La última noche, o una lección de cómo arrancar lágrimas con una falacia

Csaba Herke
Jan 13 · 3 min read

Una navidad, amigos que se juntan. El formato repite el típico cine en el que un grupo de amigues se reúnen y a lo largo del metraje comienzan poco a poco a sacar sus “trapos sucios”. Hasta que hacen catarsis y cada uno se marcha a su casa, de alguna manera y con un giro sumamente violento pero hay que reconocer que renueva el género es la trilogía de Qué es lo que hicimos ayer de Todd Philips.

Sin embargo, en el momento que todo se vuelve insoportablemente tedioso, nos enteramos que lo que pasa, y lo que va a pasar, es infinitamente más grave, es el fin del mundo.

En los años 60´ se habían puesto de moda unas serigrafías con el rostro de un niño llorando. Quizás esa década fue una de los más “berretamente” sensibleras, montada sobre los 70 también. No estoy hablando por supuesto de la foto de la niña desnuda cubierta por napalm, no estoy hablando de esos documentos que cada tanto nos golpean el alma por mostrar la atrocidad que podemos llegar a hacer, no. Me refiero a esas otras imágenes de una mujer embarazada con una rosa blanca en contraluz, o esas otras películas como Castillos de hielo” que arrancan lágrimas casi a las patadas, que como diría Putin, “el que no fue comunista de adolescente no tiene corazón”. El que no llora viendo morir a dos enamorados es un pedazo de hielo, pero sí, el cine una y otra vez nos alcanza con estas futilidades. Nos obliga a llorar. Pero también se puede salir riendo a carcajada limpia o indignarse..

La última noche parece hecha por un grupo conspiranoico. Y si no está pagado por un grupo antivacuna, la directora Camille Griffin es funcional a la peor de las posturas anti vacuna, diría miserable.

Por otra parte, ubicar de vuelta el drama en la más alta y rancia aristocracia inglesa, tan aristocrática que se permiten hacer chistes sobre la reina y sus perros, aburre, cansa y ofende en estos momentos. No por la Reina (no soy monárquico en lo absoluto) sino por el sentido de quien los hace; ver la tragedia en un bien puesto “chatêau” sería en francés (mi indignación es tal que no me deja pensar) es la contracara de las películas de los 70, diseñadas para actores en decadencia, que sucedían en la costa del sol, en Marbella o en cualquier otro lugar de la costa del Mediterráneo. La pandemia exige más pandemia.

Morir con latas de cocacola y preocuparse 20 minutos, para mostrar lo buen padre que se puede ser en un Country House en la campiña inglesa casi es repulsivo, como también los juegos de sinceridad amorosa y deslealtad asumida. Mostrar lo bucólicos que pueden ser es reanimar la llama del chauvinismo, la contracara de este film es la novela “La única historia” de Julian Barnes (Anagrama, 2018).

El film es funcional a los libertarios antivacunas, los que conspiran con la idea de que el Estado y los científicos mienten. Una vez puesto en crisis eso, cualquier cosa es posible. Que existan vampiros, que la tierra es hueca o que en la Antártida hay platos voladores nazis; no señores, no es momento para jugar con eso, o mejor dicho no se puede ser inocente y decir que es una fábula inocente. Es muy serio y peligroso lo que plantea, me guardo de hacer suposiciones e incluso deseos, lo más indignante del tema es que levanta una montaña discursiva para plantar una semilla que parece inocua y pequeña y sé que muchos me van a decir que no vale tanto escándalo, también podrían decirme que no le de entidad porque con estos escritos voy a hacer que la vean. Sí hay que verla y darle entidad, darle relieve y señalarla.

Hoy ciertos discursos vienen en paquetes muy elaborados y hay que verlos para entenderlos, ya que ninguno de los lectores es un patán o un zonzo que va a ser cooptado por este discurso. Pero hay que tener claro que, como dice Jean Cayrol, ya no es la brutalidad infame de los nazis lo que hay que temer, es algo mucho más sutil, que se cuela en muchísimos discursos de apariencia inocua.

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