Animales, compañía y felicidad

Según el zoólogo Konrad Lorenz el deseo de tener un animal tiene su origen en un antiguo deseo primario “el deseo del hombre moderno de volver al paraíso perdido”.

Todos los que tienen o han tenido una mascota han sentido ese apego o cariño característico que puede equipararse, sin duda alguna, al experimentado hacia cualquier ser humano. Y es que entre el animal y la persona se llega a establecer una comunicación tan real que incluye gestos, sonidos e incluso miradas.

Diversas investigaciones sugieren que el tener una mascota podría contribuir a una mejor salud emocional.

Los perros, que encabezan la lista de estudios realizados sobre el tema, parece que son los que más conexión muestran con el ser humano. Sorprende lo parecidas que pueden llegar a ser las relaciones entre dos personas, y entre un perro y una persona. Estos tienen más cosas en común con nosotros que muchos otros animales y parece ser que la clave de esta afinidad es la empatía. Los canes son capaces de sentir la tristeza, la felicidad, el enfado y además compartirlo con nosotros. Todo esto gracias a las neuronas espejo que, al igual que nosotros, también estos poseen.

Los perros pueden, por ejemplo, percibir e interpretar la felicidad. De hecho, la percepción de felicidad en las caras humanas desempeña un papel signficiativo en el apego entre los perros y los seres humanos.

Con frecuencia se dice que los perros de terapia son la mejor medicina. Instintivamente, ellos saben cuándo alguien necesita atención y afecto.

Así pues, los estudios afirman que compartir nuestra vida junto a una mascota, en concreto un perro, nos aporta felicidad, aumenta el autoestima y la sociabilidad. Además se considera que si las reacciones fisiológicas son mutuas, los animales experimentarán los mismos beneficios psicológicos durante la interacción.

En un estudio realizado por Odendaal & Meintjes se observó que las concentraciones de B-endorfina , oxitocina, prolactina y dopamina aumentaron tanto en los seres humanos como en los perros después de una interacción de unos minutos acariciándose, aunque el cortisol (hormona del estrés) solo bajó en humanos.

Otro estudio con mujeres realizado en la Universidad de Harvard observó que cuando estas miraban fotos de su perro se activaban en su cerebro las áreas de la emoción, del refuerzo y de la afiliación (amígdala) y funciones asociadas (hipocampo, corteza orbitofrontal medial, putamen dorsal y tálamo), las mismas que se activaban al ver fotos de sus hijos. (Stoeckel et al, 2014)

Así que algunos afirman que tener un perro puede incluso producir emociones muy parecidas a las que se experimentan al tener un hijo. Además, es bien sabido lo dolorosa que puede resultar su pérdida, pues se pueden llegar a sentir las mismas emociones que deja la partida de un ser querido e incluso desarrollar síntomas depresivos.

Los animales con los que pasamos la vida dejan huella y forman parte de nosotros para siempre y eso ocurre gracias a la conexión que se establece entre ambos, persona y animal.

Sin duda alguna, este vínculo es asombro. Al fin y al cabo, no olvidemos que “el ser humano es otra especie de animal, pero no solo otro animal ” (Simpson. G,G)

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