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Amanda Wingfield: Visita a un personaje de Tennessee Williams

Por Abel Posadas

El zoo de cristal se estrenó en el verano de 1944 en Chicago. Hasta ese momento Tennessee Williams (1911–1983) había escrito varias obras aunque no había alcanzado el reconocimiento ni de la crítica ni del público. La suerte cambió con esta obra de cuatro personajes, a pesar de que luego de la primera semana los empresarios intentaron cerrar el teatro. No vamos a analizar El zoo de cristal. Baste decir que durante la primera mitad del siglo XX los medios masivos endulzaban las tostadas familiares con una gruesa capa de jalea. Williams pone al descubierto el naufragio de la institución familiar y lo hace sin estridencias, con una ternura pocas veces vista y oída en este delicado tema. En el centro del fracaso se encuentra una figura muy apreciada por las actrices conocedoras de su oficio. Se trata de Amanda Wingfield, la madura y abandonada sureña que intenta para sus hijos un porvenir venturoso. De acuerdo con las Memorias de Williams –escritas por dinero según aclara el autor-, para él la mejor Amanda fue Laurette Taylor que, con la dirección de Eddie Dowling, la estrenó en Chicago. Luego y casi de inmediato, la obra pasó a Nueva York y para Taylor significó su final como ser humano. En 1946 murió de cirrosis hepática. A partir de la desaparición física de esta mujer, las que eran consideradas actrices relevantes en el mundo entero tomaron a Amanda Wingfield como una oportunidad de lucimiento. En Buenos Aires y en 1947 la hizo conocer Margarita Xirgu. Y el personaje seguiría recorriendo escenarios hasta la actualidad.

Laurette Taylor

Al fin y al cabo, la obra tiene sólo cuatro personajes y su montaje no resulta caro. Los dos hijos de Amanda, Tom y Laura, y el pretendiente que sólo interviene en el segundo acto. El inconveniente con el teatro es que no pueden emitirse juicios sobre las puestas en escena si no se las ha visto. Quedan las críticas, los programas, las fotografías, pero todo eso es muy poco para evaluar qué es lo que ocurrió sobre el escenario. Por otra parte, El zoo de cristal se trasladó cómodamente a la radio y al disco. Semejante éxito no pasó desapercibido para Hollywood. La Warner Bros. se encargó de endulzar el texto con un final feliz y un elenco en el que figuraban Gertrude Lawrence, Arthur Kennedy, Jane Wyman y Kirk Douglas. El rechazo del público fue total y ni siquiera admitió el texto aún con el final cambiado. La dirección de Irving Rapper fue descaradamente convencional y aunque Lawrence fuera el anzuelo de prestigio, el único que se salva por talento es el Tom que encarna Arthur Kennedy. Esto pone en evidencia que en Hollywood no volverían a tocar esta obra. Por las dudas, no lo han hecho hasta el día de hoy. Lo que nos interesa es sabe cómo pueden estudiarse las interpretaciones según los directores, pero en el terreno de la imagen en movimiento. Si se quiere hablar de teatro filmado no hay problema. Para algo tienen que servir el cine y la TV de vez en cuando.

En 1966 la CBS Playhouse presentó a Shirley Booth como Amanda Wingfield, con Pat Hingle y Barbara Loden, dirigidos por Michael Elliot. El acontecimiento se ha conservado y puede verse en youtube. Logra apreciarse el talento pocas veces igualado de una mujer que, en apariencia, es la encarnación de la simplicidad. Nada menos que Robert Ryan, su pareja en la película El amor de la Sra. Leslie (Daniel Mann-1954) se encargó de dar una definición exacta de Booth: “Venía corriendo todas las mañanas al estudio hasta que le aclaré que podía estacionar el auto aquí dentro. No le interesaba el cine y estaba asustada por la cantidad de premios que había conseguido por Vuelve, pequeña Sheba”. Esta película se tituló en Argentina Sin rastro del pasado (Daniel Mann 1951). Booth rechazó a Hollywood y volvió a Broadway. La televisión se acordó de ella para ofrecerle en bandeja el poderoso rol de El zoo de cristal. La opinión de los críticos fue unánime con respecto a ella pero no en lo atinente a la puesta en general. Sin embargo, los índices de audiencia indicaron que muy bien podía tratarse de una obra más que adecuada para la TV. Que una mujer tan simple, en la opinión de Robert Ryan, se metamorfoseara en una sureña decadente, incluyendo el acento y entablara batallas verbales con su hijo Tom o se perdiera enumerando sus pretendientes en un pasado lejano, todo ello entregándoselo al público televisivo, resultó un verdadero acontecimiento. Es indudable que Shirley Booth (1898–1992) tenía una no visible capacidad para imponerse no sólo en el teatro, sino también en el cine y la TV. Quien haya visto Sin rastro del pasado, por ejemplo, que parte de una obra de William Inge, no la olvidará fácilmente ni a la película ni a la actriz.

Cuando en 1973 Katharine Hepburn se decidió a debutar en la TV se le ofreció el personaje de Amanda Wingfield. Ella había estado en contacto con el autor de El zoo de cristal cuando en 1959 filmó De repente, en el verano (Joseph Mankievicz). En aquella oportunidad declaró textualmente “He catches the wrong side of my imagination”, refiriéndose a Williams. Sin embargo, su desempeño como la enloquecida Mrs. Venable demostró que podía adaptarse a una caprichosa complejidad aunque no sin inconvenientes. En el caso de la obra de teatro –se filmaría en Pinewood Studios de Londres- consideró que la tarea no iba a ser tan complicada. La dirección estuvo a cargo de Anthony Harvey y la acompañaron Sam Waterston, Michael Moriarti y Joanna Miles. Por más que el intento haya recibido buena prensa y no obstante las alabanzas que los críticos lanzaron sobre la actriz, vista hoy su interpretación resulta confusa. No se trata simplemente de un acento sureño mal enfocado, sino de que su físico se encuentre vencido como para intentar el rescate de dos hijos casi adolescentes. Su Amanda llega como una mujer vencida por la falta de horizontes y por la miseria. Es sabido que Williams creía que no se podía enfrentar la vejez sin dinero y es un apotegma que traslada a sus personajes, en este caso a la otrora señora del sur. Curiosamente, quien llama la atención por su ternura es el Tom de Sam Waterston, un actor que hemos visto mucho en cine, aunque no siempre en los roles adecuados. Sintetizando, podría decirse que esta tercera visión de la obra de Williams a cargo de un medio masivo como la TV no resulta hoy día tan lograda como la segunda, aunque mucho más interesante que la versión de la Warner. Por supuesto, el soporte fue el celuloide, algo que logró que este documento se conservara.

Por fin, en 1987, Paul Newman se aprestó a dirigir una nueva versión para cine. El actor había interpretado dos textos de Williams. En 1958 La gata sobre el tejado de zinc caliente y en 1961 Dulce pájaro de juventud, ambas dirigidas por Richard Brooks. Al mismo tiempo conocía muy bien a su mujer, Joanne Woodward, como profesional porque la había dirigido en tres oportunidades: en 1968 en Raquel, Raquel, en 1972 en El efecto de los Rayos Gamma sobre las Margaritas o El complejo de una madre. A estas dos películas se le agregó La caja oscura rodada para TV en 1980. En los tres casos, Woodward se enfrentó con serios compromisos como actriz que en el caso de La caja oscura fueron altamente repulsivos. Estos ejemplos bastarían para ubicarla entre las mejores actrices de su generación, en el caso del cine al menos, y compartiendo el cetro con Gena Rowlands.

El matrimonio Newman-Woodward invirtió un porcentaje considerable en la producción y se contrató al fotógrafo alemán Michael Ballhaus –el de Fassbinder- y al actor John Malkovich. Tanto el equipo técnico como el artístico se vieron de esta manera reforzados. Se hace necesario aclarar aquí que la obra de Williams había sido ofrecida por la pareja en un teatro de verano en Connecticut. La idea de trasladar la obra al cine debe haber partido de ambos. Al fin y al cabo ya había pasado mucho tiempo desde 1950 y la versión Warner. Los otros dos actores fueron una poco frecuentada Karen Allen como Laura y James Naughton como Jim O`Connor –el gentleman caller-. La dirección tuvo mucho cuidado para que todos y cada uno de los cuatro consiguiera su momento de excelencia. Desde el comienzo en que la voz de Malkovich nos introduce en la casa que habitara con su madre y su hermana -su monólogo se despliega con la suavidad de una brisa-, entramos en el clima que prefería Williams para este esbozo casi autobiográfico. En este cuarto intento de la imagen en movimiento del siglo XX, Amanda Wingfield es una mujer angustiada pero severamente contenida, Le han enseñado obligadamente a ser humilde, algo que no desea para sus hijos. Llaman la atención los cambios en la voz y en el acento de la actriz. Puede incluso, durante la comida, llegar casi al grotesco para retroceder de inmediato, como si se asustara de lo que está narrando. Su enfrentamiento con Tom se detiene justo antes de la histeria. –Malkovich no consigue la ternura de Waterston pero le presta una voz plena de nostalgia al personaje-. Y es admirable la larga escena que juegan Laura y su fallido pretendiente Jim O´Connor. Es aquí, como en todo lo que hiciera como director, donde se muestra la segura mano de Newman. Y volvemos a lo que se ha dicho: no hay como un actor para dirigir actores.

Como era de esperarse, financieramente el intento resultó un fracaso, igual al que había ocurrido con el de la Warner pero más injusto. Esto prueba también que El zoo de cristal está siempre listo para ofrecerse por TV. Es una de las mejores obras del siglo XX y deja muy en claro el destino de la célula familiar dentro de un sistema que intentó y logró perpetuarla, con resultados previsibles. Es posible que en otros países la imagen televisiva haya captado las imágenes de esta obra. No lo sabemos. Hasta el presente, las hemos visto en el inglés norteamericano –a veces con la tonada sureña-. Pudiera ser, no obstante, que la TV de otros países tenga su versión de El zoo de cristal. El cine, esto es seguro, ha declinado gentilmente el ofrecimiento.

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