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Sin ideas, Hollywood compra, o roba.

Por Abel Posadas.

La venta de guiones a Hollywood se llevó a cabo casi desde el comienzo mismo del cine.

El secreto de sus ojos se convirtió en El secreto de una obsesion.

Las empresas norteamericanas estaban atentas a aquellas películas que, en su país de origen, habían recaudado sumas tentadoras. Habitualmente se compraban los guiones y se organizaba una remake que podía o no dar resultado. Hubo varios disparates, como por ejemplo el intento de rehacer Las diabólicas (Henri Georges Clouzot-1955) que se titulara de igual modo y fuera dirigida por Jeremia Chechik en 1995.

Asimismo, A pleno sol (René Clemént-1961) fue convertida en 1999 en El talento de Mr Ripley con la dirección de Anthony Minghella. Un caso curioso es el de Michael Haneke, director de Funny Games en Alemania. Cuando los norteamericanos se aproximaron con suculentos dólares, Haneke les respondió: “Me pagan a mí porque puedo ir a Estados Unidos a hacer una copia exacta de la versión alemana”. Y es lo que ocurrió para el espanto de la audiencia de Estados Unidos.

Argentina no iba a escapar de este mercado que indica la ausencia de ideas en Hollywood. La geriátrica Elsa & Fred de Marcos Carnevale-2005 se transformó en Elsa y Fred de Michael Redford-2014. En cuanto a la oscareada El secreto de sus ojos (Juan José Campanella-2009) pasó a ser Secretos de una obsesión (Bill Ray-2015). Las leyes del mercado son permisivas al respecto. Se compra y se rehace. Habitualmente, Hollywood es un verdadero desastre en lo atinente a estas compras que intentan que la producción no se estanque, no sufra la habitual sequía. A tal efecto, y en un esfuerzo desesperado, hay quienes también roban. Son los ladrones apoyados en pilas de dólares que no vacilan en travestir una película que tuvo éxito en su país de origen y que organizan como las sobras de un banquete.

Tal lo que ocurrió con Hombre mirando al Sudeste, aquella película de 1986 escrita y dirigida por Eliseo Subiela y que se transformara en uno de los grandes éxitos de boletería de la década del 80. Hacia 1993, asomó Mr. Jones, dirigida por Mike Figgis y con un guión de Eric Roth. Aquí al protagonista se le da por largarse de los techos para transformarse en un dirigible. Sostiene, además, que ha venido de otros mundos. Se interna y conoce a una doctora piadosa. No hace falta seguir. El director argentino no reaccionó frente a este despropósito. Pero en 2001, cuando apareció K — Pax, basada supuestamente en una novela de Gene Brewer y dirigida por el inglés Iain Softley, no pudo seguir con los buenos modales. Aquí se trataba de un Rantés norteamericano ayudado por un doctor de la misma nacionalidad. Subiela inició el pleito pero no pudo seguirlo por falta de dinero. En cuanto a estas dos remakes de Hombre mirando al sudeste, terminaron perdiendo algunos millones en la boletería. Podríamos seguir enumerando compras o robos que productores norteamericanos han realizado a todos aquellos países que hayan producido un éxito de boletería.

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

En la década del 30, la que antecede a la Segunda Guerra Mundial, se origina en el cine francés una corriente a la que Georges Sadoul denominó realismo poético. Los ambientes que frecuenta, los personajes marginales, el inevitable fatalismo, pueden enfocarse teniendo en cuenta la crisis de los años 30 y la amenaza del nazismo. A pesar de todo, tanto realizadores como guionistas intentaron estilizar la miseria. Este movimiento está emparentado con el naturalismo y a posteriori el existencialismo tomaría ciertos preceptos de él. Indudablemente, el realizador que sobresale es Jean Renoir con La gran ilusión (1937), pero junto a él se agrupan Jacques Becker, Marcel Carné, Jean Delannoy, Jacques Feyder, Julián Duvivier y otros. Entre quienes contribuyeron desde el sonido se distingue el diálogo de Jacques Prevert. En el caso de la película que nos interesa, Le Jour se Leve o Amanece (Marcel Carné-1937), sería inimaginable escuchar la cadencia de los parlamentos sin el auxilio de la musicalidad con que los dotaba Prevert. Pero como se está hablando de realismo poético, la fotografía y su capacidad para hacer y deshacer un mundo, es otra de las columnas en que se apoyan estas películas francesas de los años 30.

Le Jour se Leve o Amanece, con las actuaciones de Jean Gabin, Arletty, Jules Berry y Jacqueline Laurent se presenta como, tal vez, el mejor trabajo de Marcel Carné –a pesar de su muy famosa Los niños del paraíso-. Es una suerte que podamos hablar de esta película, porque casi desaparece cuando la RKO decidió ofrecerla como un vehículo para Barbara Bel Geddes en 1949. El procedimiento era el usual: se quemaban todas aquellas copias que pudieran conseguirse de la película que se iba a plagiar. Pero también con anterioridad, Amanece fue prohibida por el gobierno francés de Vichy debido a su extremo pesimismo. El medio tono de la creación francesa se transforma en un griterío insoportable en el producto dirigido por Anatole Litvak. Lo más fácil es echarla la culpa a los actores, pero en este caso, el único que está fue de ambiente es Vincent Price. El resto cumple con lo encomendado.

En la versión original francesa, François permanece encerrado luego de haber matado a Valentin. A partir de aquí se suceden los flashbacks y se nos va narrando la historia. Exactamente igual ocurre en la copia norteamericana donde Joe Adam procede del mismo modo. Los primeros planos de Gabin se diferencian de los de Henry Fonda. El francés se ha quedado inmóvil y trasmite una pétrea desesperación- Fonda se muestra excesivamente nervioso y su enfrentamiento con Price no lo ayuda. En ambas películas el duelo verbal entre los protagonistas masculinos es fundamental. Jules Berry, un actor para tener en cuenta, no le permite a Gabin ni un segundo de lucimiento. Desdichadamente, Vicent Price deja todo en manos de Henry Fonda. A todo esto, la inocente Francoise –también proveniente de un asilo- es una simple sirvienta. En La noche eterna Jo Ann trabaja en una florería. Y por interesante que resulte Ann Dvorak, no alcanza a personificar, como lo hace Arletty, el rol de una mujer capaz de acostarse con quien es amable con ella –en este caso François-. Fonda y Dvorak gozan de una platónica amistad. Y como Barbara Bel Geddes tiene que lucirse, se le añade un flashback dentro del flashback focalizado por Fonda. No es extraño que esta versión norteamericana haya fracasado con los críticos y con los espectadores.

Porque esta vez Hollywood no había copiado –todavía- La jaula de las locas sino que se había alzado con todo un movimiento estético que incluía nombres y sobre todo películas que serían largamente estudiadas y, por fin, preservadas. El canibalismo de los grandes estudios, la avaricia, la glotonería de las arcas, no tiene fin. Por supuesto, ahora en Netflix no pueden encontrarse ni Le Jour se Leve ni The Long Night. Será cuestión de conformarse con otras vituallas.

Bibliografía

Kobal, John: People Will Talk, Auras Press Limited, London, 1985. pp. 112–127 Arletty

Sten, Mike: Hollywood Speaks, Putnam, New Yorkm 1874 pp 38–57 Henry Fonda

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