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¿Qué hace que un acontecimiento pueda retornar como arte?

Csaba Herke
Feb 15 · 8 min read

Sobre Sangre no es agua, Divina Gloria y su estreno a nivel global de su ópera prima en el 18 Punta del Este Jewish Film Festival

Que las noticias suelen volverse tragedias, pinturas, novelas o películas es un hecho, igual que la evolución, y como ésta, el problema suele radicar en el cómo.

Qué hace de una noticia un acontecimiento, un tema digno de ser llevado a un leguaje artístico es todo un problema, qué contiene, qué muestra, qué encuentros hay con los intereses del supuesto artista hacen a la elección.

Julian Barnes lo explica perfectamente en su cuento sobre el “naufragio del medusa” história romántica por antonomasia, el cuadro resultante -como explica el crítico-, no sólo cuenta la noticia, sino que elige contar un momento determinado, para al fin iluminar un conjunto de ideas sobre el romanticismo y cerrar el cuadro con la propia pregunta que hace al movimiento romántico. Es una demostración cabal de cómo un hecho particular en la obra se vuelve acontecimiento y con este echar luz sobre un universal. Si no malinterpreto las palabras de Aristóteles sobre los requerimientos de una poesía, podríamos decir que el arte es, porque puede hacer un desplazamiento continuo desde la descripción de lo particular para concebir lo universal: a partir del precepto se lanza hacia el concepto.

Desde el kinder garden, hasta lo grupos de jóvenes (sean Cristianos, Judíos o Musulmanes), se empeñan en revivir una y otra vez la memoria de los primeros migrantes, en forma de epopeya, atribuyéndose ser los herederos de esa tradición cada vez más distante, cada vez más mítica. El problema es que cómo está enraizada en la construcción de la supuesta identidad de las colectividades que se fundan en esa epopeya, esta debe repetirse igual a si misma, una y otra vez, aunque sus actores ya tengan poco o nada que ver, parecido a la cubanidad de Miami o la Italianidad en New York, qué cristalizado se vuelve parodia de sí mismo.

Es cierto que el cine para bién o para mal, alimenta estas identidades, es cierto que una película como Scarface (Brian de Palma, 1983, EEUU) que nunca tuvo como objetivo la vindicación de un narcotraficante, es remake del film ya anticomunista Scarface del 32 (Howard Hawks 1932, EEUU), y conformó parte de la futura identidad cubana en el exilio de Miami.

Brian de Palma conjugó la historia mítica del mafioso del período de la prohibición con la noticia sobre los recién llegados de las cárceles cubanas, creando una obra de arte que supo ver en el interior profundo de esa migración, combinándola con la desatada guerra contra el narcotráfico de Reagan, mostrando el perfil tanto político como aspiracional de una sociedad.

De otro modo, bellas producciones jamás ven la luz o no serán nunca reconocidas. Las circunstancias algunas veces son desconocidas, otras revisten múltiples circunstancias que no las hacen azarosas. Como volveremos a ver.

Aprovecho también a reflexionar sobre ciertas diferencias necesarias a que lo que hace, al nombre que se elige para un Festival, no es vano diferente llamar Festival de Cine “algo” a llamar Festival Internacional o a uno de Escuelas o a otros de Alumnos; y debido a esas diferencias es el por qué en un Festival Internacional hay categorías que separan tanto los formatos como las producciones profesionales de las amateur, revisten éstos problemas a evaluar sumamente distintos.

En didáctica hay una sentencia fundamental, dice ésta, que la primera clase define el futuro del curso, ésta sentencia es también válido para un Festival, el primer film define las aspiraciones del festival.

Párrafos atrás mencioné los actos de fin de curso de las escuelas pertenecientes a alguna colectividad; el tedio y los errores, las faltas suelen ser soportables debido a que están compensados por el esfuerzo de maestros y la buena voluntad de padres que ayudan y ceden material de archivos propios y ajenos. Una larga tradición de escuelas de cine: Avellaneda, Enerc, I&S Fadu, por mencionar sólo tres escuelas de cine de caracteres público, más la carrera de orientación crítica en Filosofía y Letras, su pertenencia a la Feisal y otros organismos internacionales de documental, hacen de la Argentina un lugar cuyas producciones siempre sean para tener en cuenta, por lo cual, una película que parece armada en un Power Point y sin ningún criterio de continuidad entre plano y plano, no la hace ni meritoria ni seleccionable para un festival de carácter internacional.

Si no es por un criterio sumamente sesgado de su jurado, todo esto sería perdonable, si aportase algún tipo de novedad, sorpresa o algún tipo de poética, incluso la falta total de recursos formales podría ser pasado por alto, si la protagonista, guionista y directora por motivos absolutamente incomprensibles no incurriera en algunas extrañas decisiones Éticas, Estéticas y Lógicas.

Veamos, la decisión de la protagonista de usar una campera barbijo militar (camuflados), a sabiendas del antisemitismo que ejerció el Ejército Argentino durante casi toda su existencia, salvo por supuesto, que se refiera al Ejército Israelí, tomando partido entonces también, por algo que al autor de esta nota le resulta complicado de empatizar. Incluso esto sería algo relativamente menor si la directora y la investigadora consultada no invisibilizaran al teatro IFT, que no sólo queda a cuadras de la casa de la primera sino que, icónico de un grupo claramente identificado de la colectividad judía con ideas progresistas, fue cerrado durante la dictadura militar.

Del mismo modo que ni la investigadora consultada ni la directora se toman el trabajo de explicar el porqué de Yidish, si es una lengua por derecho propio o un dialecto, (Jorge Schussheim era un defensor de la idea de al haber literartura la elevaba a lengua por derecho propio) pero cuando los protagonistas no hablan nunca de Shoá y sólo mencionan el término Holocausto como algo que sólo existe en una foto, (el término Holocausto sabemos que fue puesto en cuestión por su carácter de sacrificio religioso), estamos ante una operación de sentido que sólo puede ser posible bajo una luz despolitizante de los hechos que la autora necesita para poder invisibilizar el costado político del cual fue actor necesario al participar de producciones donde el olvido o la denigración de la mujer fue una constante (como las de Sofovich por ejemplo) y lógicamente, en línea con ésto último, tampoco menciona pero que, para el corazón bien informado se soslaya, en el clip de cierre parecería verse, es la trata de blancas por la Swi Migdal, grupo mafioso de origen principalmente polaco que operó en Buenos Aires entre los años 1903 y 1937 aproximadamente, su felonía consistía en traer mujeres con la falsas promesa de casamiento para, finalmente ser entregadas a la prostitución.

El documental del que se habla aquí Sangre no es agua, ópera prima de Divina Gloria, adolece de todo aquello que uno sufre en la casa de un abuelo que, con buena voluntad e intereses reservados sólo a él (algo a los hijos y poco a los nietos), desde el lenguaje hasta la resolución técnica, la historia no logra tomar vuelo, capturar, saltar hacia la dimensión de la esfera de lo necesariamente humano y pregunta que parecería universal sobre la naturaleza de la familia.

En todo Festival de escuelas por lo menos cuatro historias consisten en la historia de la búsqueda de identidades, incluso suelen tener un item propio, padres que no son padres, hermanos que son padres, hijos que no son hijos, padres que eran madres o madres que eran padres. A lo largo y ancho del planeta, en todo tiempo y lugar hay justificativos, El tratado de Trianón, La primera Guerra mundial, el genocidio Armenio; la Segunda Guerra Mundial, La Shoá, La guerra Fría o la dictadura Argentina fueron motivos para la separación, es cierto que La Shoá tiene condiciones únicas, pero sí, sigue siendo el “único atractor” se invisibilizan nuevos y actuales motivos de pérdida de identidad, tales como las tragedias de las guerras tribales africanas, el conflicto Libanés o la prolongada guerra Siria entre tantos conflictos actuales.

Cuando en la particularidad no logra instalarse lo Universal, la particularidad absorbe el carácter de universalidad transformándose en falacia, en tedio maniático.

No siempre el testimonio es arte, no siempre el lenguaje logra emerger de sí mismo y tornarse poesía, hay obras que por queribles no son buenas y pequeñas obras maestras que si el autor no se predispone, jamás verán la luz de la llamada del arte.

Daniel Kreiman, un escritor todavía por descubrirse, en una pequeña joya de la narrativa de red social, nos cuenta sobre un edificio, exactamente a la vuelta de la casa de la autora, que probablemente vivió exactamente las mismas vicisitudes familiares, casi en la misma época, un edificio que abarca historias que van desde los primeros judíos de extracción socialistas y militantes comunistas, hasta la conversión de sus hijos y nietos en militantes ultra liberales; dice Daniel: “Si yo hubiese enunciado que esta casa se encontrase en Odessa, lo hubiesen aceptado fehacientemente sin duda alguna, expertos viajeros afirmaron que ciertas calles de Almagro y de Balvanera se parecen misteriosamente a las callecitas de Odessa, quizás el espíritu de sus antiguos habitantes incidió en la arquitectura del barrio.”

Si bien no es del todo correcto, es verdadero, en sus palabras sobre el locus genii, hay poética, con eso quiero mostrar lo que Derrida llamaba lo verdadero en el arte, aquello que sólo el arte, tal que poesía puede develar.

Si se toman el trabajo de ver El Hombre de la cámara, (Vertov, 1928, URSS) podrán corroborar las palabras del autor.

Como para ir cerrando, algunas palabras sobre el título, obviamente el del film no remite a la sangre derramada por las diversas dictaduras en la que judíos y gentiles perdieron muchos la identidad, la vida o ámbos; se refiere a las relaciones de consanguinidad, es la afirmación de que las relaciones de parentesco son las que finalmente importan, la filosofía principalmente analítica, indica que una sentencia para ser válida debe serlo en toda su extensión esto significa que no puede serlo algunas veces y si hay excepciones hay que demarcarlas; los más rigurosos indican que toda excepción indica la invalidez del enunciado; decir que la sangre es la que prevalece en las relaciones de identidad o sea el pueblo es co sanguíneo, no puede ser válido tanto para los nazis como para los judíos, y decir judio nazi es casi como decir nazi de izquierda o sea una tautología, no se puede ser víctima y victimario, hay que tomar una decisión y es ésta una decisión Ética, la gran decisión socrática.

Otra desgraciada falta de la directora es no contextuar el barrio como judería, no mencionar La sinagoga del Barón Hirsch de 1909 al girar exclusivamente en lo particularmente familiar, no señala la relación entre las sinagogas de Budapest con la de Buenos Aires al dedicar largos minutos de inútil verismo frente a un mapa que finalmente resulta insuficiente, como tampoco la historia de la compra de las tierras por los Devoto y posterior proyecto para el mercado de Abasto del arquitecto Esloveno Sulčič, en 1931, a medio camino entre Decó (neogótico modernista) y un adelantado Brutalismo, moldeó la identidad del barrio; desgraciadamente la historia parece más un trabajo de nostalgia de un taller de cine que un ensayo cinematográfico a la altura de un festival internacional, las faltas son graves, las ausencias duelen y las presencias, no logran ser del interés común.

Csaba Herke

Written by

Docente de Estética en la FADU

Leedor

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El portal de arte y cultura de habla hispana. Desde la ciudad de Buenos Aires, Argentina, Leedor.com ofrece noticias de artes visuales, cine, literatura, teatro, gestión cultural, museos, música y más.

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