Clásicos censurados

Adriana Santa Cruz
Jan 5 · 3 min read

Los seres humanos ejercemos distintos tipos de censuras, a veces incluso sobre nosotros mismos. El diccionario nos trae varias acepciones de censurar: ‘formar juicio de una obra u otra cosa’; ‘corregir, reprobar o notar por malo algo’; ‘murmurar y vituperar’. Las personas sufrimos censuras, pero también el arte en general y, por supuesto, los libros, incluso los clásicos. En distintas épocas, obras que hoy leemos con placer fueron prohibidas por diferentes razones.

Muchas censuras se relacionan con la política, con la religión o con el contenido sexual de los textos. Ulises (1922), de James Joyce; El Gran Gatsby (1925), de Francis Scott Fitzgerald, y Lolita (1955), de Vladimir Nabocov son solo algunas de la larga lista de novelas que aparecen cuestionadas por atentar contra la moral supuestamente esperable en la literatura. Varias son vehículo de ideas políticas que en cierto momento y en ciertos lugares no fueron bien recibidas: 1984 (1949), de George Orwell; La metamorfosis (1915), de Franz Kafka; Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, o Doctor Zhivago (1957), de Boris Pasternak, entre otras. No falta la objeción religiosa, como ocurrió con El origen de las especies (1859), de Charles Darwin, ni tampoco la crítica a la rebeldía de los personajes en Viñas de ira (1939), de John Steinbeck, o en El guardián entre el centeno (1951), de J. D. Salinger. Ni hablar si las rebeldes son mujeres, como es el caso de El color púrpura (1982), de Alice Walker.

Quizás estemos tentados de pensar que en nuestro siglo ya no se censuran libros, pero no es así. En el 2018, Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), de Mark Twain, y Matar a un ruiseñor (1960), de Harper Lee, fueron sacadas del programa de estudios en el estado de Minnesota, en Estados Unidos. Si bien ambos textos son manifiestamente antirracistas, el uso de la palabra nigger (negro, de manera despectiva) fue lo que motivó esa decisión. Y todavía más cerca en el tiempo, la web nos trae la cultura de la cancelación, que se refiere a la ‘práctica popular de retirar el apoyo (cancelar) a figuras públicas y empresas después de que hayan hecho o dicho algo considerado objetable u ofensivo’. También se cancelan a autores o libros, y hace unas semanas se esparció en las redes el rumor de que algunos proponían hacerlo con el escritor Horacio Quiroga, uno de los mejores cuentistas de la historia de la literatura.

La breve enumeración anterior nos permite reflexionar sobre un concepto importante a la hora de leer literatura: la cosmovisión de cada uno de los autores o autoras, es decir, el conjunto de opiniones y creencias que conforman su imagen del mundo, la que es imposible de separar de la cultura donde están inmersos o de la época donde viven. Nosotros también, como lectores y lectoras, tenemos nuestra propia cosmovisión, la que, por supuesto, influye en la valoración que hacemos de los libros.

¿Hace falta saber la biografía de un autor o autora, o conocer el momento en que vivió y el movimiento al que perteneció para leer una obra? No necesariamente. Desde los formalistas rusos sabemos que la literatura es una construcción que tiene valor en sí misma, pero también sabemos que es imposible aislar al artista de su vida y de su tiempo. Conocer el contexto de producción de cualquier obra nos permite entender a los personajes, las ideas que estos nos trasmiten, los temas que aborda el autor o la autora. Volviendo a uno de los ejemplos anteriores, en el caso del término nigger, puede resultar chocante ahora, pero responde a una época, y puede ser un buen comienzo para discutir sobre el valor de lenguaje, sobre el lenguaje como constructor de realidades; sobre la empatía, la solidaridad y otros temas, antes de prohibir la lectura de dos libros que literariamente son valiosos.

Las sociedades cambian, por fortuna, y cambian las formas de relacionarse con el otro y también el lenguaje. “Un clásico –para Italo Calvino– es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, por eso, antes de censurarlos o prohibirlos hay que leerlos. Y si no gustan o si molestan o si son políticamente incorrectos quedarán en un rincón esperando a otro lector o lectora que se dé la oportunidad de conocerlos después de elegirlos en libertad.

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Adriana Santa Cruz

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Profesora y Licenciada en Letras, redactora y gestora cultural

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