El Palo (1964–2021)

Csaba Herke
Jul 24 · 4 min read

Esto no quiere ser un documento.

Lo conocí a través de un amigo mutuo, “el Roto”, en el bar alemán “Tío Fritz”. Solíamos ir a ese bar por sus sospechosas y descomunales picadas que tenían hasta caracoles criados vaya saber donde; se podía pedir cerveza desde un chupito hasta una copa Jumbo que tenía al menos 1000 cc.

Foto de: Csaba Herke

Con el tiempo la calle Yerbal se fue degradando o la misma mirada más adulta dejaba ya reconocer las putas que trabajaban en la calle, probablemente centrifugadas de los grandes prostíbulos de la zona. Algunas tomaban algo en el bar, siempre en el área familiar. Una vez vimos, mucho antes que la denominada ola verde lo legalizara, un hombre mayor declararle su amor a un travesti con un anillo en su caja azul en mano, uno de esos momentos por los que valía la pena ir y quedarse horas observando.

Palo tenía en esos días medio bigote, hablaban de La zona y Don Cornelio. Fue una época en la que yo me había convertido en una suerte de apéndice de “el roto”, habíamos ido a ver juntos a Tarkovski. Era para mi, un hermano deseado; o sea, había descubierto al hermano de mi hermano.

El círculo que rodea al Palo suele ser el de sus viejos amigos del Ing. Huergo, como son el Toto, el Roto, el Cabeza, el Nono y otros mayormente circunstanciales, algunos entran en una categoría inestable, eran como una nube de chupamedias o fanáticos religiosos. Siempre me asombraron esas personas que siguen a una estrella o supuesta estrella, como si por estar bajo su sombra recibiesen algo de su brillo.

Me voy a remitir como homenaje pero también como catarsis, a algunas situaciones, no todas, no precisas, ni en detalle, no quiero ser miembro fundacional de ninguna cosa que hizo. Fuimos amigos y nos distanciamos, pero el cariño por él y por esos días perdura y, frente a su muerte, que mágicamente sucedió a media cuadra de donde vivo, no me queda sino escribir estas líneas.

Hay gente con la que uno es amiga más allá de que no se hable durante años o se pelee y se distancie, incluso sin estar de acuerdo con su programa artístico; ayer viendo fotos del rostro de su segunda hija, sentía el tiempo en presente.

También es particular de estas relaciones cuyos miembros suelen estar presentes en los momentos cruciales de la vida de uno. la casa de Palo y Vero, su segunda pareja, era una suerte de fraternidad donde se hacían opíparos asados, ensayos, se practicaba yoga, me acompañaron cuando a los 39 años conocí a mi padre biológico, ella a partir de una duda cierta, convertida en broma, cuando contaba algo sobre mi padre, Verónica preguntó ¿cuál de ellos? El chiste terminó institucionalizado como un tic de grupo, cualquiera que mencionara un familiar; otro le preguntaba automáticamente ¿cuál de ellos?

Esos días corrían plácidos, algunos jugaban a la pelota, otros preparaban el fuego, yo solía colaborar en la cocina ante mi absoluta ignorancia del balón pie.

La casa misma, el Palo la había comprado en función de estas reuniones, en una zona que prometía crecer con la presencia de un vecindario con varias estrellas del firmamento del folk-rock.

Pileta, parrilla tipo quincho, cancha de football; cambiadores con ducha externos hacían del lugar las delicias de un grupo de hombres que sudorosos podian reafirmar toda su masculinidad, la pase bien y que sus esposas quedasen relegadas a partícipes secundarios; el uso anárquico del lugar era un punto de conflicto matrimonial.

Palo funcionaba como una especie de padrino, de jefe tribal al que se lo escuchaba, daba la palabra, ninguneaba, o hacía que entregaba su cetro circunstancialmente, cosa que rápidamente se encargaba de recuperar.

Una noche de fin de año, pintó LSD, los estragos fueron tales que la paella que se estaba preparando a las 8 de la mañana del día siguiente seguía sin cocinarse creo que nadie que participó de esa noche se va a olvidar nunca.

En una ocasión nos fuimos todos a la costa, el Palo tenía una serie de recitales contratados con boliches y la municipalidad, alquiló una casa de dos plantas que rápidamente se llenó de parásitos. Karina estaba que trinaba, tenía que cocinar para un montón de gente que dejaba todo sucio y a la que nada alcanzaba nada; un recuerdo sublime fue cuando una tarde el toto, karina y yo pusimos unas reposeras hacia el este y Lou Reed llenaba los parlantes, sonorizando con una de sus marchas la larga puesta del sol, momentos extáticos de faso y música.

Algunos hacían de plomo, otros ponían plata para la comida, algunos se agarraron ladillas que les contagiaron unas bonitas groupies, y yo tuve que volver porque había aparecido mi padre biológico despues de 40 años de ausencia.

Creo que lo último que compartimos fue mi guitarra en un recital que dio en el Lola Mora, pero mi viaje a EEUU me había cambiado, y eso suele cambiar también las elecciones afectivas.

Enterarme que falleció a una cuadra de mi casa, fue muy perturbador, estaba en una de esas tan de moda reuniones virtuales en que se promete mucho pero no se dice nada. Siempre fuimos amigos, amigos con ciertos celos por la producción artística del otro, pero amigos; supongo que si hubiese tocado antes el timbre en casa, y descargado un poco, por ahí todavía hubiese podido escribir otra línea (chiste para el Palo y sus amigos). Pero la parca es así, se lleva a unos y a otros nos deja para que podamos dar testimonio de su existencia.

Leedor

El portal de arte y cultura de habla hispana hecho en Buenos Aires

Leedor

El portal de arte y cultura de habla hispana. Desde la ciudad de Buenos Aires, Argentina, Leedor.com ofrece noticias de artes visuales, cine, literatura, teatro, gestión cultural, museos, música y más.

Csaba Herke

Written by

Leedor

El portal de arte y cultura de habla hispana. Desde la ciudad de Buenos Aires, Argentina, Leedor.com ofrece noticias de artes visuales, cine, literatura, teatro, gestión cultural, museos, música y más.