162. El vino y el silencio
El vino es compartir, alegría, la conversación en torno a las copas y a la mesa pero, aunque parezca paradójico, tiene un vínculo profundo con el silencio.
El vino, mientras aguarda el momento de revelarse dentro de su botella, necesita estar apartado de vibraciones, es un complemento de la oscuridad que debe ampararlo. Y, además, para poder decir que se degusta un vino, son necesarios algunos momentos de silencio.
El silencio en que podamos percibir lo que está en copa en valor absoluto y luego ponerlo en el contexto de su lugar de procedencia, su añada, su estilo, su productor. A veces es un silencio que no es total, a nuestro alrededor todos siguen el curso de sus conversaciones, es más bien una retirada a uno de los lugares más remotos adonde se puede ir, al fondo de uno mismo.
Al regresar uno trae alguna revelación sobre el vino. A veces una irrelevancia, una nota a pie de página de ese cuaderno de cata que es la vida de todo entusiasta del vino. En otras, una de esas verdades que cambian para siempre la forma como vemos el vino.
El precio que pagamos es el silencio.


