En “La hija oscura” nada parece estar en su lugar.

Csaba Herke
Jan 4 · 7 min read

Nunca voy a olvidar lo que yo considero mis clases de estética particular con mi madre. En ocasión de ver el film El Último tango en Paris (Last tango in Paris, Bernardo Bertolucci; Italo-Francesa, 1972) yo le había preguntado si era una posibilidad que el asesinato no hubiese ocurrido.

La respuesta me abrió la puerta a una forma particular de análisis. Después llegar a Adorno, Zizek, Jameson y tantos otros fue una consecuencia lógica.

Pienso en eso, y pienso en lo que se suele llamar intervención en psicoanálisis, que poco tiene que ver con aquella otra intervención, que da nombre a algunos realities. Quizás en esta línea hay dos films, dos comedias en el amplio sentido de la palabra, ambas tocan el tema de la intervención de un modo inusual en el cine americano; una es ¿Qué tal Bob? (What About Bob, Frank Oz, 1991) Y la otra es Mumford (Mumford, Lawrence Kasdan, EEUU, 1999). Ambas, cada una a su manera, resaltan la importancia del valor de las palabras, cómo éstas van dejando huellas (para bien o para mal) en la psiquis del otro, huellas que pueden convertirse, dado el caso, en la posibilidad de transitar situaciones de dolor, eso que los EEUU, una y otra vez en su desmesurado afán positivista cuantifican para finalmente poder clinicalizar. Quizás uno de los primeros que detectó este problema fue Marcuse en sus libros “Eros y civilización” y “El hombre unidimensional”, pagados ambos por un subsidio de la Rockefeller Center.

Digo esto porque en el film La hija oscura me da la impresión que nada está en su lugar, o en el lugar que debiera estar. ¿En qué sentido?

Gran duda la de empezar por el final, JA

En el sentido de que todo me parece una gran parábola. Que al mejor estilo Lynch, estamos viendo otra cosa de la que vemos, que creemos ver algo porque nos convencemos de que vemos lo que vemos.

Una mujer norteamericana, pero de dicción británica, profesora de lengua especializada en italiano se toma una supuestas vacaciones en una isla griega acá ya algo suena extraño, a lo que se suma que el conserje es nada más y nada menos que Ed Harris, un Harris envejecido casi enfermo, amable, que inmediatamente, lo inmediatamente extraño para lo que no hay que conocer el libro original de Ferrante, es que el libro sí sucede como sería la lógica, en Italia, me dirán que se filmó en Grecia por el CoVID, pero no. Ni hoy ni nunca fue justificativo, si el film transcurre en una isla, la isla da sentido al film, y acá viene el primer comentario, todo el film está construido de una manera tan endeble, que uno puede decir una cosa y su contrario también.

Pero como toda obra necesita ser pensada, voy expresar mis pensamientos sobre el film.

Por otra parte, el uso de una isla ficcional no le quita la condición de isla, e islas hay muchas, está la isla del Dr Moreau de H.G. Welles, la isla de los extraños experimentos bestiales, al mejor estilo de la bruja Circe; pero también la Isla del Mundo Perdido de Arthur Conan Doyle, está la isla del tesoro de Stevenson, también Verne tuvo su Isla Misteriosa, hay islas en el Caribe, en el Mar del Norte incluso hay islas artificiales, reinos que venden títulos nobiliarios y títulos universitarios. Las hay en el Pacífico, la Melanesia, la Polinesia, las islas de Java, pero nuestra historia sucede en Grecia, y si es por perezosa casualidad, es una pereza que de manera acertada inscribe el mito dentro del mito, en última instancia, como aclara Alejandra, Ferrante escribe literatura Napolitana y que, paradójicamente Nápoles es una antigua colonia griega en una isla, un poco grande pero isla al fin, así que finalmente rinde honor a la cultura que pertenece.

Heidegger hizo su viaje al Egeo y dijo: “todavía no pensamos”.

Todo aquel que alguna vez encaró seriamente al mito, finalmente tuvo que viajar al Mediterráneo y dentro del Mediterraneo, correrse hasta el Egeo

En el Egeo está la isla de Delos donde se rindió culto por primera vez a Apolo, está también Lesbos, pero también Creta donde el amor perdido de una reina seducido por Zeus como Toro blanco, concibe un hijo monstruoso, el minotauro, como castigo de Poseidón al rey Minos.

El Santuario de Apolo luego fue trasladado a Delfos, en Delos quedan los testimonios de los Oráculos en sus piedras, también está el falódromo para susto de las señoras británicas. donde las Ménades danzaban semidesnudas o desnudas, vaya uno a saber, masacrando a dentelladas a toros y vacas sacrificiales en las fiestas dionisíacas.

Elegir una isla como locación no es menor como tampoco lo es estar en Grecia, por historia tranquilamente podría ser una región de Bretaña.

Hay también una isla y es la que realmente me importa, el de una pintura, o una serie de pinturas de Böcklin, el autor simbolista que pintó cinco cuadros similares, de los que se conservan cuatro; la que pertenecía al Barón Thyssen fué destruida durante los bombardeos a Berlín.

La isla de los muertos fascinó a todo tipo de personalidades, desde las damas de la alta sociedad que hicieron el primer pedido, hasta Hitler que compró la que hoy se expone en el Alt Museum de Berlín. Sergei Vasilyevich Rachmaninoff compuso en 1909 un poema sinfónico inspirado en la obra y Hellboy es encontrado también en una isla que lleva la marca de Böcklin.

Si el cambio de locación es solamente prosaico y las naranjas simbolizan el reencuentro no vale la pena gastar un minuto de tiempo en el film. Es cierto lo que dicen algunos críticos, que la historia no aporta mucho, es verdad que desde cierta óptica es ramplonamente culpógena, ciertamente racista en cuanto adjudica al latino y al italiano ciertas cualidades, es anacrónica si pensamos en el cine de Márta Mészáros, o de Agnés Varda o simplemente leemos Zweig o Mann, incluso la actualmente best seller Atwood.

El film resulta una cruza ingeniosa entre Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry, EEUU, 2004) con un thriller existencial al estilo Venecia rojo Shocking (Don’t Look Now , Nicholas Roeg, UK-Ital. 1973)o la tan notable What Ever Happened to Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, Robert Aldrich, EEUU, 1962). Desde el comienzo como la directora Maggie Gyllenhaal parece querer dar cuenta del mecanismo de la memoria, pero también del recuerdo como delirio o construcción fantástica, lo único que realmente relaciona a los personajes, antes de perderse, sumergirse definitivamente en la muerte, lo que podrían ser vacíos, pero que en definitiva son los vacíos de toda historia, fragmentos, transposiciones, inversiones que suceden en toda reconstrucción, o unas memorias que en definitiva están ajustadas al oído del escucha.

Ahora me voy a permitir emitir la idea que todo el tiempo me ronda la cabeza: ella está muerta y no sabe que lo está; la historia sucede en la isla de los muertos, y por supuesto que no son mafiosos los mafiosos, sino demonios, seres infernales, pero que es un demonio hoy? Qué es el infierno? Será Kyopeli el bar de Sartre? Son demonios porque son los que impiden que ella pueda olvidar, que como todo muerto finalmente muere para olvidar.

Es extraño que la directora no le dedique ni un solo segundo al ambiente. ¿Será que no quiere caer en un movimiento de sensiblería paisajística?, ¿quiere despegarse de Visconti por las dudas? Pero si le dedica tiempo a Caravaggio, en un juego casi como una clase de estética muestra el bodegón de frutas, hace un Blow up en el tiempo y nos enseña de qué se trata el óleo.

Está claro y siempre lo estuvo. En Novecento, Bertolucci lo dice bien, los lugares de incomprensión entre la mujer y el hombre, de deseo pero de sometimiento, de uso y abuso de los lugares y las posiciones; es interesante todo lo que sucede en el congreso de literatura., ¿Quién usa a quién? El viejo maestro sabe que ya no tiene nada que ofrecer a su alumna deseada, sólo ver cómo una y otra vez se repite la historia que él alguna vez habrá protagonizado, ahora no puede más que conducirla a los pies del Olimpo, siempre hay un Apolo esperando con el cuchillo a los pies del altar.

Es curioso cómo la crítica no dice nada que hay una ligera sospecha de por qué desaparece la niña o aparece la niña. ¿No habrá un juego de especularidades? ¿o es que ya conoce la isla? ¿Qué es la muñeca que sangra y se pudre, vomita como cualquier bebé, pero a éste le salen gusanos de la boca?

¿Realmente existen las hijas? Nada diría que no, pero tampoco nada afirma una real identidad, ¿Y si todo fuese una fabulación loca de alguien que perdió a su pequeña hija? No por nada la autora mezcla los libros de Ferrante, operación que también hizo ya Kurosawa, con Kagemusha, o en realidad este film no es en realidad también Kagemusha?

Me salgo de lo obvio de lo temporal, y como Yates que ahora suena mucho pero hasta ayer pocos habían leído, se dedicó a la cultura popular

Dice Sergio Sepúlveda:

“Es imposible terminar de leerla (Vía revolucionaria) y no quedar un poco herido y conmovido. Es el lado oscuro de las relaciones de pareja, esas donde engañamos y somos engañados, donde hacemos sufrir y somos heridos hasta la desesperación de la madrugada”

El film parece rescatar algo de este espíritu, veremos en los próximos trabajos si la autora se recuesta sobre un éxito que es puramente epocal o indaga en las incertidumbres que el film deja planteados

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