Terremoto, otra coreana. De Kim Byung-seo y Lee Hae-jun

Csaba Herke
Oct 22 · 4 min read

Evidentemente todo divorcio es doloroso. La escala de una guerra civil como la que se dió entre Corea del Norte y Sur, abrió heridas que van a tardar varias generaciones en sanar. Incluso rupturas aparentemente resueltas, como la de la reunificación alemana, todavía sangran; o las que se quieren resolver sin violencia antes que se llegue a una escalada mayor, abren situaciones siempre insospechadas, como la que se da entre Pakistán e India cuyo fundamento es principalmente religioso. Familias rotas, gente desaparecida, espías y traidores alimentan el perpetuo renacer del odio, el rencor y, por consiguiente, la violencia.

Es mentira la visión romántica de un pasado con un mundo estable. Las migraciones hacia el sur son la visión inversa de las invasiones bárbaras: la misma mirada que hace de Atila un héroe nacional o un salvaje al mando de hordas brutales; si uno mira con cuidado la columna de Trajano, puede observar la brutalidad de las conquistas romanas y la denominación de Cariátide a las columnas portantes con figura de mujer, proviene del castigo divino a las esposas del pueblo Carie que no solamente tienen que cargar por toda la eternidad los templos griegos sino también la denominación de una de las pesadillas (no para los odontólogos) de toda la humanidad. Denominar carie a la enfermedad dental es lo mismo que hizo el Dr. Down al denominar mogólico a la trisomía del par 21, son denominaciones de carácter racista que todavía hoy para muchos pasa desapercibida, es la misma que sostiene la maniquea idea de la Corea del Sur occidentalizada pujante y pacífica contra una Korea del norte, pobre y militarizada, como si no se hubiesen enterado que Irak nunca tuvo armas de exterminio masivo

Terremoto título en argentina de Ashfall (en hanja, 白頭山; romanización revisada del coreano, Baekdusan), también conocida como Montaña Paektu)[1] es un film catástrofe, cuyo principal problema es que la demolición de edificios después de los filmes de Emmerich (Roland Emmerich, Alemania 1955) resultan aburridas.

Sin embargo, junto a lo largo del metraje (anacronismo) el film no deja de ser un típico producto coreano de acción que muestra la otra cara (sólo en apariencia) ; también insoportable de por cierto (alguien tiene que decirlo) del K- Style, edulcorado y meloso largo e irreal, de varones que para los cánones occidentales parecen sacados de un cuadro de Leonardo, de valores que permanentemente tienen que mostrar que la mujer en Corea del Sur tiene un status igual al del hombre, esfuerzo que ya de por sí denota que las relaciones son completamente asimétricas.

El cine coreano (amerita un artículo en sí mismo) tiene grandes tópicos que funcionan unos dentro de otros, ya que no usan las categorías que delimitan al cine occidental. Uno que tiene pretensiones históricas, y a la manera de propaganda está dedicado a mostrar la lucha de Corea por mantener su independencia de China y de Japón como Guerra de flechas (War of the arrows, Kim Han-Min, Korea, 2011) que se continúa, fusiona y mezcla sin límite de continuidad con el mítico y fantástico Dragon Wars, (Shim Hyung-Rae, Korea, 2007); el policial Oldboy (Park Chan-wook, Korea, 2003) que principalmente tiende a mostrar valores como el honor, continuum con el cine de horror.

La escuela es otro tópico que no es sólo propiedad del cine coreano sino del japonés también. Los trabajos o las simples amistades que van desde la amistad al romance, o las pandillas juveniles. Todo es abonado y sazonado por el K-style que parece querer legitimar un estilo de vida típico basado en una utopía de felicidad a partir de valores y costumbres que se proponen como identidad. Valores como el orden o la sumisión a un bien mayor que es la sociedad y la obediencia a las tradiciones. También se sabe que los códigos de producción del cine coreano son uno de los más restrictivos del mundo.

Afshall no escapa a estos cánones, la erupción del volcán, ubicado en la frontera de las Coreas del Norte y Sur, permite mostrar un conjunto de elementos más bien de tipo fetiches. Las diferencias entre tecnologías, los buenos y malos, los traidores y, finalmente, la redención. La herida de la guerra suturada por el uso de la bombas nucleares que Corea del Sur roba (porque ellos se atienen a los tratados internacionales) a la mala Corea del Norte, pero ahora usados para fines pacíficos, aunque la naturaleza ya de por sí (solita) hizo tanto daño, o más, que la bomba nuclear.

El final, como siempre optimista, un optimismo constante en estos tipos de filmes, muestra la reconstrucción de Corea. Nada se ve de los problemas reales de autoritarismo que los gobiernos de Corea, funcionales al reaganismo y sus sucesivos descendientes, disfraza con el edulcorado k-pop y todas sus denominaciones pertinentes.

Los filmes de conflicto entre las Coreas funcionan al estilo de la misa dominical: renuevan el compromiso del ciudadano con la fé en el sistema, no importa la artificiosidad, ampulosidad, simplificación excesiva de los logros y ocultamiento de los fracasos, se desdibujan en un pintoresquismo kitch.

El hiperrealismo que tan común en estos días parece ser una constante en el cine mundial, a desmedro de un pensamiento más complejo, la linealidad de los argumentos cansa y si Oldboy era un film donde la hiperviolencia estaba usadaa favor de una historia de crueldad y venganza como metáfora, Terremoto pierde eso para ser plana, y sostenerse solo en los efectos especiales y la sensiblería barata, o arrancada a la fuerza con las lágrimas de niños.

[1] Ashfall. (2021, 28 de junio). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 21:18, octubre 20, 2021 desde https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Ashfall&oldid=136636326.

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