145. El ritmo del vino
Hay vinos -algunos, no todos- que imponen el ritmo al que deben ser bebidos. Es interesante que al pensar en esto se suceden incluso algunas paradojas en las que difícilmente se piensa cuando no se considera esta idea del ritmo.
Por ejemplo, el champagne, por su carácter efervescente, parece siempre necesitar beberse a un ritmo apresurado pero aunque éste sea el primer impulso, luego los matices cítricos y la austeridad que suelen tener las mejores referencias hace que se cambie el paso y uno haga de cada sorbo una experiencia lenta, dedicada.
Por su parte, los tintos con crianza parecen imponer de antemano un ritmo quedo para poder sentir sus matices pero : ¿cuántas veces no terminamos rendidos ante la vivacidad del fruta y tomando este tinto trago tras trago para sólo quedar con el fondo de copa y únicamente en ese instante respirar profundo, concentrarnos y llegar hasta la casi inmovilidad total?
Los blancos de acidez punzante a veces requieren un ritmo frenético de disfrute, los chardonnay amaderados ese lento disfrute al que invita su untuosidad.
Con el paso del tiempo y las botellas uno va despertando un gusto por descubrir los ritmos implícitos de cada vino y también jugar con la ocasión, estado de ánimo y compañía para variar este ritmo.
Por eso siempre repetimos que la degustación del vino es enemiga de la prisa, porque para descubrir el ritmo del vino se necesita, sobre todo, tiempo.


