Convaleciente, o una relectura a la carte del texto “el libro de la inútil lucha”.

Csaba Herke
Jun 4 · 7 min read

La relación entre lo que se dice y los acontecimientos que se suceden en un plano secuencia, incluso entre plano y plano, o entre diferentes secuencias, tiene una lógica que, bien sabemos, depende mucho de la cultura.

Sin embargo en toda cultura existe algún tipo de coherencia interna. En eso consiste la posibilidad de comunicar, simplemente hay que descubrir esas conexiones; es sabido que no hay que preguntar de donde salen los incontables pistoleros en un film del sudeste asiático, cómo hacen para cargar las pistolas o cómo para tener sinnúmero de balas; o que en el cine Hindú, el movimiento de cabeza no necesariamente es un negación, y nadie cree que todo el tiempo están bailado. Una vez entendidas esas claves culturales lo que descubrimos es que son coherentes consigo mismo dentro de la estructura narrativa.

Una de las primeras cosas que se suele enseñar en un curso de guión es cómo garantizar dicha coherencia.

Si alguien dice, por ejemplo, muchos debería uno preguntarse qué es lo que significa mucho y la cámara debiera o poder dar cuenta de ese mucho. Y si no lo hace, nos deberíamos preguntar el por qué de esa contradicción. O sea, los diferentes niveles de la estructura narrativa deberían tener una coherencia tal, que le permita al espectador entender lo que propone la historia.

Ya desde el título el film propone un suerte de oxímoron: Convaleciente, se supone que se refiere a alguien que está recuperando la salud, sin embargo en todo el film no nos enteramos de cuál es la enfermedad que se transita, pero en la gacetilla del mismo nos informa que se trata de alzheimer, una dolencia degenerativa que, como indica el término degenerativo, el progreso de deterioro es permanente, y condena al que la sufre un proceso de degradación mental que en la antigüedad llamaban demencia senil.

Lo curioso no es que el director se reserve esta paradoja para dar sentido al film, sino que todo el film está plagado de estos problemas; personajes que dicen somos muchos cuando se trata de cinco personas, o afirmando temporalidades que no se verifican en la totalidad del discurso.

Desde el bien logrado primer plano secuencia, las discontinuidades saltan a la vista: un persona diciendo que viene de un mercado con bolsas que no pesan, y que no contienen aparentemente nada o la cámara se dedica, como el mejor cine ruso, a mostrar morosamente la preparación de un té, sin significado alguno, pero nos arrebata el mero hecho de cómo se cocina.

Del mismo modo, los actores en conflicto son una suerte de cliché de problemas familiares, la madre enferma, el marido ausente, la hija que cuida a la madre como buena samaritana, cuyo marido tampoco está. Una sucesión de mujeres solas y de hombres ausentes, pero no encontramos en ningún lugar una apoyatura para la historia, un justificativo, un lugar que permita entender qué es lo que está pasando o por qué el autor nos cuenta esa historia, qué es lo que tiene de especial, que no la convierta o la saque de lo meramente anecdótico, o de un enunciado caprichoso epocal.

Hay varias cuestiones en la historia que me obligan a reflexionar el momento en que vivimos. El guionista pasa de replicar la “voz de la calle” para poner en caja lo políticamente correcto, pero no hace más que perpetuar oposiciones ideológicas de revista de domingo. El almuerzo (que no se sabe de dónde sale) parece copiado de una telenovela de la dictadura; llega el primo con su mujer que parece más el estereotipo de lo que en Argentina se llama “gato”, y está claro que hay una cuestión erótica entre primos (siempre la hay, otro mito vulgar que se remarca con la protagonista pintándose los labios), encuentra su límite en la voluptuosidad de la real o imaginaria oponente, que a su vez se regodea en una falsa amabilidad. El film podría derivar tranquilamente en esto, pero insólitamente “cargado de realismo” cuela la posición ideológica de la tradicional telenovela del mediodía, (en la mesa no se discute política) discusión de mesa de supuesta actualidad o realismo de la mesa argentina, donde se opone el crudo liberalismo empresarial y la amable visión aparentemente políticamente correcta.

Veamos, ¿la conciencia de clase se realiza en la proximidad que le da la amistad? Parece más el discurso de un adolescente autocomplaciente que pide al docente que no hable de política porque a clase se viene a estudiar.

Así están las cosas, a lo largo de todo el film somos protagonistas de un gran “sí pero no”. Cosas que quedan sin amarrar, sin explicar, sin investigar, sin mostrar, un ejemplo de esto es la pequeña pieza que tardíamente nos enteramos que es del hijo; por otro lado, famosa pieza, que tuvo diferentes funciones pero constante en la llamada “casa chorizo” (esencia de la idiosincracia de la ciudad de Buenos Aires). Como así también el tema de la uva chinche, tema que sólo le permite al autor confirmar su visión de que las mujeres cuando se encuentran se dedican a sacarse los ojos o se dedican hablar cosas superfluas, el encuentro de un hombre y una mujer es violento, tan violento como la discusión de los hermanos a la que nos somete el director durante largo tiempo del films.

De todo la mezcla, un palabrerío sin sustancia, de ideas que también pueden provocar disímiles lecturas, tantas como se quieran. Como que el film sostiene que sólo una madre puede entender las indecisión afectiva de un hijo, lo que sería una madre amorosa que acepta, y jubilosa observa, los múltiples engaños de su hijo, que sea un empedernido Don Juan, acá se podría pensar en cómo la madre está en el fondo fascinada de la potencia sexual del hijo, un especie de Frank N. Furter aggiornado, una madre pitonisa. Todo disfrazado de la aceptación de indecisión sexual, poliamor, pareja abierta o como se quiera llamar; los adultos que gozamos de relaciones abiertas, solemos también soportar la soledad de mantenernos solos.

También parece decir por momentos que las mujeres o son harpías o chusmas y en último de los casos se hacen dementes, mientras los hombres desesperados buscan poner un manto de razonabilidad sobre el mundo, cosa que se refuerza en las palabras finales del hijo; es más, el hermano de la protagonista, y el primo son los únicos que dan y plantean justificaciones racionales, tanto a los despidos o la necesidad de internar a una mujer que está indefectiblemente deteriorada mentalmente, que necesita atención especial mientras la hija se obstina a mantener a la madre en una especie de vía crucis redentora, cosa en la cual tampoco indaga el film.

La levedad del tratamiento de la enfermedad, los problemas y vínculos, las incoherencias dentro del texto, el tratamiento superficial del tiempo y el espacio hacen del film no enojoso sino inexplicable.

Finalizando, es llamativa la introducción de la bisexualidad del coprotagonista, tema que está subrayado como con un marcador fluo en las palabras de la vecina que se erige en guardiana de la moral y las buenas costumbres, pero que el film no puede relacionar con las patologías del barrio, ni poner en dimensión histórica, parece querer las comodidades del pueblo pequeño pero con la mirada de la gran urbe.

Por otra parte y después de todo lo dicho, a la manera de un texto místico, la revelación del amor lésbico de la madre al hijo, despierta a la anciana madre del sopor, ¿qué quieren contarnos los autores con éste último momento, ¿introducir la culpa, contarnos que no hay que desconectar a los enfermos, un momento inexplicable y mentiroso, que sabemos que sólo está reservado para las películas principalmente de carácter religioso?

¿O es una mirada irónica sobre el último momento de la madre con una pizca de horror que nos despide graciosamente?

El tema de las enfermedades terminales y su profundo impacto sobre toda una familia deberia tratarse con más cuidado, la bisexualidad y la falta absoluta de inserción en la realidad, resulta insultante para todo aquel que haya pasado por la situación, parece más la letra de alguien que “escuchó de oído” palabras de un amigo, alguien que sufrió la realidad de tener un familiar en tan penoso estado, tanto la persona que se va como el que se queda merece un tratamiento más cuidado, el film resulta más un comentario sin profundidad de alguien que le resultó interesante la historia y en es en ese sentido que se vuelve insultante.

Un familiar con una enfermedad degenerativa es una tragedia tan grande que deja familias enteras devastadas, las decisión de internación o de desconectar al enfermo resulta en conflictos muchas veces irreconciliables entre hermanos y amantes, disuelve relaciones que parecían imposible disolver.

El tratamiento del tema de la enfermedad y la familia me hizo recordar al que Benigni da en La vida es bella, (Roberto Benigni, Italia 1997) al campo de concentración, su superficialidad resulta irritante.

Finalmente, el hijo pródigo, comprometido en ir en busca de la antigua novia de la madre de cuando todavía era “mochilera”, resulta del mismo tenor que cuando un turista cree poder explicar una identidad cultural por haber estado una noche en hotel de lujo en un tour, principalmente olvidando de que hoy los niñes no usan mochilas sino elegantes valijas con rueditas.

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