No hay osos, de Jafar Panahi

Csaba Herke
Leedor
Published in
4 min readJan 23, 2024

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Pareciera que la humanidad está eternamente sometida a dos fuerzas fundamentales, una es centrípeta, y la mueve hacia una suerte de progreso eterno; otra centrífuga, que siempre promete disgregarlo.

Mientras una, como una supernova que finaliza su existencia en un agujero negro, promete una implosión; la otra promete una explosión que acabaría en la formación de una galaxia; ambos caminos, fatalmente, destruyen todo lo anteriormente existente, pero ambos son parte de lo mismo. Sin estas dos tensiones no hay síntesis, nada nuevo se puede originar, solamente la repetición maníaca de lo mismo, el eterno retorno.

Es la mejor descripción que se me ocurre sobre el film Iraní No hay osos de Jafar Panahi, un director que, como tantas otras personas, es perseguido por el régimen teocrático, es inclusive, el motor mismo del film, cuyo título es una suerte de alegoría sobre la propia política; más que sobre la política, se trata sobre lo político.

Típicamente iraní en sus tiempos, sus descripciones pausadas y sus problemas, la grandeza del film es que, aunque locales, son proyectables a cualquier lugar del mundo en donde chocan la periferia y el centro, hoy más que nunca atravesado por las tecnologías, tanto de comunicación como cualquier otra. Una aldea iraní, todavía habita en lo que seria el neolítico superior pero con acceso a toda tecnología (hace poco comenté en el film italiano Gigí la legge, un problema parecido). Aquí podemos dar sentido a la idea de fuerzas en pugna: la tecnología vs la tradición, la tradición vs. la política, y finalmente las personas, sus sufrimientos, pesares y dolores.

Un director sin permiso ni para salir del país, gracias a la tecnología logra dirigir tras frontera (ridícula) un film que no es más que una reflexión sobre su propia historia, o las potenciales consecuencias de la historia común de los disidentes en su patria.

Tecnología y director son cuerpos extraños en la aldea, lo que uno cree como persona de la ciudad, no lo es en la frontera, no por frontera sino por su situación en el tiempo, lo moderno vs. la tradición.

Lo notable del film a mi juicio, obvio, es cómo describe la total incomprensión de unos y otros, como si fuese un texto foucoltiano, cómo al poder lo hacemos todos, y unos son víctimas de otros, simultánea y mutuamente; cómo se refugian en los aconteceres para no responsabilizarse de sus propias miserias, nadie se hace cargo de nada, y en ese sentido, recibo una mirada desilusionada, no es sólo el régimen político el problema, el problema es que éste se sostiene porque hay vilezas humanas que van más allá del orden político que hacen que pueda sostenerse.

Finalmente voy a insistir sobre el título, No hay osos, frase que se escucha, a ojo de buen cubero en la inflexión del film, un local se acerca al director y le sugiere acompañarlo debido a que hay osos y que es peligroso caminar solo. Después de comunicarle lo que tiene que comunicarle, lo despide, y, ante el atónito director que le pregunta por el peligro de encontrarse con los osos, el “mensajero” le contesta lo siguiente: en realidad no los hay, simplemente es un ardid para que la gente no camine a la noche.
Acá hay miles de cosas para pensar, por un lado igual que Hermes, el que porta el mensaje, devela algo que no debiera ser develado, esto es, lo que hay oculto en la lógica del juego que posibilita la política, de la misma manera que el director no se atreve o no quiere cruzar la frontera, cuando le muestran que la misma es un bluff, que no existen personas armadas, que no hay gendarmería ni soldados armados, pero por ahí pasan cosa peores que la guardia revolucionaria, por ahí pasan traficantes de productos y de personas.
La fronteras de lo político son en cuanto creemos en ellas. Por otro lado, podemos pensar que aquello que era realidad en la aldea, en la antigüedad, grandes félidos, plantígrados u otros seres ferales, caminando a la noche entre las callejuelas atraídos por los desperdicios, hoy esta historia se ha convertido en un cuento, un cuento pedagógico. Acaso la política y sus castigos no son eso?: atravesar el interdicto no es finalmente un acto individual de libertad, como del mismo modo, es el suicidio final de la joven? ¿no es en definitiva su gran acto de libertad? pero también como contrapartida, puede ser usado para el peor de los daños, para que un asesinato quede impune, sórdido y cobarde, ocultado de manera vil en medio de la misma oscuridad, una oscuridad que no sólo oculta al asesino sino al pueblo mismo, ciudad de las moscas.

Pareciera que finalmente sí existen los osos, pero siempre esos osos son otros osos de los que esperamos encontrar, lo importante entonces no es tanto si existen o no, sino qué hacemos con ellos.

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