193. Lo exótico del vino

Cuando leo las contraetiquetas de los vinos siempre las siento como algo lejano. Acá en Venezuela no hay demasiada variedad de bayas rojas, azules o negras y menos todavía oportunidad de distinguir las salvajes.

El regaliz tampoco es un aroma que me es tan familiar, más lo reconozco por haberlo encontrado primero en los cabernet sauvignon. Estoy seguro de que hay sutilezas de las manzanas y de algunas flores que puedo que se me pierdan. Son demasiadas exóticas para mí.

Pero esa sensación, que se alguna manera es de extrañamiento, de una barrera entre los vinos y yo marcada por mi lugar de nacimiento, cambia cuando frente a un sauvignon blanc detecto parchita o cuando frente a un rioja críado en madera americana siento el coco como sé que es difícil que un europeo o un chileno o argentino pueda distinguirlo. Ni qué decir cuando hay lechosa o incluso alguna nota del denso y oscuro dulzor del papelón.

Es una revancha, mi revancha, mi pequeña revancha. Y pienso que en ese punto hay alguien en otro lugar del planeta tratando de explicarse el vino con frutas y sensaciones que, simplemente, no puede conocer.