ser poco ético, ni profirió ofensas personales, ni vio “sospechosas” relaciones con “el enemigo” en sus respectivas creencias. También, los textos de la polémica fueron publicados por igual en los medios de difusión masiva de la hora. Parece una experiencia ética, y productiva, de sostener una polémica desde las instituciones. Era también la opción de Martí: “un pueblo no se manda como se manda un campamento.”

Ahora que se ha hecho costumbre hacer todo lo contrario, con el inaudito relevo de la obligación de presentar pruebas en momento alguno, para proferir toda clase de acusaciones, y que también se ha hecho tradición publicar sempiternamente en los medios estatales/públicos a una sola de las partes en debate (y difamar a la otra por no quedarse callada, obedientemente), debería ser un deber seguir aquel tipo de experiencias, más si se trata del grupo profesional, y del público, al que se debe tal institución.

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