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La representación de la Natividad en el arte

La Navidad es una de las celebraciones centrales de la religión cristiana, y la Natividad o nacimiento de Jesús es uno de los temas que frecuenta el arte, en especial en la Edad Media, Renacimiento y Barroco. Distintos autores representaron no solo el nacimiento en sí mismo, sino también la adoración de los pastores o la Adoración de los Magos. La mirada acerca del nacimiento fue variando a lo largo de las distintas épocas, y a partir del siglo XV, la Virgen arrodillada ante Jesús suele ser el punto iluminado de la obra. Asimismo, algo que se repite en las diferentes pinturas es el carácter íntimo de la escena y la presencia poco importante de José.

La fuente primera de la que se vale el arte para este tema es, por supuesto, lo que narra la Biblia. Las primeras obras conocidas las encontramos en las decoraciones de las catacumbas romanas y en los relieves de algunos sarcófagos. Una de las más antiguas es la Adoración de los Magos en la capilla griega de la catacumba de Priscila en el siglo III.

En las primeras representaciones, la Virgen aparecía sentada frontalmente con Jesús en brazos, a veces acompañada de otras figuras humanas o de animales. En la Edad Media, se introduce un nuevo modelo iconográfico: la Virgen recostada junto a su hijo, haciendo alusión al momento del parto, también junto a distintas figuras y con el agregado de los ángeles que subrayan la figura divina de Jesús. En el siglo XIV, la Virgen aparece arrodillada ante su hijo, iconografía basada en el relato que describía la visión de Santa Brígida de Suecia y que se extendió en el arte europeo hasta el siglo XVI.

En Leedor compartimos algunas de las Natividades más famosas, si bien la lista es mucho más extensa: Giotto, Piero della Francesca, Boticelli, Bronzino, Federico Barocci, El Greco, Caravaggio, Rubens y Bartolomé Esteban Murillo.

Giotto llena la escena de gente y de curiosos camellos, y así consigue la profundidad espacial. Incluso introduce una montaña como parte del paisaje, algo bastante avanzado para su época.

Los tres Magos de Oriente le ofrecen a Jesús sus tres regalos simbólicos (oro como rey, incienso como Dios, mirra como hombre), y uno de ellos se quita la corona y besa sus pies. Sobre ellos vuela la estrella de Belén, inspirada en el famoso cometa Halley que Giotto contempló en 1301.

Piero della Francesca pinta esta Natividad justo antes de quedarse ciego, y quizás es por eso que parece inacabada. Sin embargo, la obra da cuenta de la importancia del autor, quien fue uno de los artistas más destacados del Renacimiento italiano.

La Virgen María está de rodillas, con las manos en pose de oración. El bebé está en el suelo, pero ocupa el centro mismo de la composición, y unos ángeles músicos cantan y tocan instrumentos. Atrás, vemos las figuras inacabadas: José sentado, dos pastores, y la mula y el buey, dos animales que no citan los evangelios, pero que desde el siglo IV aparecen en las imágenes de la Navidad.

En esta obra, Boticelli abandona la perspectiva y el realismo, propios del Quattrocento, y vuelve a la iconografía arcaizante de los primitivos. Esto se nota en las figuras de varios tamaños reflejando la típica jerarquía de la Edad Media, como la virgen más grande. También esas actitudes forzadas y poco naturales en San José y los pastores son propias de la pintura medieval.

El resto del cuadro contiene figuras que se abrazan, pequeños demonios dispersos en los agujeros de suelo y ángeles que bailan en las puertas del cielo, lo que contribuye a una escena “turbulenta”, como indica la inscripción en la parte superior: “Este cuadro de finales del año 1500, durante las turbulencias de Italia, yo, Alessandro, lo pinté en el tiempo medio después del tiempo, según el XI de san Juan en el segundo dolor del Apocalipsis, en la liberación de los tres años y medio del Diablo; después será encadenado en el XII y lo veremos [precipitado] como en el presente cuadro”.

Bronzino, pertenecía a la escuela del Manierismo florentino. Los manieristas como él idolatraban a Miguel Ángel, y quizás de ahí viene ese modelado escultórico de las figuras. Esta escuela, además, presenta libertad a la hora de mostrar la proporción entre las figuras y una artificiosa perspectiva espacial.

El paisaje propone varios niveles de iluminación: toda la parte de arriba es cielo azul (realizado con lapislázuli, muy caro en 1539), y un poco más abajo aparecen lagos, montañas y vegetación. En ese cielo, flotan un pequeño ángel apartado y otros cinco por encima de Jesús.

Barocci pinta una Natividad llena de luz y de color, aunque es de noche, lo que le da a la obra no solo una atmósfera especial, sino que también se transforma en metáfora de la nueva luz que llega con este nacimiento.

La luz que transmite Jesús se reparte diagonalmente por el pesebre y le proporciona a la escena una gran calidez. La Virgen, la mula y el buey lo observan, mientras que José está en la puerta dando la noticia del nacimiento a unos pastores que no sabemos si entrarán o no.

El Greco pinta esta obra en formato circular para un luneto (bóveda pequeña en una cúpula) de Nuestra Señora de la Caridad de Illescas. Sus típicos cuerpos alargados y el trabajo con la iluminación a partir del uso de los colores le dan un tratamiento especial al tema de la Natividad.

Por sus ondulaciones, las figuras semejan llamas que arden en un espacio poco definido, y en el centro, Jesús emana una luminosidad que se irradia al resto del cuadro. Para los manieristas, como El Greco, la forma ondulante del fuego era la más apropiada para representar la belleza.

El tenebrismo fue uno de los movimientos artísticos posteriores al Renacimiento. Artistas como Caravaggio representaron fuertes haces de luz incidiendo sobre los cuerpos de sus cuadros. Esta luz no solo sacaba los cuerpos de una profunda oscuridad, sino que mostraba características que bajo una luz más tenue quizá pasarían desapercibidas.

La Natividad con San Francisco y San Lorenzo originariamente estuvo expuesta en el Oratorio de San Lorenzo, en Palermo, Italia, pero en 1969 fue robada y no se sabe dónde está. No es una Natividad alegre, ya que la Sagrada Familia está acompañada de un San Lorenzo y un San Francisco tristes, melancólicos.

La Adoración de los Magos, una de las obras destacadas dentro de la colección de Rubens en el Museo del Prado, representa el momento en el que los tres Reyes, acompañados por un gran cortejo, presentan sus regalos a Jesús.

La escena tiene lugar de noche, como se observa en el cielo del segundo plano. Sin embargo la luminosidad es clara y el foco surge desde la figura de Jesús que irradia la luz que incide al resto de los personajes. La grandiosidad de la obra se observa en la multitud de personajes, cuya posición permite trazar una diagonal desde la esquina superior derecha que confluye en la figura del niño, punto central de la obra. Es una composición llena de movimiento y dinamismo, donde cada uno de los personajes muestra diferentes posturas y planos.

Murillo, como muchos otros pintores españoles del siglo XVII, fue muy influido por José Ribera, cuyas obras, aunque realizadas en Nápoles, abundaban en las colecciones españolas. En la Adoración de los pastores se manifiesta esa influencia en el esquema general de la composición, como en la iluminación esencialmente claroscurista o en el gusto por los tipos humanos de raíz popular. Sin embargo, no faltan características propiamente de Murillo, como la suavidad general del modelado o varios personajes que luego vuelve a utilizar el artista, como la Virgen que atiende a Jesús o la anciana que le ofrece una cesta de huevos.

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