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Matar a la bestia: el cine argentino en un laberinto imposible.

Hay películas que demuestran que el cine argentino está en un callejón sin salida. Mucho de lo visto en el reciente BAFICI lo evidencia. Peliculas y películas que se quedan añorando un pasado ya algo lejano en busca de una máquina de climas que caracterizó producciones de los años 2000 y que habló mucho de ese cine producido a la sombra de la sombra de aquella categoria inventada que fue el Nuevo Cine Argentino, o peliculas que se proponen apostar a coproducciones muchas veces salidas de los encuentros en los mercados o los laboratorios de los Festivales internacionales, ya formateados con la propuesta estética en donde los escenarios hablan por sí solos, la playa (Santo Domingo), la selva (Brasil). Peliculas con poca idea y mucho clima, eso sí.

Matar a la bestia, ópera prima de Agustina San Martin, tiene una grave escisión estética: un conjunto de actuaciones desmarcadas en la no-actuación a la búsqueda intencionadamente una abstracción pero logra no decir nada cuando es momento de decir, al menos, algo; el tempo dilatado de los planos que repercute en el de los diálogos, y la cantidad (innecesaria) de planos que afecta ala escena total. Sobre el tempo, un ejemplo de tantos: la joven le pregunta a un cura en la calle si conoce a Mateo Otero, varios segundos (o minutos?) de mirada fija del cura preguntado, éste se retira del cuadro. Sobre el sobrante de planos, se puede ver en alguna de las tantas escenas con esa tia que es tal vez el personaje con más sustancia, o más sangre, de todos.

Una relación amorosa sin médula ni pasión, que se hubiera podido rescatar si quedaba en la sugestión del baile y el entrecruce de miradas. La fotografia de promoción de las chicas en juego amoroso o las risas en las que se encuentran, momento absolutamente sin sentido.

Es verdad que la fotografía de Constanza Sandoval tiene una belleza que colabora a esa hipnosis apreciada por cierta crítica: colabora la atmósfera selvática, la tierra roja, los cielos tormentosos, las casas en las laderas, los reflejos en los vidrios y esa sensación de lugar inhóspito. Pero también, en esa misma idea de escisión, la fotografía corre por un lado que nunca termina de encajar en el universo total del film.

Por último, si cada pelicula hecha por realizadora argentina con escenario natural nos va a recordar a Lucrecia Martel, y si en cada selva va haber un espiritu maligno, o un lobo, o una bestia amenazante la teoria del callejón sin salida ya es otra cosa: la de un laberinto imposible en la que seguiremos teniendo muchas peliculas pero poco estilo.

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Alejandra Portela

Alejandra Portela

Licenciada en Artes de la Universidad de Buenos Aires. Decana de la Facultad de Artes de UMSA. Directora de Leedor.com. Forma parte de Fundacion Cineteca Vida.

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