Leer teatro

Adriana Santa Cruz
Leedor
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17 min readDec 22, 2023

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El género dramático es el único que está concebido para ser leído y para ser representado. De ahí que muchos prefieran asistir a una obra de teatro –participar de esa comunión que se genera con los actores y las actrices mientras representan los distintos papeles frente a nuestros ojos– antes que leerla. Por eso también, cuando se comparten listas de recomendaciones, no suele haber teatro, y seguramente tampoco se edite tanto si lo comparamos con la narrativa o la poesía. Sin embargo, leer un buen texto dramático es un gran placer porque nos exige trabajar en dos planos: lo que dicen los diálogos y lo que describen las acotaciones; nos obliga a imaginar, más que ningún otro género, la situación y la manera en que los personajes dicen sus parlamentos, y hasta a veces nos tentamos de leer en voz alta incorporando nuestra interpretación personal.

Es muy recomendable leer teatro y, si nunca lo intentaron, va una lista reducida de clásicos imprescindibles (todos se pueden encontrar completos en la Web): Hamlet, William Shakespeare; La vida es sueño, Pedro Calderón de la Barca; Fausto, Johann Wolfgang von Goethe; Casa de muñecas, Henrik Ibsen; Don Juan Tenorio, José Zorrilla; La importancia de llamarse Ernesto, Oscar Wilde; Luces de Bohemia, Ramón del Valle Inclán; Bodas de sangre, Federico García Lorca; Esperando a Godot, Samuel Becket; Las criadas, Jean Genet.

Hamlet (1603), William Shakespeare

Hamlet, príncipe de Dinamarca, debe vengar la muerte de su padre asesinado por su hermano Claudio, quien a su vez se casa con Gertrudis, la madre de Hamlet. La tragedia del protagonista es la duda que lo persigue y retrasa el cumplimiento de la venganza.

Acto tercero, escena primera

Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, o tomar las armas contra este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?… Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir… y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con solo un puñal. ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. Pero… ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.

La vida es sueño (1636), Pedro Calderón de la Barca

El motor trágico de la obra es el problema del destino, la predestinación. El rey Basilio teme el cumplimiento de un horóscopo y por ello encierra a Segismundo, su hijo. Esta historia desarrolla uno de los temas más característicos del barroco: la contraposición entre apariencia y realidad.

Jornada 3, escena 19

SEGISMUNDO:

Es verdad, pues: reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe
y en cenizas le convierte
la muerte (¡desdicha fuerte!):
¡que hay quien intente reinar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte!

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí,
destas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Fausto (Parte I, 1808; parte II, 1832), Johann Wolfgang von Goethe

La obra aborda el motivo del pacto con el diablo. Fausto hace un trato con él para obtener todo lo que quiere en la Tierra a cambio de servirlo en la otra vida. El protagonista simboliza al hombre moderno al que nada lo satisface.

Prólogo en el cielo

MEFISTÓFELES

Señor, ya que te acercas otra vez a preguntar cómo nos va todo por aquí, y ya que te agradó mirarme en otros tiempos, estoy de nuevo entre tu servidumbre. Perdona que no pueda hablarte con palabras elevadas, aunque de mí se mofe toda esta reunión; mi patetismo te haría reír, si no te hubieras acostumbrado a dejar de hacerlo. No sé nada sobre el sol y los mundos, sólo veo cómo se atormenta el hombre. El pequeño dios del mundo sigue igual que siempre, tan extraño como el primer día. Viviría un poco mejor si no le hubieras dado el reflejo de la luz celestial, a la que él llama razón y que usa sólo para ser más brutal que todos los animales. Lo comparo, con licencia de Vuestra Gracia, con esas cigarras zancudas que vuelan continuamente, dando saltos, y, una vez que están sobre la hierba, cantan su vieja canción. ¡Si al menos permaneciera en la hierba!, pero no, tiene que meter las narices donde no le importa.

EL SEÑOR

¿No tienes nada más que decir?, ¿sólo vienes aquí a acusar? ¿Es que no hay sobre la tierra nada bueno?

MEFISTÓFELES

No, Señor; sinceramente me parece que allí todo va tan mal como siempre. Compadezco la vida de calamidades que llevan los hombres. Ni siquiera me apetece atormentar a esos desdichados.

EL SEÑOR

¿Conoces a Fausto?

MEFISTÓFELES

¿El doctor?

EL SEÑOR

Mi servidor.

MEFISTÓFELES

Sí; y cierto es que os sirve de una manera muy peculiar. Ni la comida ni la bebida de ese insensato son terrenales. Su inquietud lo inclina hacia lo inalcanzable, pero percibe su locura sólo a medias. Le exige al Cielo las más hermosas estrellas y a la Tierra los goces más elevados y, sin embargo, nada cercano ni lejano sacia su pecho profundamente agitado.

EL SEÑOR

Aunque ahora me sirve en la confusión, pronto lo llevaré a la claridad. El jardinero sabe, cuando el arbolito echa renuevos, que le crecerán ramas y le saldrán frutas.

MEFISTÓFELES

¿Qué apostáis? Todavía habéis de perder si me permitís llevarlo a mi terreno.

EL SEÑOR

Mientras él viva sobre la tierra, no te será prohibido intentarlo. Siempre que tenga deseos y aspiraciones, el hombre puede equivocarse.

MEFISTÓFELES

Te lo agradezco, pues con los muertos nunca me he entendido muy bien. Prefiero unas mejillas frescas y gordezuelas. Con un cadáver no me encuentro nunca a gusto: me pasa lo que al gato con el ratón.

EL SEÑOR

Bien, lo dejo a tu disposición. Aparta a esa alma de su fuente originaria y, si puedes aferrarla por tu camino, llévala abajo, junto a ti. Pero te avergonzará reconocer que un hombre bueno, incluso extraviado en la oscuridad, es consciente del buen camino.

Casa de muñecas (1879), Henrik Ibsen

Considerada por algunos como una obra feminista, nos habla sobre el rechazo de una mujer a seguir cumpliendo el papel de muñeca al lado de su marido y critica fuertemente las normas matrimoniales del siglo XIX. Después de ocho años de casados y tres hijos con Torvaldo Helmer, Nora descubre que no es feliz.

Acto I, escena 1

Al levantarse el telón, suena un campanillazo en el recibidor. ELENA, que se encuentra sola, poniendo en orden los muebles se apresura a abrir la puerta derecha, por donde entra NORA, en traje de calle y con varios paquetes, seguida de un Mozo con un árbol de Navidad y una cesta. NORA tararea mientras coloca los paquetes sobre la mesa de la derecha. El Mozo entrega a ELENA el árbol de Navidad y la cesta.

NORA: Esconde bien el árbol de Navidad, Elena. Los niños no deben verlo hasta la noche, cuando esté arreglado. (Al mozo, sacando el portamonedas). ¿Cuánto le debo?

EL MOZO: Cincuenta céntimos.

NORA: Tome una corona. Lo que sobra, para usted. (El mozo saluda y se va. Nora cierra la puerta. Continúa sonriendo alegremente mientras se despoja del sombrero y del abrigo. Después saca del bolsillo un cucurucho de almendras y come dos o tres, se acerca de puntillas a la puerta izquierda del fondo y escucha). ¡Ah! Está en el despacho. (Vuelve a tatarear, y se dirige a la mesa de la derecha).

HELMER (Dentro): ¿Es mi alondra la que gorjea?

NORA (Abriendo paquetes): Sí.

HELMER: ¿Es mi ardilla la que alborota?

NORA: ¡Sí!

HELMER: ¿Hace mucho tiempo que ha venido la ardilla?

NORA: Acabo de llegar. (Guarda el cucurucho de confites en el bolsillo y se limpia la boca). Ven aquí, Torvaldo; mira las compras que he hecho.

HELMER: No me interrumpas. (Poco después abre la puerta, y aparece con la pluma en la mano, mirando en distintas direcciones). ¿Comprado dices? ¿Todo eso? ¿Otra vez ha encontrado la niñita modo de gastar dinero?

NORA: ¡Pero, Torvaldo! Este año podemos hacer algunos gastos más. Es la primera Navidad en que no nos vemos obligados a andar con escaseces.

HELMER. Sí…, pero tampoco podemos derrochar…

NORA: Un poco, Torvaldo, un poquitín, ¿no? Ahora que vas a cobrar un sueldo crecido, y que ganarás mucho, mucho dinero…

HELMER: Sí, a partir de Año Nuevo; pero pasará un trimestre antes de percibir nada…

NORA:¿Y eso qué importa? Mientras tanto se pide prestado.

HELMER: ¡Nora! (Se acerca a Nora, a quien en broma toma de una oreja. ¡Siempre esa ligereza! Supón que pido prestadas hoy mil coronas, que tú las gastas durante las fiestas de Navidad, que la víspera de año me cae una teja en la cabeza, y que…

NORA (Poniéndole la mano en la boca):Cállate, y no digas esas cosas.

HELMER: Pero figúrate que ocurriese. ¿Y entonces?

NORA: Si sucediera tal cosa…, me daría lo mismo tener deudas que no tenerlas.

HELMER: ¿Y las personas que me hubieran prestado el dinero?

NORA: Quién piensa en ellas? Son personas extrañas.

HELMER: Nora, Nora, eres una verdadera mujer. En serio, mujer, ya sabes mis ideas respecto de este punto. Nada de deudas; nada de préstamos. En la casa que depende de deudas y préstamos se introduce una especie de esclavitud, cierta cosa de mal cariz que previene. Hasta ahora nos hemos hecho firmes, y seguiremos haciendo otro tanto durante el tiempo de prueba que nos queda.

NORA (Acercándose a la chimenea): Bien, como tú quieras, Torvaldo…

Don Juan Tenorio (1884), José Zorrilla

Junto con El burlador de Sevilla y convidado de piedra (1630), atribuida a Tirso de Molina, es una de las dos principales obras españolas basadas en el mito de Don Juan, un hombre que vive seduciendo mujeres hasta que conoce a doña Inés.

Acto IV, escena 3

DON JUAN

¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí; y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga, llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando el día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador,
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón, ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?
¡Oh! Sí. bellísima Inés,
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando vida mía,
la esclavitud de tu amo

La importancia de llamarse Ernesto (1895), Oscar Wilde

Jack es un joven aristócrata que inventa un hermano llamado Ernesto. Si bien es una comedia, ahonda en temas dramáticos: la vida perfecta sería la totalidad de Ernesto y Jack juntos, pero la sociedad burguesa exige ser Jack (ser como es debido), pero inventarnos un Ernesto para sobrevivir, para tener una segunda vida que dé lugar al deseo y la transgresión. De lo que Wilde nos está hablando es de la importancia de poder mostrarnos como somos sin fingimientos.

Acto I

JACK: Mi querido Algy, no sé si serás capaz de comprender mis verdaderos motivos. No eres lo suficientemente serio. Cuando se desempeñan las funciones de tutor, tiene uno que adoptar una actitud moral elevadísima en todas las cuestiones. Es un deber hacerlo. Y como una actitud moral elevada es realmente muy poco ventajosa para la salud y la felicidad, a fin de poder venir a Londres, he simulado siempre que tenía un hermano menor llamado Ernesto, que vive en Albany, y que se mete en los más horrorosos berenjenales. Esta es, mi querido Algy, toda la verdad, pura y sencilla.

ALGERNON: La verdad, es rara vez pura y nunca sencilla ¡La vida moderna sería aburridísima si la verdad fuera una u otra cosa, y la literatura moderna completamente imposible!

JACK: No estaría del todo mal.

ALGERNON: La crítica literaria no es tu fuerte, chico. No intentes hacerla. Debes dejarla a los que no han estado en la Universidad. ¡La hacen tan bien en los periódicos! Tú eres realmente un Bunburysta. Tenía yo razón en absoluto al decir que eras un Bunburysta. Eres uno de los Bunburystas más adelantados que conozco.

JACK: ¿Qué demonios quieres decir?

ALGERNON: Tú has inventado un hermano menor utilísimo, llamado Ernesto, a fin de poder venir a Londres cuantas veces quieres. Yo he inventado un inestimable enfermo crónico, llamado Bunbury, a fin de poder marcharme al campo cuando me parece. Bunbury es enteramente inestimable. Sin la mala salud extraordinaria de Bunbury, no me sería posible, por ejemplo, cenar contigo esta noche en Willis, pues estoy comprometido con tía Augusta hace más de una semana.

Luces de Bohemia (1924), Ramón del Valle Inclán

La obra narra las últimas horas de la vida de Max Estrella, un poeta que gozó en algún momento de cierto reconocimiento, pero que está venido a menos. En los diálogos de los personajes que representan a la bohemia madrileña de la época, se traduce la crítica a la cultura oficialista, y a la situación social y política de España.

Escena primera

(HORA CREPUSCULAR. Un guardillón con ventano angosto, lleno de sol. Retratos, grabados, autógrafos repartidos por las paredes, sujetos con chinches de dibujante. Conversación lánguida de un hombre ciego, y una mujer pelirrubia, triste y fatigada. El hombre ciego es un hiperbólico andaluz, poeta de odas y madrigales, Máximo Estrella. A la pelirrubia, por ser francesa, le dicen en la vecindad Madama Collet).

MAX: Vuelve a leerme la carta del Buey Apis.

MADAMA COLLET: Ten paciencia, Max.

MAX: Pudo esperar a que me enterrasen.

MADAMA COLLET: Le toca ir delante.

MAX: ¡Collet, mal vamos a vernos sin esas cuatro crónicas! ¿Dónde gano yo veinte duros, Collet?

MADAMA COLLET: Otra puerta se abrirá.

MAX: La de la muerte. Podemos suicidarnos colectivamente.

MADAMA COLLET: A mí la muerte no me asusta. ¡Pero tenemos una hija, Max!

MAX: ¿Y si Claudinita estuviese conforme con mi proyecto de suicidio colectivo?

MADAMA COLLET: ¡Es muy joven!

MAX: También se matan los jóvenes, Collet.

MADAMA COLLET: No por cansancio de la vida. Los jóvenes se matan por romanticismo.

MAX: Entonces, se matan por amar demasiado la vida. Es una lástima la obcecación de Claudinita. Con cuatro perras de carbón, podíamos hacer el viaje eterno.

MADAMA COLLET: No desesperes. Otra puerta se abrirá.

Bodas de sangre (1932), Federico García Lorca

La Novia, uno de los personajes principales, está a punto de casarse, aunque sigue enamorada de Leonardo Félix (único personaje del drama que lleva nombre propio, casado y enamorado de ella desde hace años). La familia de Leonardo es la culpable de la muerte del padre y del hermano del Novio, por lo que el amor resulta imposible, y ya desde el título se preanuncia la tragedia.

Acto II, Cuadro 1

LEONARDO: (Levantándose.) La novia llevará una corona grande, ¿no? No debía ser tan grande. Un poco más pequeña le sentaría mejor. ¿Y trajo ya el novio el azahar que se tiene que poner en el pecho?

NOVIA: (Apareciendo todavía en enaguas y con la corona de azahar puesta.) Lo trajo.

CRIADA: (Fuerte.) No salgas así.

NOVIA: ¿Qué más da? (Seria.) ¿Por qué preguntas si trajeron el azahar? ¿Llevas intención?

LEONARDO: Ninguna. ¿Qué intención iba a tener? (Acercándose.) Tú, que me conoces, sabes que no la llevo. Dímelo. ¿Quién he sido yo para ti? Abre y refresca tu recuerdo. Pero dos bueyes y una mala choza son casi nada. Ésa es la espina.

NOVIA: ¿A qué vienes?

LEONARDO: A ver tu casamiento.

NOVIA: ¡También yo vi el tuyo!

LEONARDO: Amarrado por ti, hecho con tus dos manos. A mí me pueden matar, pero no me pueden escupir. Y la plata, que brilla tanto, escupe algunas veces.

NOVIA: ¡Mentira!

LEONARDO: No quiero hablar, porque soy hombre de sangre y no quiero que todos estos cerros oigan mis voces.

NOVIA: Las mías serían más fuertes.

CRIADA: Estas palabras no pueden seguir. Tú no tienes que hablar de lo pasado. (La CRIADA mira a las puertas presa de inquietud.)

NOVIA: Tiene razón. Yo no debo hablarte siquiera. Pero se me calienta el alma de que vengas a verme y atisbar mi boda y preguntes con intención por el azahar. Vete y espera a tu mujer en la puerta.

LEONARDO: ¿Es que tú y yo no podemos hablar?

CRIADA: (Con rabia.) No; no podéis hablar.

LEONARDO: Después de mi casamiento he pensado noche y día de quién era la culpa, y cada vez que pienso sale una culpa nueva que se come a la otra; ¡pero siempre hay culpa!

NOVIA: Un hombre con su caballo sabe mucho y puede mucho para poder estrujar a una muchacha metida en un desierto. Pero yo tengo orgullo. Por eso me caso. Y me encerraré con mi marido, a quien tengo que querer por encima de todo.

LEONARDO: El orgullo no te servirá de nada. (Se acerca.)

NOVIA: ¡No te acerques!

LEONARDO: Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!

Esperando a Godot (1952), Samuel Becket

Dos vagabundos llamados Vladimir y Estragón esperan en vano junto a un camino a un tal Godot, con quien pareciera que tienen alguna cita. El público nunca llega a saber quién es Godot, o qué relación tienen los dos hombres con él. La obra resulta repetitiva para simbolizar la falta de sentido de la existencia humana.

Acto I

ESTRAGÓN: ¡Hermoso lugar! (Se devuelve, avanza hasta la batería y mira hacia el público).
Rostros sonrientes. (Se vuelve hacia VLADIMIR) Vámonos.
VLADIMIR: No podemos.
ESTRAGÓN: ¿Por qué?
VLADIMIR: Esperamos a Godot.
ESTRAGÓN: Es verdad. (pausa) ¿Estás seguro de que es aquí?
VLADIMIR: ¿EI qué?
ESTRAGÓN: Donde hay que esperar.
VLADIMIR: Dijo delante del árbol. (Miran el árbol) ¿Ves algún otro?
ESTRAGÓN: ¿Qué es?
VLADIMIR: Yo diría que un sauce llorón.
ESTRAGÓN: ¿Dónde están las hojas?
VLADIMIR: Debe de estar muerto.
ESTRAGÓN: Se acabó su llanto.
VLADIMIR: A menos que no sea tiempo.
ESTRAGÓN: ¿Y no sería más bien un arbolillo?
VLADIMIR: Un arbusto.
ESTRAGÓN: Un arbolillo.
VLADIMIR: Un… (Se contiene) ¿Qué quieres insinuar? ¿Que nos hemos equivocado de sitio?
ESTRAGÓN: Ya tendría que estar aquí.
VLADIMIR: No aseguró que viniera.
ESTRAGÓN: ¿Y si no viene?
VLADIMIR: Volveremos mañana.
ESTRAGÓN: Y, después, pasado mañana.
VLADIMIR: Quizá.
ESTRAGÓN: Y así sucesivamente.
VLADIMIR: Es decir…
ESTRAGÓN: Hasta que venga.
VLADIMIR: Eres inhumano.
ESTRAGÓN: Ya vinimos ayer.
VLADIMIR: ¡Ah, no! en eso te equivocas.
ESTRAGÓN: ¿Qué hicimos ayer?
VLADIMIR: ¿Que qué hicimos ayer?
ESTRAGÓN: Sí.
VLADIMIR: Pues, pues… (Enojándose) Nadie como tú para no entenderse.
ESTRAGÓN: Yo creo que estuvimos aquí
VLADIMIR: (Mirando alrededor) ¿Te resulta familiar el lugar?
ESTRAGÓN: Yo no he dicho eso.
VLADIMIR: ¿Entonces?
ESTRAGÓN: Eso no tiene nada que ver.
VLADIMIR: No obstante…, este árbol…, ( al público) esa turbera…
ESTRAGÓN: ¿Estás seguro de que era esta noche?
VLADIMIR: ¿El qué?
ESTRAGÓN: Que debíamos esperarlo.

Las criadas (1947), Jean Genet

La historia gira alrededor del vínculo enfermizo que se crea entre tres mujeres, las dos criadas y la señora. El mismo autor nos habla acerca de la interpretación de su obra: “Es un cuento, es decir, una forma de relato alegórico que tenía quizá, como primer objetivo cuando lo escribía, hastiarme de mí mismo indicando y rechazando mostrar quién yo era. Siendo el segundo objetivo provocar un malestar en la sala”.

Acto único

La habitación de la señora. Muebles Luis XV. Encajes. En el fondo una ventana abierta que da a la fachada del inmueble de enfrente. A la derecha la cama. A la izquierda la puerta y una cómoda. Flores por todas partes. Anochecer.

CLARA (de pie en combinación, de espaldas a la coqueta. Su ademán — tiende el brazo— y su tono, serán de un trágico exacerbado): ¡Y estos guantes! Estos eternos guantes. Mira que te lo he dicho y repetido que los dejaras en la cocina. Con eso, me figuro, esperas enamorar al lechero. No, no, no mientas. Es inútil. Cuélgalos encima del fregadero. ¿Cuándo comprenderás que esta habitación no hay que profanarla? Todo, absolutamente todo lo que viene de la cocina es esputo. Sal. Y llévate tus esputos. Pero para. (Durante este discurso, Solange estaba jugando con un par de guantes de goma y observaba sus manos enguantadas, a veces juntando los dedos y otras veces separándolos.) No te prives, hazte la mosquita muerta. Y sobre todo, no te des prisa. Tenemos tiempo de sobra. ¡Sal! (solange, de repente, cambia de actitud y sale humildemente sujetando con la punta de los dedos los guantes. clara se sienta ante la coqueta. Olfatea las flores, acaricia los objetos de aseo, se cepilla el pelo, se arregla la cara.) Prepare mi vestido. De prisa, no tenemos tiempo. ¿No está aquí? (Se vuelve.) ¡Clara! ¡Clara! (Entra Solange.)

SOLANGE: Que la señora tenga la bondad de disculparme. Estaba preparando la infusión (pronuncia la infusión) de la señora.

CLARA: Prepare mis trajes. El vestido blanco de lentejuelas. El abanico, las esmeraldas.

SOLANGE: Sí, señora. ¿Todas las joyas de la señora?

CLARA: Sáquelas. Quiero escoger yo misma. Y claro está, los zapatos de charol. Esos que tanto codicia usted desde hace años. (Solange saca del armario algunos estuches. Los abre y los dispone sobre la cama.) Para su boda, me figuro. Confiese que la sedujo. Que está usted embarazada. Confiéselo. (Solange se pone en cuclillas sobre la alfombra y escupiendo sobre los zapatos les saca brillo.) Ya le dije, Solange, que evitara los esputos. Que duerman en su cuerpo, hija mía, y que se pudran en él. ¡Ja! ¡Ja! (Ríe nerviosa.) Que el caminante extraviado se ahogue en ellos. ¡Ja! ¡Ja! Es usted feísima, tesoro mío. Inclínese más y mírese en mis zapatos. (Alarga el pie y Solange lo examina.) ¿Se figura que es cosa grata para mí saber que mi pie está envuelto entre los velos de su saliva? ¿Entre la bruma de sus pantanos?

SOLANGE(de rodillas y muy humilde): Deseo que la señora esté guapa.

CLARA: Lo estaré. (Se arregla ante el espejo.) Usted me odia, ¿verdad? Me ahoga con sus atenciones, con su humildad, con las espadañas y la reseda. (Se levanta y dice en un tono más bajo.) Es un estorbo inútil. Hay demasiadas flores. Es mortal. (Se mira otra vez.) Estaré guapa. Más de lo que pueda usted serlo en su vida. Porque con este cuerpo y esta cara nunca podrá seducir a Mario. Ese joven lechero ridículo nos desprecia y si le ha hecho un hijo…

SOLANGE: ¡Oh!, pero si yo nunca he…

CLARA: Cállese, idiota.

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Adriana Santa Cruz
Leedor

Profesora y Licenciada en Letras, redactora y gestora cultural