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Henry James, o quemar las cartas

Por Abel Posadas

Este escritor anglonorteamericano (Nueva York, 1843-Londres, 1916) decidió hacia el final de su vida quemar cuarenta años de cartas, anotaciones, borradores. No pensó que aquellos a quienes él había escrito no iban a proceder de la misma manera. Cuando Leon Edel publicó la proteica biografía de James, la misma fue merecidamente elogiada. Había allí años y años de trabajo duro. Lo que no trascendió al público fue la batalla que el investigador tuvo que emprender con los sobrinos del escritor, los hijos de William James. Otros parientes no había. Los dos hermanos menores de la familia nuclear, Garth y Robertson, se habían perdido –aún cuando un libro a ellos dedicado los recuperara posteriormente-. En cuanto a Alice (Nueva York, 1848-Londres, 1892), la menor y la única mujer del grupo, estaba bien guardada entre todo aquello que no se mostraba.

Tres eran los sobrinos de Henry: Harry, Peggy y William. Más victorianos que su propio padre, no vacilaron en hacer que Edel podara la biografía del tío Henry hasta excluir de ella cualquier alusión sexual que pusiera su reputación en peligro. T. S. Eliot había dicho de James: “Tiene una mente tan pura que ninguna idea se atrevería a violarla”. El autor de tantos textos de ficción, el que dio un paso gigantesco hacia el concepto del punto de vista, no carecía de enemigos. Cuando se negara a firmar una petición a favor de Oscar Wilde comenzó a ser no muy bien considerado por los intelectuales. Los jóvenes tendían a burlarse de él y Virginia Woolf lo llamaba “la abuelita Henry”. A los del círculo de Bloomsbury, estas cuestiones no les preocupaban en exceso.

Suplicó a sus sobrinos poco antes de morir que tuvieran en cuenta su necesidad de que el género humano lo tomara seriamente. Y estos tres cumplieron, no tanto por su tío sino por ellos mismos. La familia debía quedar inmaculadamente millonaria y límpida de toda sospecha. Esto, nada menos que en Gran Bretaña. James no era ningún prodigio de generosidad. Cuando en 1894 se imprimieron cuatro ejemplares del diario de Alice, él quemó el que le tocó en suerte. Así, ni rastros de la hermana, una hermana en cuyo diario pueden rastrearse invectivas contra la Iglesia y la sociedad. De nuevo los tres sobrinitos escondieron todo aquello que pudiera avergonzarlos. Recién en 1964 Alice James consiguió el lugar que le correspondía en esta complicada familia: el mundo tuvo acceso a su diario.

DE CARNE SOMOS

Las cartas prueban que en tres oportunidades, James fue tentado por integrantes de su mismo sexo. El primero fue el irreverente y voraz Hugh Walpole, vertiginoso centro del club de intelectuales gay de Londres. Por más que se esforzara, aunque el autor de Los despojos de Poynton le llamara “precioso”, “queridito”, “querubín”, cuando Walpole se volvía directo, la respuesta era siempre la misma: “No puedo, no puedo, no puedo”. Luego le tocó el turno al periodista norteamericano William Morton Fullerton, alguien que ya había sido amante de Edith Wharton y que cuando llegó a Londres atendió las necesidades de intelectuales de varios sexos. El hombre no carecía de figura y de los consabidos atributos. De aquí se deduce que para James debía existir algo más que un físico atrayente.

Por fin, en 1899 y en Roma, James se encontró con el escultor noruego Hendrik Christian Andersen (1872–1940). Luego de su estadía en Roma y desde Londres, la primera carta que el joven recibiría está fechada el 27 de julio de 1899. A partir de aquí y hasta 1915, el escritor se muestra arrobado y seducido por este muchacho alto, delgado y, según algunos, talentoso. Es más que evidente: James se ha enamorado. En adelante, Henry ya no se conformaría con escudriñar a los jugadores de fútbol que pintaba Duncan Grant. Lo que no pudo lograr Edel en su biografía es demostrar hasta qué punto este nuevo sentimiento se encuentra en la obra paralela que va de 1900 y hasta el final de la vida de James. Las setenta y ocho cartas no existen para la biografía de Edel, gracias a la intolerancia y el miedo de los tres sobrinos. Hay otro paso más: Andersen se las alcanzó a los familiares que nada quisieron saber ni con él ni con el fajo kilométrico de papel. Por lo tanto y recién en el año 2000 este material apareció gracias a un modesto editor italiano, Y las nuevas biografías de Henry James pudieron utilizarlo.

De paso, la pensadora feminista norteamericana Eva Kosovsky Sedwick pudo escribir gracias a la relación Henry James-Hendrik Anderson su Epistemology of the Closet. De paso le dio la bienvenida a James porque había llegado al cielo de la literatura gay. De adonde se deduce que antes de demostrar su homosexualidad en las cartas al joven escultor, el autor de Retrato de una dama no escribía o engañaba a sus lectores, quienes lo creían heterosexual. Es indudable que, en el caso de la familia James, el sexo actúa como motor creativo. No se trata de una simple neurosis. Pero hay que tener en cuenta que este hombre pertenece por entero al victorianismo, una rígida forma de vida que recién comenzaría a hundirse junto con el Titanic, en 1912, para perecer casi definitivamente con la Primera Guerra.

Habría que añadir que el sexo, en la vida de todo ser humano, debiera comportarse como motor creativo. No interesa tanto la elección que se realice.. Lo peligroso es el ocultamiento y la vergüenza. Ambos son los pilares del motor destructivo.

BIBLIOGRAFÍA

Libros

Edel, Leon: Bloomsbury, A House of Lions, Penguin Books, London, 1979

— — — — — — -: The Life of Henry James, Penguin Books, London, 1977

Kaplan, Fred: Henry James, The Imagination of a Genius, Taylor and Francis, London, 1999

Thompson, Paul: The Edwardians. The Remaking of British Society, Paladin, Suffolk, Britain, 1975

Artículo

Toíbín, Colm: About Henry James, in The Guardian, Sat. 20, Feb. 2016

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