301. La consistencia en el vino

Decía Roland Barthes que “la verdad está en la consistencia” y desde que leímos esa frase la hemos repetido con convicción en distintos ámbitos… menos en el vino.

Cada vez que dirijimos una degustación por placer o por trabajo invitamos a los participantes a que busquen las consistencias e inconsistencias en la degustación, la manera cómo lo visual, lo olfativo y lo gustativo (y lo táctil incluso) puede o no guardar consistencia en todas las fases de la prueba o la manera como puede desviarse.

Luego pasamos a explicarles que hay consistencias que se agradecen, porque un color llamativo da paso a una nariz amplia y compleja y son el prólogo perfecto de un profundo gusto en boca. Pero también hay consistencias aburridas, que hacen el vino predecible, que convierten el probar en un compromiso del que uno quiere desembarazarse.

Así también con las inconsistencias. A veces un color apagado que decepciona es la antesala de una nariz maravillosa y un gusto notable. O una nariz elusiva, introvertida, esconde una plenitud de sabores que sólo aparecerán cuando probemos el vino.

Por eso es que en el vino no acompañamos a Barthes, porque las verdades más profundas y conmovedoras podrían estar en las inconsistencias más atroces.