La calle del terror, o cómo hacer un éxito efímero en la era de los algoritmos

Ezequiel Obregón
Sep 7 · 3 min read

Con la trilogía de La calle del terror, se puso en evidencia que desde The Blair Witch Project (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) no se estrenaba un producto audiovisual de alcance masivo (en este caso, en streaming) vinculado a la figura de una bruja. A mitad de camino, sobresalió The witch (Robert Eggers, 2015), interesante aproximación al universo de la hechicería pero con una mirada netamente autoral. Curiosamente, tanto en aquella película de fines de los ’90 como la actual trilogía de la factoría Netflix se potenciaron de diferente forma las estrategias de marketing. En el primer caso, a partir de una ingeniosa explotación de los alcances de la por entonces incipiente internet, que consistió en difundir la idea de que el registro del material que el film ofrecía era real. Una película que costó unos magros 60.000 dólares y recaudó casi 250 millones se configuró como el primer fenómeno artístico que anticipó el concepto de “viralización”, tan propio del siglo XXI.

La película tripartita de Leigh Janiak contó, en cambio, con las bondades del revalorizado streaming gracias a la incidencia de la pandemia. Todo el arsenal de Netflix puesto en recursos publicitarios y los estrenos de cada una de las partes con una semana de diferencia convirtieron a la trilogía en una de las más exitosas de los últimos años. Años, por otra parte, en los que nos hemos acostumbrado a evaluar la masificación de los productos ya no con la lista de espectadores cinematográficos, sino con aquella que proporciona el propio canal de streaming y sus derivados (posteos, tweets, etc.).

En resumen, la génesis de los productos apuntados nos permite diferenciar dos modos de reapropiarse de una figura mítica con estéticas disímiles. Desde este punto de vista, La calle del terror resulta un compendio de temáticas, imágenes y cuadros reciclados de películas icónicas (la saga Scream, el slasher de Viernes 13 y Halloween y la mencionada The witch). Compendio, eso sí, bien ejecutado, realizado “con solvencia” (más técnica que narrativa), al que se le adosa cierta sensibilidad sobre la diversidad sexual que se transformó en una de las marcas con las que Netflix se ganó a la audiencia más joven. Es decir, aquella que permite que el negocio funcione mejor, ni más ni menos.

Basada en las novelas homónimas de R. L. Stine, La calle del terror comienza en 1994, retrocede hacia 1978 y en la última entrega pega un salto hacia 1966. El epicentro está puesto en la “maldición de Sarah Fier”, una joven que fue señalada como la culpable de traer la degradación (moral y material) a su pueblo, gracias a sus prácticas non santas.

La primera parte comienza con una matanza en el shopping del ficticio pueblo de Shadyside. Este acontecimiento vuelve a hacer evidente lo que otras generaciones habían advertido: cada tanto, alguien enloquece y sale a matar. ¿Qué hay detrás de esta suerte de locura aleatoria y sanguinaria? ¿Cuál es el origen del horror? Tales son las preguntas que La calle del terror develará en la tercera parte, tal vez la más condescendiente con la agenda de género pero también la más fallida en términos dramáticos. Dada la mayor proximidad espacial entre las primeras dos partes, la trilogía presenta personajes en distintos momentos de su vida. La última parte encuentra a la mayoría de los actores ocupando roles diferentes pero vinculados genealógicamente, lo cual potencia la necesidad de religar pasado y presente. En cuanto al casting, es interesante que la mayoría de los actores sean perfectos desconocidos, excepto Sadie Sink y Maya Hawke (ambas de Stranger Things, serie de la misma casa productora).

Un par de meses atrás, fue común escuchar que La calle del terror se había convertido en uno de los grandes éxitos de Netflix. Un éxito tan rimbombante como olvidable. En la era de los algoritmos, los sucesos son efímeros. Y a veces, paradojales; la bruja, una de las figuras más subversivas en términos históricos y artísticos, devenida eje del cálculo y el marketing. En la era dorada de las series, dos conceptos destinados a la retroalimentación.

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Ezequiel Obregón

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Escribo sobre cine, teatro y literatura. Cuenta de Medium para Leedor.

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