De monedas y billetes al Bitcoin 1 de 2

Mucho se habla del bitcoin en estos días, pero me gustaría hacer un repaso histórico de lo que realmente importa: el verdadero significado del dinero.

EL SURGIMIENTO

Es imposible determinar en qué fecha o territorio la humanidad comenzó a utilizar por primera vez el dinero, ya que fue creado muchas veces y en muchos lugares. fue una revolución puramente mental, implicó la creación de una nueva realidad intersubjetiva que solo existe en la imaginación compartida de la gente. El dinero no es precisamente las monedas y los billetes transados, de hecho, el dinero existió mucho antes de que se 
inventara la acuñación, y ha habido culturas que han prosperado empleando conchas, pieles, sal, grano, cuentas o tela como dinero. A principios del siglo XX, en la Uganda Británica todavía podían pagarse los impuestos mediante cauris. De hecho, incluso hoy en día, desde un punto de vista macro, las monedas y billetes son una forma poco común de dinero.

En el año 2008, la suma total de dinero en el mundo llegaba a unos 60 billones de dólares, pero la suma total de monedas y billetes no llegaba a los 6 billones de dólares. Más del 90% de todo el dinero (más de 50 billones de dólares que aparecen en nuestras cuentas) existe solo en los servidores informáticos.

En definitiva el dinero es cualquier cosa que la gente esté dispuesta a utilizar para representar de manera sistemática el valor de otras cosas con el propósito de intercambiar bienes y servicios. Así es que el dinero es un sistema de confianza mutua, y no cualquier sistema de confianza mutua:

El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás se haya inventado

Dicha confianza se fue formando muy lentamente, mediante el tejido de una red compleja de relaciones políticas, sociales y económicas. 
 
Inicialmente, cuando se surgieron las primeras versiones de dinero, no existía ese tipo de confianza entre la gente, por lo que fue necesario definir como “dinero” cosas que tenían un valor intrínseco real. El primer dinero conocido de la historia, el dinero de cebada sumerio, es un buen ejemplo. Apareció en Sumer hacia 3000 a.C., para dar respuesta a las necesidades de actividades 
económicas que se hacían más intensas. De esta forma, cualquier bien transable en Sumer tenía un precio equivalente a cierta cantidad de silas de cebada. La cebada tiene un valor intrínseco porque la cebada tiene un valor biológico: los humanos pueden comerla.

El gran avance en la historia del dinero se produjo cuando la gente llegó a confiar en dinero que carecía de valor intrínseco. Tal dinero apareció en la antigua Mesopotamia a mediados del tercer milenio a.C. Se trata del siclo de plata, el cual no era una moneda, sino una medida equivalente a 8,33 gramos de plata. Para ese entonces fue que se promulgó el célebre código de Hammurabi, el cual fijaba penas a quienes infringieran sus normas en siclos de plata, lo que implicaba abonar al rey, según el tipo de delito, determinada cantidad de gramos de plata. A diferencia de la sila de cebada, el siclo de plata era más fácil de almacenar y transportar, pero no tenía un valor intrínseco. Cuando no era usada como medio de intercambio, la plata, y también el oro, eran transformados en joyas, coronas y otros símbolos de jerarquía: bienes de lujo que los miembros de una determinada cultura identificaban con un nivel social elevado. El valor de estos metales era, y sigue siendo, salvo por algunos usos industriales, puramente cultural. 
 
Al siclo de plata lo siguieron diferentes tipos de pesos fijados de metales preciosos, y con el tiempo estos acabaron dando origen a las monedas. Las primeras monedas de la historia las hizo acuñar el rey Aliates de Lidia hacia el año 640 a.C., donde actualmente se encuentra Turquía. Estas monedas 
tenían un peso normalizado de oro o plata, y se acuñaban con una marca que testificaba cuánto metal precioso contenía la moneda y quien era la autoridad que garantizaba su contenido.

Casi todas las monedas en uso en la actualidad son descendientes de las monedas de Lidia.

Las monedas relegaron a los lingotes de metal sin marcas principalmente porque al contener la rúbrica de alguna autoridad política que garantizaba su valor evitaba a los vendedores tener que tomar medidas para corroborar que el metal entregado por el comprador era realmente del peso y la pureza manifestado por este. De esta forma, el surgimiento de la moneda marcó un salto en la eficiencia de las transacciones económicas al generalizar la figura del tercero de confianza, rol que ocupaba el rey o emperador que acuñaba la moneda y actuaba como garante entre las partes.

Recién más de dos milenios después, con la aparición del Bitcoin, se daría el primer caso en la historia de una moneda que logra sortear la necesidad de un “tercero de confianza”, ya que las partes intervinientes en la transacción depositan su confianza en una red descentralizada y abierta que audita la 
validez de las operaciones de forma fehaciente, pero este mecanismo será descripto en detalle recién en el próximo capítulo. 
 
Al popularizarse la figura del tercero de confianza personas totalmente extrañas podían aceptar el valor de un denario romano porque creían en el poder y la integridad del emperador romano, cuyo nombre e imagen decoraban la moneda. Las monedas romanas eran un medio de intercambio aceptado en los mercados de la India, aunque la legión romana más cercana se hallaba a miles de kilómetros de distancia. Los indios tenían una confianza tan fuerte en el denario y en la imagen del emperador que cuando los gobernadores locales acuñaron sus propias monedas imitaron fielmente al denario, incluso hasta el retrato del emperador romano.
 
EDAD MEDIA Y EDAD MODERNA: CONSOLIDACIÓN DEL MONOPOLIO DE ACUÑACIÓN

Este privilegio con el que contaba el gobernante de disponer del monopolio de la acuñación se estableció firmemente con los emperadores romanos y fue creciendo con el paso de los siglos. Cuando, al principio de la Edad Moderna, Jean Bodin, (París, S. XVI) desarrolló el concepto de soberanía, incluyó el 
derecho de acuñar moneda como uno de sus componentes más importantes y esenciales. Este privilegio fue durante la Edad Media la principal fuente de ingresos de los príncipes ya que además de representar un importante instrumento del poder, comenzó a ser una tentadora fuente de ganancias, al instaurarse la práctica de acuñar monedas con menor contenido de oro y plata que el declarado en ellas.

Así vemos que el monopolio estatal de emisión de moneda ya era bastante pernicioso mientras predominaba el dinero metálico. Ahora bien, se convirtió en una terrible calamidad con el surgimiento del papel moneda, pero específicamente cuando este estuvo bajo control estatal.

Ante el surgimiento 
de los primeros bancos, fundados en Amsterdam y luego en otras ciudades de Europa, se dio la exitosa aparición de los primeros ejemplares de papel moneda, y junto con estos se vieron experimentos privados donde crearon monedas estables y virtuosas, ya que el propio interés de los banqueros compitiendo entre sí los obligaba a satisfacer los deseos de los usuarios, controlando la oferta de dinero. Pero el creciente absolutismo pronto dinamitó estas primeras apariciones de monedas no estatales. En 
lugar de ello, los monarcas protegieron el crecimiento de los bancos que emitían los billetes respaldados por el estado.
 
SURGIMIENTO DE LOS BANCOS CENTRALES
 
El nivel de control estatal fue creciendo al punto de que en 1694 el poderoso e influyente clan Rothschild, junto con sus socios Loeb, Lehman y otros fundaron el Banco de Inglaterra, que si bien nació como un banco privado y comercial, tenía como función principal el servir como banco del gobierno del
Reino Unido, y ya para 1844, mediante la sanción de la ley de Peel, quedó definitivamente garantizado su monopolio para la emisión de moneda. Décadas después, en la que pasó a ser la nueva potencia económica mundial, la creación de la Reserva Federal siguió exactamente la misma lógica. 
 
Durante gran parte del siglo XIX rigió en Estados Unidos la denominada era del “Free Banking”, que consistía en un sistema mixto donde, si bien el gobierno establecía ciertas exigencias para los bancos, como la de que al menos 1/5 de sus reservas consistieran en bonos del gobierno federal o 
límites sobre tasas de interés que cobraban, se les permitió a estas instituciones emitir billetes respaldados en especie (oro o plata), los cuales circulaban libremente por los diferentes estados.

Pero tras una importante crisis económica iniciada en 1907 y producto de la hábil gestión de las élites financieras, particularmente de los Morgan, los Rockefeller, los Kuhn y los Loeb, hastiados de la dura y creciente competencia que planteaban los bancos locales (pequeñas y medianas instituciones regionales con poca cantidad de sucursales), consiguieron que el Congreso y el Presidente Woodrow les otorgaran en forma de cartel el control sobre la emisión de dinero. Así fue que este grupo redactó el borrador de la ley que creó en 1913 la Reserva Federal. De ahí en adelante, sólo la FED podía 
imprimir dinero. Si antes de la FED los bancos estaban obligados a contener la expansión monetaria y a competir entre ellos, con la FED pudieron inflar la masa monetaria al unísono, contando además con un prestamista de última instancia que los rescataría en caso de problemas. Como era previsible, esto derivó en la paulatina destrucción del poder adquisitivo del dólar. Tomando como referencia la evolución del índice de precios al consumidor de Estados Unidos (IPC), desde la creación de la FED en 1913, el precio a pagar por un producto que en 1913 costaba 100 dólares, en 2011 era de 2.257 dólares, lo que refleja una inflación acumulada de un 2.157,2%. Cabe destacar que 
con anterioridad a la creación de la FED el dólar, salvo por ciertos períodos de convulsión como la guerra civil estadounidense, mantuvo su poder adquisitivo prácticamente intacto desde 1800.
 
Así mismo, el argumento para defender la existencia de los bancos centrales es que sin éstos la economía sería inestable y susceptible de repetidos pánicos financieros. Se dice que sin ellos ésta no sería lo suficientemente moderna. Al momento de fundar la FED, el contralor de la moneda en Estados Unidos incluso afirmó que gracias a la creación de la FED «los pánicos financieros y crisis comerciales con sus postraciones y miserias pasarían a ser una imposibilidad matemática», agregando que de ahora en adelante «las quiebras de bancos nacionales serían virtualmente eliminadas». La verdad, no obstante, es que el mercado nunca ha sido más inestable ni las crisis más devastadoras que desde la creación de la Reserva Federal.

Según registra el National Bureau of Economic Research, desde 1913, cuando se creó la FED, en Estados Unidos se han verificado las siguientes recesiones: 1918–1919, 1920–1921, 1923, 1924,1926–1927, 1929–1933, 1937–1938, 1945, 1948–1949,1953–1954, 1957–1958,1960–1961, 1969, 1970, 1973, 1975, 1980, 1981–1982, 1990–1991, 2001 y finalmente 2007.

Evidentemente algo salió mal con el cálculo matemático.

CRISIS DEL ´29
 
Los efectos de este cambio en las reglas de juego no tardaron mucho en manifestarse. En efecto, entre 1921 y 1929, la FED, coordinadamente con el Banco de Inglaterra, incrementó la masa monetaria en un 61,8%, esencialmente en forma de crédito.

El colapso llegó en octubre de 1929, seis meses después que la Reserva Federal pusiera fin a la expansión del crédito. La burbuja reventó llevando a una caída de un 89% en la bolsa durante los tres años siguientes, desplome del cual el mercado accionario no se recuperaría completamente hasta 1954. 
 
En 1966, Alan Greenspan, atribuyó el fatídico evento a la política monetaria de la época en los siguientes términos: “El exceso de crédito que la FED inyectó a la economía entró al mercado accionario detonando una espectacular burbuja especulativa. Tardíamente, los funcionarios de la Reserva Federal intentaron extraer el exceso de reservas logrando finalmente poner fin al boom. Pero era demasiado tarde: hacia 1929 los desbalances especulativos habían alcanzado tales niveles que este intento precipitó 
una aguda contracción y la consecuente desmoralización en la confianza de los inversionistas. Como resultado, la economía de Estados Unidos colapso”. 
 
EL CAMBIO DE PARADIGMA: 1971
 
Hasta las primeras décadas del siglo pasado, todas las monedas del mundo estaban acopladas al oro. Así, un dólar era siempre convertible por 1/20 de onza de oro mientras la paridad de la libra estaba fijada a 1/4 de onza. El patrón oro implicaba que privados y gobiernos extranjeros podían convertir en cualquier momento su dinero de papel en metal, por lo que cuando los bancos centrales incrementaban la masa monetaria en exceso se arriesgaban a generar una corrida de los tenedores de billetes en busca de sus reservas de dicho metal. 
 
En Estados Unidos, oficialmente esto se mantuvo hasta que Franklin Roosevelt en 1934 dictara una orden ejecutiva que impuso la confiscación del oro en poder de los ciudadanos estadounidenses, castigando con multas y cárcel la posesión de cantidades del metal equivalentes a 100 dólares o más y 
declarando nulos todos los contratos entre privados cuyo pago estaba fijado en oro. Lo de Roosevelt fue ciertamente una expropiación abusiva al público estadounidense, al que el gobierno pagó 20,67 dólares por onza de oro para, inmediatamente después de la confiscación, devaluar el dólar fijando la nueva convertibilidad en 35 dólares la onza. Pero si bien Roosevelt le puso fin al patrón oro dentro Estados Unidos, no pudo aplicar la misma regla a otros países, razón por la cual éste continuó estando vigente internacionalmente. Es decir, los poseedores de dólares en el extranjero podían en cualquier momento exigir la conversión de sus dólares en oro en Estados Unidos al valor de 35 dólares por onza. 
 
El sistema de convertibilidad en oro entre naciones se confirmó, bajo una fórmula menos efectiva, en el famoso acuerdo de Bretton Woods que tuvo lugar en Nueva York en 1944 y cuyo fin fue el diseño de un nuevo orden económico por parte de las potencias vencedoras en la Segunda Guerra 
Mundial. En ella se estableció que el dólar sería la moneda de reserva internacional, fijando las demás monedas al dólar. De este modo, por ejemplo, si Inglaterra veía caer el precio de la libra frente al dólar, su Banco Central saldría a comprar libras utilizando para ello dólares que tenía acumulados en sus reservas, de modo de aumentar el valor de la libra. Por el contrario, si el dólar se depreciaba, Inglaterra tendría que imprimir libras para comprar dólares, es decir, devaluar su moneda importando así la inflación desde Estados Unidos. Esto, a su vez, daba tranquilidad a todos los inversionistas con activos denominados en libras de que sus inversiones se mantendrían estables en términos de dólares. El dólar en tanto se mantendría fijado a un valor de 35 dólares la onza de oro, lo cual en principio tenía por objeto evitar la inflación de la masa monetaria por parte de la Reserva Federal. Bajo las nuevas reglas, sin embargo, ninguna empresa privada o individuo particular podía exigir la convertibilidad en oro, reservando el derecho para los gobiernos y bancos centrales. 
 
Bajo este sistema entonces, cuando un país tenía superávit comercial en teoría podía convertir el exceso de dólares en su poder por oro en Estados Unidos. Así, los estadounidenses se cuidarían supuestamente de imprimir demasiados dólares para no ver desaparecer sus reservas de oro.

Durante más de dos décadas el sistema funcionó, proveyendo de una clara ventaja a Estados Unidos, que vio su moneda artificialmente apreciada.

Como era de esperar, su creciente gasto fiscal debido a la Guerra Fría y a la expansión de los programas de bienestar llevó al país a imprimir cada vez más dólares. Países como Francia reaccionaron exigiendo la conversión de sus excesos de dólares en oro, provocando un drenaje del metal precioso que 
enfrentó a Estados Unidos a la posibilidad de perder sus reservas, lo que en la práctica significaba la quiebra. 
 
Bajo esta presión, en 1971 Richard Nixon decidió poner fin al padrón oro llevando al mundo por primera vez a un completo estándar de dinero papel, denominado también dinero Fiat (por decreto). 
 
El resto de la historia es imaginable. Sin el único freno que todavía existía para contener la voracidad de los políticos por imprimir moneda y dar rienda suelta a sus deseos de disparar el gasto militar, los subsidios a diversos grupos de interés, o los rescates a instituciones financieras, la cantidad de dinero creado por la Reserva Federal experimenta un incremento sostenido desde 1970, generando una pérdida de poder adquisitivo del dólar del 80% hasta 2011: 
 
Fuente: Banco de la Reserva Federal de St. Louis. http://stlouisfed.org/ 
 
Es importante tener presente toda esta información antes de abordar el funcionamiento del Bitcoin, ya que, al igual que el resto de las monedas de papel en la actualidad, no se encuentra respaldado por ningún bien tangible, lo cual genera ciertas suspicacias entre aquellos que comienzan a adentrarse en su lógica, olvidando o desconociendo que el resto de las monedas actuales poseen la misma característica; pero con el agregado de que el Bitcoin, como veremos más adelante en detalle, no carga con los riesgos a los que están supeditadas las monedas Fiat, derivados, por ejemplo, de manejos 
arbitrarios en su oferta o manipulaciones en las tasas de interés.

La seguimos en el próximo post!

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