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Ennio, el maestro, film de Giuseppe Tornatore

Filmar la música puede parecer, en principio, una tarea llena de complicaciones. La más obvia surge de intentar mantener en el medio cinematográfico la magia de un arte cuya singularidad consiste, justamente, en desvanecer en el tiempo en que se desarrolla. En una primera consideración, el cine y la música parecen, por lo tanto, antitéticos: ambos se sostienen sobre premisas opuestas. El cine se distingue por la permanencia en el tiempo de los objetos que representa; la música, en cambio, por su ausencia.

La cualidad esquiva de la música, su fundamental condición evasiva, ha sido, no obstante, el objeto de muchas películas. Pero no solo eso. Por más distancia que pareciera existir entre el cine y la música, difícilmente se pueda encontrar una simbiosis mayor que la que se ha establecido entre ellas. Un gran ejemplo de esa simbiosis es Ennio Morricone. No es hiperbólico asegurar que sus composiciones son legendarias. La leyenda del cine, de ese arte historizado a partir de sentimentalismos y esfuerzos personales, existe con una potencia única en su música. Son muchos los motivos por los cuales los temas que compuso resultan aún emocionantes. Uno es que en ellos se encuentra el mito del cine: su condición de arte popular, de arte paria, industrial; su incorporación de todos los medios de la tierra para conjugarlos en una forma completamente novedosa; su régimen idiosincrático e iconoclasta, libre de las restricciones que otras artes buscan imponer sobre él.

Todo eso es el cine y todo eso también es Morricone. Ahora bien, existen aún diferentes maneras de representarlo. La que encuentra Giuseppe Tornatore en Ennio, el maestro es cansadora en casi todo momento. Sus dos horas y media de duración transcurren en una variación inexorable entre bustos parlantes — siendo uno de ellos el del mismo Morricone — , insulso material de archivo y el tarareo de todas las melodías por parte de los sujetos entrevistados. Es tan esquemático el modo en que estos recursos se disponen que, al final, cualquier emoción que pueda provocar la música del compositor italiano será obliterada por el funcionamiento invariable que el film arregla.

No es sorprendente, en última instancia, que Tornatore (Cinema Paradiso) no pueda salir de la mitología sentimentalista que lo convirtió en un cineasta de proyección internacional. En Ennio, Morricone es una figura gigantesca, siempre por encima de la situación que atraviesa. Es decir, lo que muestra el film es la reiteración sin final de la legendaria carrera del músico, compositor cinematográfico, también experimental, también clásico; el tímido hombre vuelto ídolo popular, estandarte de toda una industria; el ser de sensibilidad cinematográfica que no es cineasta. Su vida se vuelve leyenda, y la leyenda se repite por dos horas y media.

El film fuerza el relato atravesando la vida de Morricone de forma lineal. En cualquier instancia de la película, un entrevistado asegura que Morricone es un genio y que cambió eternamente la música para cine. Estos comentarios se intercalan con las palabras del celebrado o, sencillamente, con su mirada pensativa. Una vez arribados a los años en que Morricone empieza a hacer música para cine, el film empieza a hacer un repaso bastante pormenorizado de sus composiciones; cada una de ellas, una muestra de la inventiva única del compositor. Al final, como una especie de cierre, se muestran los varios amagues con los Oscars y, finalmente, su vindicación no solo con el Oscar honorífico, sino además con el que ganó en 2016 por su trabajo en Los 8 más odiados, de Tarantino.

Esta especie de narratividad que el film propone no tiene, de todos modos, la fuerza de un relato. Sencillamente porque la vida de Morricone pareciera haber sido una seguidilla inagotable de éxitos, de demostraciones de humildad y honradez, y de genialidades revolucionarias; y no existe en todo ello ningún tipo de contrapunto. Es cierto que la música es emocionante, pero basta con escuchar los temas para enterarse de ello. No es necesario replicar la grandilocuencia de las composiciones en una hagiografía, al menos que para sostener el film solo se cuente con los aspectos más caprichosos de la historia del cine. La película podría haberse enriquecido si, en vez de estar basada en una idea infantil y primigenia de lo que son Morricone y su música, hubiera indagado en su proceso creativo, en su familia, en los lugares no explorados de su vida. En cierto modo, si hubiera hecho algo similar a lo que Los años del tiburón hizo con Piazzolla: ir más allá del genio, complejizar lo gigante de su figura. Es claro que a Tornatore eso no le interesa; que está, por el contrario, del lado de la sentimentalidad más pueril.

Semana de Cine Italiano

Del 29 de septiembre al 5 de octubre en Cinépolis Recoleta. Vicente López 2051 — CABA

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