AVALANCHA, una aventura con la que China demuestra su status de potencia

Csaba Herke
Feb 18 · 9 min read

¿Quién dijo que una aventura no es un manifiesto?

De la misma manera que en la serie Supongamos que Nueva York es una ciudad (Netflix) Fran Lebowitz le dice a Scorsese que la música Motown la hace feliz, aunque sabe que no es “la mejor música”, Jackie Chan, Jet Lee, Donnie Yen (y obviamente Bruce Lee), me hacen feliz. No por los momentos de lucha, esos realmente me producen fastidio y tedio. Largos tiempos de ver cómo se patean personas no es lo mío, sin embargo, hay en sus personajes y sus historias algo que reconozco no sólo como constante sino algo que toca mi sensibilidad: son personas que buscan su lugar en el mundo, sea por mal camino -Jet Lee- o buenos como el pan -Donnie Yen- con algo de ingenuidad como -Jackie Chan.

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Quizás uno de los placeres más grandes de estos filmes consiste en saber de antemano qué es lo que se va a ver, la ineludible caída del que eligió el mal camino, el bueno que es algo tonto pero que a la manera de un cuento popular finalmente tiene éxito. Porque estas películas son justamente eso, cuentos populares en formato cinematográfico y como todo cuento se repite hasta el cansancio, por eso estos filmes suelen ser transportes a la primera adolescencia, donde el héroe nos enseña valores morales y los malos son derrotados; no importa verlo una y otra vez, lo importante es actualizar ese pacto con el bien de manera festiva; ahora como veremos la pregunta pertinente es que se reafirma en el pacto con el bien y que es en sí mismo el bien.

Dicho todo esto, ¿cuándo fue que nos olvidamos que arte y política van por un mismo carril? Que adentrarse en una obra es una aventura, como lo es la política y el ascenso a una montaña puede ser una aventura de ribetes políticos.

Fue a partir de la Guerra Fría que “Occidente” se empeñó en separar arte, publicidad y propaganda, denostando, a costa de señalar ya maniáticamente que los nazis y fascistas hicieron del arte propaganda, de manera que esta palabra casi se convierte en el insulto estético por antonomasia. Sin embargo, ni siempre fue así ni tampoco lo es, como no lo es sólo pasatiempo el de Clint Eastwood haciendo alpinismo; quizás lo oculte mejor para nuestros cánones, o los de justamente el cine chino, como lo fue en su momento el del realismo social americano no quiera ocultarlo tampoco.

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Los cristianos, mejor dicho los paleocristianos, fueron los que comenzaron a escribir sus ideas en hojas plegadas, como forma de plantar una diferencia al rollo el usaban los que desde ahora van a ser llamados paganos. A estos documentos, los romanos llamaron despectivamente “Libelos”, una escritura sin valor literario, su función se reducía a propagar ideas con supuesta mala prosa. Esta acción de buscar la forma que ilumine el concepto, es una de las más bellas y fecundas historias de la humanidad, muestra cómo los cristianos desde el principio tuvieron clara constancia de que palabras son formas y los conceptos nuevos deben tener formas nuevas, ésto señores míos es el origen del libro. El término libelo, hoy se asemja al de “pasquín” y es el origen plebeyo del libro y por ende el de la novela que fue en el siglo XIX el gran formador de la conciencia burguesa.

Hoy casi nadie se atrevería llamar a Proust, Maupassant o a Flaubert escritores de propaganda, sin embargo, a la manera de cualquier film de Hollywood, Bollywood o Nollywood o la propaganda alemana del año 34 o la Soviética fueron vehículos ideológicos, una manera elegante de llamar a la propaganda, propaganda burguesa.

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Y un vehículo ideológico es propaganda. Sin embargo, para que no suene canónicamente despectivo, vamos a contextualizarla y podremos ver que el término se inscribe en la más pura de las tradiciones de las vanguardias y es más la tarea de la publicidad, que la ha demonizado.

Propaganda surge de la conjugación de tres términos, el prefijo pro, que proviene del indoeuropeo *Per-3 que se usa como prefijo tanto en griego como en latín, e indica ir hacia delante, como las palabras provincia y prostituta. Luego, pagus, bosque o aldea que proviene de la raíz *Pag- o *Pak-, cuyo significado es atar, ensamblar, asegurar. Y por último la terminación are que forma un verbo, o sea indica acción algo que se hace o tiene sentido en cuanto se hace, cómo inseminar; usado principalmente en la agricultura. “Propagar” pasó a un sentido ideológico, el que le da la iglesia en la sentencia “de propaganda fide” indicando la extensión de la fé. O sea, propaganda significaría propagar, atar y llevar hacia delante lo que hay en nuestra aldea, la aldea como aquello que nos da cabida e identidad, eso debe ser asegurado, nuestras ideas cuyo refugio es el bosque o aldea es una acción constante y permanente, es lo que hay que para defender hay que divulgar.

Sin embargo es en el siglo XX, el siglo de las revoluciones, como llama a este siglo el historiador Inglés Eric Hobsbawm (Alejandría, Egipto, 9 de junio de 1917 — Londres, Inglaterra, 1 de octubre de 2012), primero en la fallida revolución alemana; el “Grupo Rojo” o el “Grupo de Noviembre” en los años 18 y luego en las manos de los revolucionarios rusos es que la palabra toma el sentido por el cual Occidente le va a tener tanto encono. El colectivo “Proletkult” afirma que “En manos del proletariado el arte se convierte en una afilada arma de propaganda y agitación comunista” también que se debe “acabar con la contraposición entre vida y arte” palabras que va a usar en poco tiempo el cineasta ya soviético Eisenstein para confrontar al proyecto de Joseph Goebbels para el cine nacional socialista alemán.

Queda claro que, en la revolución rusa, y en la china comunista, no puede pensarse el arte en términos que ellos llaman arte burgués, o sea el arte por el arte mismo. Esta idea, la del arte por el arte mismo va a estar justificado (es para otra discusión esto) bajo una interpretación sesgada de Kant.

La idea de confrontar el arte con la política, o sea la sentencia de que el arte no debe ser propaganda es, de manera ingeniosa, también un proyecto ideológico, aunque mentiroso. Desideologizar el arte, es en sí mismo un proyecto ideológico; el arte por el arte mismo, a partir de esta premisa, ahora va a ser la gran bandera, al tiempo que veladura del arte occidental.

Como dice Marcuse y Jameson, la derrota de EEUU en Vietnam y su consiguiente retirada de la península asiática, dejó sin agenda política a los jóvenes movilizados de Berkeley, esto sumado a la desaparición de grupos radicales por infiltración como los Black Panthers, fue funcional a la idea de un arte sin ideología, y si lo tenía quedaba relegado al Folk, tan denostado en los 80 y 90.

La gran política de masas se convertía así en reivindicaciones tales como las ecológicas, ambientalistas o de minorías, casi se convierte en lo mismo la defensa de una marmota de las praderas que el reciclado de desperdicios, las víctimas de prótesis de mamas de mala calidad que el abuso de menores.

Quizás lo que más se parece en la actualidad a un movimiento de masas en Occidente es el heterogéneo movimiento feminista, aunque todavía falta pasar agua bajo el puente, la misma agua que dejó atrás a ideas como el del hombre nuevo, el flower power o el del parto sin dolor.

Parece que China, uno de los últimos reductos de la ideología sin culpa, se complace en presentar, cada vez con más desenfado su posición dominante no sólo en el mercado sino también en la batalla cultural, producciones que van desde mostrar su comida, sus costumbres hasta un supuesto poderío militar y moral. Digo supuesto porque he vivido varios fraudes en este sentido, desde la caída del muro de Berlín hasta Gadafi paseándose en un pequeño destructor frente a la VI flota de la armada americana, pasando por los tanques de cartón de Hussein y sus armas de destrucción masiva fantasma.

Hoy es más fácil pensar que todo es fantasía, lo cual es quizás más tranquilizador que vivir soñando con armas nucleares como en los años 70 del siglo XX.

Decía que parece que la República Popular China, actualmente está dispuesta a mostrar su status de potencia y el film Avalancha que se estrena en Argentina el próximo 18 de febrero, parece confirmar esta idea.

La aventura es sólo un marco para mostrar la odisea con que el país vive sus logros, la importancia de la épica, la grandeza de sus agigantados pasos solo comparables con la desaforada bestia que es el Everest, (el sonido, un rugido monstruoso, la grieta que se abre para tragar a los andinistas apoya la idea) decía entonces, la conquista de su pico lo es todo, todo son los valores que permiten esta hazaña, la solidaridad, el desapego, el sacrificio.

Si un film anglosajón, y de todas sus dependencias culturales, muestran el valor del individuo que por su propia voluntad logra el éxito, el amor como un paliativo, incluso una cura, este film es todo lo contrario: ningún logro, ninguna proeza se logra en solitario, todo el film es una elegía a esa sociedad a la que se debe y por lo que le permite al individuo ser, que posibilita la cultura y el amor dentro de ella, que en última instancia hay que resignar por el bien comun, y que si fracasa es el conjunto de la sociedad que fracasa, aunque esto repercuta en el individuo como persona individual.

El film en su progresión es una afirmación de la sentencia aristotélica, “las leyes surgen de múltiples observaciones, la conquista de la montaña no se da como iluminación individual, eso puede suceder una vez, y la película se encarga de subrayar que, si bien puede ser cierto, no lo es asi para el mundo, hay que afirmar comprobar y demostrar los hechos, así se convierten en hechos científicos.

Los logros no se dan de un día para al otro, quedando muchas vidas en el camino, el film parece en este sentido es una reflexión sobre Wuhan, y la historia les rinde homenaje, son las tumbas de los muchos al pie de la montaña, pero que finalmente permiten que una persona que perdió una pierna en la aventura, pueda hoy en la gran marcha del pueblo llegar a la cumbre del Everest, porque finalmente Jackie Chan, representa la gran marcha que todo pueblo debe hacer poniendo escaleras para que nuestros hijos puedan llegar más fácilmente a las cumbres, a los cielos y a las estrellas, “para poder volver a hablar con los dioses”, los sacrificios de hoy es lo que posibilita continuar la marcha (la pierna ortopédica de alta tecnología), esto que parece banal, son las propias banalidades en que cae el film pero que son verdades irreductibles de la historia de todo pueblo.

Una reflexión final sobre la honestidad: China y la Urss siempre tuvieron sus desencuentros, Corea, Vietnam, la forma que debe tener el comunismo, pero hace tiempo que China en sus films reconoce de una y otra manera que la URSS, hoy Confederación Rusa, están en el mismo continente, y a diferencia de las miradas suspicaces entre EEUU y México, reconoce el aporte de un gigante al otro, que en algún sentido son parte de una misma historia. En Ip Man el héroe toca las primeras notas de la internacional en el piano de un cabaret, o en Avalancha, los protagonistas estudiaron en la URSS andinismo y meteorología, aunque digan también que los rusos son difíciles, parece más el comentario de una pareja de amantes que de enemigos.

Siempre caen bien los reconocimientos, saludables homenajes entre compañeros de ruta.

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El portal de arte y cultura de habla hispana hecho en Buenos Aires

Csaba Herke

Written by

Docente de Estética en la FADU

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