341. Monastrell (de Yecla)

Realmente no es tanto sobre la uva Monastrell sino sobre Hécula. La primera vez que compré este vino fue en Ciudad de Panamá y, no me apena hoy confesarlo, básicamente lo hice por un hablador en el anaquel en el que refería que consistentemente recibía 90 puntos de Robert Parker, lo que lo convertía en uno de los mejores vinos calidad/precio de España y el mundo.

Tampoco me apena confesar que lo probé y no lo entendí. Necesité un par de años más, durante una temporada en la que dicté un libro de escritura de diarios y otros géneros autobiográficos para apreciarlos: al vino y a la uva.

Cada miércoles, 3 horas antes de la clase, iba a Amapola restaurante. Mi parada previa era un supermercado cercano y realmente Hécula tenía un precio descontextualizado por la bajo así que siempre me llevaba una botella para que me hicieran el descorche.

La primera vez pedí asado negro de res. La segunda de cerdo. Para la tercera resultó que no había ni carnes ni salsa fuertes sino el delicado strudel de cazón sobre espejo de ají dulce, creación de la chef Mercedes Oropeza. Serví la primera copa y bebí con la impresión de que el vino desbordaría el plato y llegaría de mal humor al taller que debía dictar. Llegó el plato y el aroma de ají dulce. Vino el primer bocado. La untuosidad de la masa filo, el sofrito del guiso de pescado, la intensidad de la salsa de ají. Y fue el turno del vino. Y la fruta se fundió como con magia en la boca y el toque anisado le dio forma al bocado y entendí que Hécula (y luego la monastrell en versiones de Languedoc me lo confirmaría) daba no un vino sino muchos vinos y salí maravillado de lo que ocurre cuando se entiende el potencial de un vino.

Y, tampoco me apena decir, que desde ese momento he descorchado muchas botellas de Hécula, casi siempre solo porque es un placer que siento que solo yo entiendo y que hasta hoy no sentía el deseo de explicar.