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Villa Carlos Paz: carteles, grupos e individualidades en “Fátima es Mundial” y “Sex recargado”

Los ensambles, lxs performers que cantan y/o bailan en espectáculos musicales, no siempre son destacados en las producciones. En este texto, reivindicamos a quienes son el soporte (y, a veces, el alma) de este tipo de obras.

Temporada de verano en Villa Carlos Paz. Clima de distensión. Familias numerosas, parejas, grupos de amigos y algunos solitarios colman la calle peatonal, en donde sobresalen las luces de los negocios y algunos artistas callejeros que congregan a decenas de espectadores casuales. Carteles promocionales de parrillas, de locales de venta de alfajores, de regalos y de obras de teatro se confunden con los transeúntes y algunas drag queens que promocionan sus shows.

Escurriéndose entre la marea humana, se forma una fila larguísima para ver Fátima es Mundial, la obra encabezada por Fátima Florez, sin lugar a dudas una artista con carisma, oficio y técnica (vocal, sobre todo; es bien conocido su talento a la hora de hacer imitaciones). A algunas cuadras de allí, sobre otra calle, se encuentra el Teatro Melos, sala en donde José María Muscari presenta Sex (espectáculo ideado por Mati Napp, Paola Littini y el mencionado director). Como rasgo distintivo, hay dos formatos más de la obra en Buenos Aires y en Mar del Plata (sería inexacto decir que se presenta la misma en otros lugares).

Esta no es -habrán notado- una reseña de cada espectáculo (algo que quien escribe no descarta hacer), sino un breve artículo comparativo que ahonda en la relación entre estrellato, marketing de espectáculos, grupos e individuxs.

Fátima es Mundial es uno de los grandes éxitos de la plaza cordobesa. Así lo deja en claro la misma figura, quien hacia el final del show sale a escena con el tan codiciado cartel de “localidades agotadas”. Sex, en cambio, tiene un éxito más moderado. Recientemente, la AADET (Asociación Argentina de Empresarios Teatrales) la ubicó en un más que digno quinto puesto de recaudaciones.

Esta disparidad, ¿resulta llamativa? No. ¿Cuál podría señalarse como el principal motivo? Posiblemente, el target de cada obra. La capocómica tiene una muy buena llegada en el público post-cincuenta años (en una de sus imitaciones, la pareja que más tiempo lleva de matrimonio entre los presentes baja al escenario para dialogar con una versión de Moria Casán), además de que cuenta con la presencia en la obra del “Mudo Esperanza”, un comediante local que desarrolla en escena el tipo de humor que en la Villa tan bien es recibido. También se destaca el imitador Iván Ramírez, una revelación de esta temporada. Sex, en cambio, empatiza más con el público juvenil (igualmente, se ven personas más adultas en la sala que ya conocen la estética muscariana o se animan a ver algo nuevo). Se trata, en efecto, de una propuesta osadísima para un espacio vacacional familiar; previsiblemente la obra gira en torno al sexo, al erotismo, la capacidad de seducir. Es disruptiva, provocadora, deliciosamente soez. Juega todo el tiempo con la ruptura de la cuarta pared (Muscari la reduce a polvo) y convoca a despertar los ratones de la platea.

Más allá de la disimilitud de ambas propuestas, hay un rasgo muy llamativo y es el hecho de que en todos los afiches promocionales de Fátima es Mundial, en las reseñas e -incluso- en la gacetilla de prensa (materia prima de cualquier periodista) se omite nombrar a los bailarines, pieza nodal de todo espectáculo musical. Sex, es cierto, no tiene una única figura. Ileana Calabró y Juan Palomino operan como los maestros de ceremonias. Se destacan también las presencias de Andrea Ghidone, Charo Bogarín, Barby Silenzi, Nacho Sureda, Gabo Usandivaras, Gustavo Remesar y Flor Marcasoli, pero el resto del elenco aparece en la cartelería de la ciudad y en el mismo espectáculo, porque en al menos dos oportunidades se sobreimprimen los nombres de todos los artistas en la inmensa pantalla led que hace gala de un minucioso trabajo de arte. Son Majo López, Rodrigo Jara, Mateo Gaido, Flavia Daza, Rodrigo Avellaneda, Luli Álvarez, Vane Londero, Alan Orellana y Uriel Sambran. Cada uno de ellos se cohesiona a la perfección con la propuesta integral; si alguna o alguno faltara, sería difícil cubrir ese espacio.

De este hecho se deducen una serie de consideraciones artísticas y al mismo tiempo de marketing. Primero: la revista porteña ha debido inexorablemente mutar hacia el music hall; sus chistes (inclusos los gags físicos) ya no resisten los tiempos de deconstrucción. Ya no alcanza con poner en el rol de primera vedette a una artista trans, ni en matizar la mirada cosificadora sobre la mujer. Fátima Florez lo ha entendido y su espectáculo va a tono con los tiempos que vivimos. Segundo: más allá de este bienvenido cambio, se mantiene el formato del capocómico (capocómica, en este caso): la figura convocante, “la que corta tickets”, como se dice en la jerga periodística. Resulta una pena que no se reconozca la labor del grupo de baile, quien acompaña con gracia a Fátima Florez y no es un mero relleno, sino un complemento necesario.

Por último, es válido destacar la apuesta de Muscari por tratarse de un show en donde cada nombre propio aspira a su lucimiento. La propuesta podrá ser osada, pero no miente: no lo hace con su título, ni tampoco con los cuerpos presentes en escena. Y la gráfica nos indica el tema omnipresente, la puesta grupal -orgiástica-, el vestuario bondage que le imprime una personalidad única. Hay actores que juegan a cantar y cantantes que juegan a actuar (soberbio trabajo de “La Charo”). Hay mucho baile. Y cuando no lo hay, de todos modos, se percibe una coreografía, una marcación detallada. El elenco, ecléctico, funciona en un mismo registro; de allí que sea más que pertinente hablar de “juego”. En una secuencia lúdica, todos los participantes aceptan las reglas y van hacia el mismo objetivo.

Queda claro, entonces, que las dos propuestas son interesantes, que se dirigen a públicos distintos y que visibilizan distintas formas de entender el espectáculo físico. Y el show business local.

En un pequeño, discreto y solitario acto de justicia nombraremos a los bailarines de Fátima es Mundial, habiendo deducido sus nombres del Instagram de la artista, porque ni siquiera -reiteramos- aparecen en la marquesina. Ellxs son Valentina Macri, Johi, Loana Afazani, Juan Cruz, Matt Rodríguez, Ignacio Horrach y Manuel Santos (perdón si faltó alguno).

Más que una omisión, parece una desconsideración.

Están a tiempo de cambiarlo.

Parte del elenco de Sex y Fátima Florez

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Ezequiel Obregón

Escribo sobre cine, teatro y literatura. Cuenta de Medium para Leedor.