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Daniel Moyano, escritor de país provisional

Por Abel Posadas

Daniel Moyano nació en Buenos Aires en 1930 y murió en Madrid en 1992. Se puede comenzar así, de una manera convencional para preguntarse luego, qué hizo este escritor en ese lapso.

Se puede añadir que escribió nueve libros de cuentos y nueve novelas, además de dos narraciones no publicadas en libro. Que además, era violinista y que en un momento de su vida integró una orquesta sinfónica. Se lo puede seguir a Córdoba donde su familia se muda a los cinco años y donde se produce una tragedia familiar: el padre asesina a la madre de Moyano. El y su hermana irán a vivir con parientes. “Mis tíos me dieron material para mis cuentos”, afirmará después. En otras fuentes de informa que él fue a un reformatorio y su hermana a un convento. De Córdoba y en 1959 se establece en La Rioja. Se casa con Irma Capellino y tiene tres hijos: Ricardo, Beatriz y María Inés. Beatriz morirá de leucemia a los cinco años. Además de músico, este hombre es cofundador del diario El Independiente. En 1960 edita su primer libro de cuentos, Artistas de variedades pero recién comenzará a ser conocido por La lombriz y otros cuentos con prólogo de Augusto Roa Bastos publicado en editorial Nueve. En 1965 se organiza en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA una charla donde él está presente para hablar de lo publicado hasta entonces.

Mucho tiempo después, en una conversación que mantuvo en París con Marcy Schwartz de la Ritgers University, confesará que sus primeros cuentos no fueron muy leídos. Incluye a La lombriz y El monstruos y otros cuentos, que publicara Cedal. En esta charla Moyano deja en claro que los modelos para los escritores jóvenes, los de la década del 60, eran Borges y Cortázar. Pero en Buenos Aires poco y nada se sabía sobre valiosos narradores del interior. En todo caso, se los agrupaba en un nebuloso regionalismo. En esta conversación Moyano deja en claro que no es un resentido sino que hay que decir que los franceses venían a Buenos Aires pero no iban a La Rioja”. También se hace responsable de su impericia ya que comenzó a publicar por una editorial que no distribuía los libros de manera eficiente. Y es aquí donde dice también que el primer cuento que escribió fue La espera.

En algo tiene razón Moyano: fuera de la media docena de escritores consagrados que se recomiendan a quienes van a dictar clase en primario y secundario, no existe nada. Los que se nombran todos los días en las aulas pueden ser buenos pero ¿los docentes no se cansan de entregar siempre a los mismos autores? Lo más probable es que ellos no lean. Hablando en primera persona, tropecé con Moyano en 1979 y gracias a Una partida de tenis. Recuerdo que hubo una sorpresa generalizada. El estilo de este hombre es pavesiano, es decir, desliza sus ideas con vocablos que son de uso cotidiano y que, al propio tiempo, poseen un color, tal como ocurre con las voces y con la música. Pero si Nicolás Josami procede correctamente al asociarlo con el mito, aquello que se construye en la niñez y para siempre, se olvida del horror que el texto puede provocar en un adolescente. Porque los fantasmas –el mito- de la infancia siempre regresan y acaban por devorarnos.

A posteriori, tanto Eduardo Romano como Ana María Amar Sánchez realizarían meritorios estudios sobre los textos de Moyano. Asimismo se organizarían investigaciones subsidiadas por el Conicet. No basta, sin embargo. Porque cuando comenzaba a alcanzar cierto relieve no sólo en Argentina sino también en el exterior, el golpe de marzo de 1976 lo obliga a exiliarse. Y pasa cinco años en una España que lo desconoce trabajando en los oficios más inverosímiles. Son cinco años en los que no escribe ni una carta –según le confiesa a Mempo Giardinelli-. .

Y como él afirma “del exilio no se vuelve”. Otros, sin embargo, lo hicieron. Él no quiso y ya era muy conocido en Europa, con traducciones al francés, al italiano, al inglés y al alemán. Cuando habla con Giardinelli ya es un escritor consagrado que decide olvidarse del alcohol que lo había acompañado en el exilio. En 1981 se ha hecho ciudadano español y en Argentina es un visitante. Afirma que “para nosotros el maestro del siglo XX no es Borges, es Juan Rulfo”. No ganará amigos pero como no vive en Argentina no le llueve sino la indiferencia. A propósito de Rulfo, el penúltimo cuento de Moyano, Cantata para los hijos de Gracimiano, lo emparenta con el narrador de México y lo erige en un creador típicamente latinoamericano. Estamos hablando del cuentista pero debemos tener en cuenta que en 1966 se publica su primera novela, Una luz muy lejana a la que le seguirían otras cinco más tres que se dieron a conocer como póstumas. Aún cuando existan estudios valiosos sobre este hombre, hace falta recorrer aún mucho camino.

Al leer La espera, por ejemplo, su primer cuento según le confiesa a Giardinelli, en la angustia de ese chico que espera a un padre que no llega, ya se encuentra la raíz de su cuentística, casi toda protagonizada por niños y adolescentes, a los que se observa como los seres más vulnerables dentro de esta sociedad. Al llegar al último de sus cuentos, Tía Lila, -un partido de fútbol con sapos como jugadores- saca esta conclusión: “Es más difícil escribir cuento que novela. No hay nada más hermoso que cuando te cuaja un cuento”. Y añadiríamos, es más arriesgado leer un cuento que un texto largo como una novela. Porque la novela nos permite deslices, interrupciones, idas y venidas. El cuento, tanto para quien lo escribe como para quien lo lee es una flecha disparada que vuela un corto trecho pero que o da en el blanco o se pierde. En el caso de una novela se reconoce que hay páginas mejores que otras. Esto no sucede en un cuento.

El 16 de julio de 2022, Daniel Gigena publicó en La Nación un extenso artículo a través del cual se reconoce que ha comenzado a hacerse justicia con este “escritor de país provisorio”, según su autodefinición. Se nos ocurre pensar que los escritores de los setenta y ochenta veían la necesidad de ocuparse del contexto que vivían o que habían vivido. Los que llegaron después, en el neoliberalismo menemista, se entregaron al placer del postmodernismo: deslizarse rápidamente por ideas de segunda mano. Es así como un curioso anuncio asegura que se pueden leer “treinta cuentos en cinco minutos”.

En este aspecto no son pocos los cuentos de Moyano que exigen algo más. En el caso del target, merchandising o como quiera llamársele, tienen ventaja aquellos que con una supina inocencia se dediquen a todo aquello que los preocupe, siempre que no sea en exceso desagradable. Y pensamos en el partido de fútbol que juegan los sapos en Tía Lila.

En la web y en clubdecatadores, un sitio donde escriben jóvenes, hay una muchacha que le coloca un “regular” a El monstruo y otros cuentos porque le molesta la modulación kafkiana de las narraciones. Salva a Una partida de tenis por su homenaje a Patricia Highsmith y, por lo tanto a Hitchcock. La que escribió esto tiene todo el derecho del mundo a opinar, pero podría ser menos frívola y pensar de vez en cuando. No haría mal.

BIBLIOGRAFÍA

Amar Sánchez, Ana María: La narrativa entre 1960 y 1970. Historia de la literatura argentina, Cedal, Buenos Aires, 1981, Fasc. №125, pp. 642–645

Josami, Nicolás: Daniel Moyano y Abelardo Castillo: el mito del desamparo en revista Ágora, Univ. Nac. de La Rioja, vol. 4 No 8, marzo-octubre 2019

Romano, Eduardo: Daniel Moyano o las vicisitudes de una identidad en Revista Crear en la cultura nacional, Buenos Aires, enero-marzo 1983, No 12 pp. 38–43

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