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La modernidad estaba en Lanús

Una vez leí que Borges, cuando volvió a sus 20 años de Europa y se encontró con Macedonio Fernández, dijo que había buscado la vanguardia en el viejo continente, pero que la encontró a la vuelta de su casa, personificada en el gran Macedonio. “Hay que ser absolutamente modernos” decía Rimbaud en el siglo XIX y parece que hacia el sur de la Ciudad de Buenos Aires, en la localidad de Lanús, se lo tomaron muy en serio.

Pero ¿Qué es la modernidad? Bueno, en principio es una clasificación temporal que usan algunos historiadores para denominar un período de la historia de Europa (y un poco de América, sobre todo la del Norte y sobre todo los EEUU). El objetivo es organizar un poco el desquicio que es la historia de la humanidad y como tal tiene su funcionalidad. El principal problema es pretender que esa categoría pueda subsumir en su significado a otras regiones,que por cierto tuvieron lógicas y procesos muy diferentes.

La modernidad, tal como es entendida usualmente, presenta algunas características bien definidas (con respecto a otros momentos de la historia europea) como una confianza en la razón, la ciencia y la tecnología y una clara determinación por poner fin a las castas medievales y consagrar la igualdad jurídica. La investigación científica y académica y las artes se libraron (hasta cierto punto) del yugo de la iglesia católica. Había licencia para ser libre y creativo.

El romanticismo le puso un freno al exceso de optimismo que desbordaba la ilustración, pero todxs sabemos que el romanticismo es sólo un hijo (rebelde) de la modernidad. Tal cual como el concepto de “tradición” que, claramente, es un invento moderno. En su propio optimismo se escondía la semilla del pesimismo y no podía ser de otra manera cuando el sistema económico que le dio cabida, llevaba en su interior la mismísima contradicción. El antagonismo como motor de la historia (Hegel dixit).

A medida que el capitalismo se propagaba por el mundo (en busca de nuevos mercados) la modernidad siguió sus pasos. La modernidad nació para ser global (y llevarse puestas en su camino unas cuantas pautas culturales) y así llegó a Lanús. Y en esa ciudad del sur del Gran Buenos Aires, nació Eduardo Rovira. Lanús, esa barriada que de tan porteña es universal, atravesada por el ramal Roca, con una vida comercial febril y llena de fútbol, asado y tango.

La verdad que de música no sé nada. Y mucho menos de tango. Sólo sé que desde que nací flotan esos compases en la ciudad de Buenos Aires. Si debo confesarme, soy un hijo del rock and roll, pero el tango siempre estuvo, como el mate o el asado o el fútbol. Me puse a escuchar tango pasados los 20 años (tal vez el tango sólo se entiende de grande, como al parecer le dijo Gardel a Piazzolla) y la verdad es que me gusta mucho. Tangos de ayer, de hoy y de siempre; guitarras solas, orquestas o electrónico; cantado o sólo música. Me gustaría bailarlo, aunque soy un patadura (siempre tuve la hipótesis que los buenos jugadores de fútbol son buenos bailarines de tango).

Hablando de vanguardias, de cómo el tango encarnaba la modernidad del siglo XX (con su carga migratoria, el origen cosmopolita de sus instrumentos y de su ritmo y su carácter urbano) y de otras yerbas, un amigo me dijo que tenía que escuchar a Rovira. En su recomendación venía adosada alguna anécdota concerniente a la admiración que el propio Piazzolla sentía por él. Busqué en la web e inmediatamente me topé con el disco “Sónico” y su escucha me abrió la puerta a un universo sonoro desconocido.

La música más urbana de la historia. Escuchás Sónico y ves la madrugada y los mates amargos del desayuno suburbano; la caminata bluseada en la madrugada hasta el colectivo; luego el tren con su ritmo frenético, que arranca lento en alguna estación del Roca y va creciendo hasta alcanzar su máximo, para luego descender en un ciclo eterno entre los andenes, dentro de un vagón proletario. Porque al fin y al cabo, nada más moderno que el proletariado. Y los tangos de Eduardo Rovira.

Yo no sé nada de música, pero para mi esas milongas son lisérgicas; no sé si estoy re loco, pero para mi hay cosas de Pink Floyd ahí adentro y de Chemichal Brothers. Aunque a la vez es tango, puro tango del sur porteño (en el sentido antiguo del término, no de exclusivo de CABA). Free Jazz y Loncomeo; carros tirados por caballos y trenes eléctricos; lo urbano con pinceladas rurales. Que al fin y al cabo no hay nada más moderno que la mezcla. Para bien y para mal.

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