Fotografía por Daily Sunny (https://flic.kr/p/8zVpDa)

El Muro

A las 5:00 a.m se levantaba todos los días Ernesto Gutierrez. Tenía que llegar a las 7 a.m. a su trabajo que quedaba a unos 15 kms de su casa, en el extremo occidental de la ciudad, por donde el río Bogotá pasaba entre lotes baldíos, dejando un olor nauseabundo e inmundo. Ya se había acostumbrado a ese olor y a veces pensaba que tal vez un día lo llegaría a extrañar. Como venía diciendo, a las 5 a.m. se paraba rápido de su cama, sin una pizca de pereza, se enjuagaba la cara, los brazos, el cuello y los hombros en el baño improvisado que había podido construir una semana atrás en una humilde casa que poco a poco había podido levantar hacía ya 10 años. Primero empezó con una habitación, luego puso un mesón con un lavaplatos que le habían regalado, luego otra habitación para los niños y así de ladrillo en ladrillo y muy lentamente Ernesto tenía cuatro paredes, muy sencillas, muy diferentes a las paredes que veía en el sitio donde trabajaba, pero al fin y al cabo sus paredes. Con él vivían sus 3 hijos, ya todos habían pasado la infancia que por lo demás no había sido sencilla, llena de necesidades, de discusiones, de carencias, de lágrimas saladas, muchas lágrimas saladas. Pero lo habían superado a punta de algo que ahora poco se ve, hallando en medio de temas triviales, de trastos sin uso que a los ojos de muchos otros podrían ser solo basura, pequeñas cosas que los unían y les daban esperanza en medio de todos esos problemas, porque Ernesto tenía ese atributo que tan pocos seres humanos tienen, ese atributo que les permitía sonreír en medio de un barrizal, ver colores donde el hambre y la tristeza solo dejan negrura y oscuridad, proponer un juego cuando todos los juguetes estaban rotos o tal vez ni siquiera había. Tantas navidades así, tantos cumpleaños así, con una torta de 3000 pesos que él decoraba con baratijas y sobre la cual ponía cualquier cosa parecida a una vela para que sus hijos siempre tuvieran en la cabeza el recuerdo de que su padre no había olvidado las fiestas que para todos eran importantes. Pero no todos soportaron eso, Consuelo, su esposa, que lloraba casi a diario y sufría como nadie esa situación de pobreza, a los 3 años de nacer Valentina, la menor de los tres hijos, se llevó en una maleta las pocas pertenencias que tenía dejando solo una nota escueta donde le reprochaba a su marido su incapacidad para conseguir un mejor empleo. En sus momentos de furia lo llamaba cobarde, falto de pantalones, blandengue. En la carta que dejó volvió a repetirlo con claro desprecio: “Por esa falta de pantalones somos así de pobres mientras el resto de mi familia si surge. Tenía que fijarme en un blandengue y cobarde, pero menos mal me doy cuenta ahora porque este infierno no hubiera podido haberlo aguantado más. Adiós y espero no deje morir de hambre a mis hijos. Ah, y no me busque, no quiero volver a verlo”. Claramente él sabía que había cometido errores, que a veces gritó, a veces lloró, a veces se desesperó, pero también tenían muy claro en su cabeza que siempre la amó, que nunca vaciló sobre ese amor y que trató de esforzarse al máximo en darle algo mejor. A las 6 ya todos estaban listos, salieron al mismo tiempo, Valentina en un alimentador que la acercaba a la troncal más cercana, José y Juan en bicicleta tomaban ruta por calles destapadas hasta encontrar el carril de la cicloruta y él tomaba un bus destartalado, de los pocos que quedaban en la ciudad, que lo dejaba a unas 15 cuadras de la obra donde estaba trabajando desde hacía 18 meses. Llegó a tiempo, 2 minutos antes de las 7. Jorge, uno de los capataces de la obra, lo saludó eufóricamente “siempre a tiempo Ernesto, sabe hermano que no recuerdo haberlo visto llegar ni un minuto tarde en todos estos meses”. Estaba sonriente, como pocas veces, y eso era raro porque Jorge era un tipo serio, a veces pasaba de amargado. Reunió a su equipo de obreros ofreciéndoles descansar sobre unos bultos de cemento que estaba amontonados en una esquina de la construcción. “Hoy ya por fin vamos a terminar ese muro que pidieron los arquitectos, sé que ha sido jarta su construcción, esa parte del lote es muy irregular pero ellos ven eso y me dijeron que si lo terminamos antes de las 4 p.m. que viene uno de los gerentes de la empres, nos dan una platica extra, si no estoy mal 250 mil pesos extra en la quincena para cada uno. Entonces que el almuerzo sea solamente de 10 minutos, ¿de acuerdo?”. Todos se miraron entusiasmados, 250 mil pesos era bastante dinero, casi la mitad de lo que le llegaba en una quincena. Y a cambio de recostarse 40 minutos a la hora del almuerzo valía la pena el esfuerzo. Ernesto empezó a imaginar lo que podría comprar. Por fin un mercado decente o quizá zapatos para sus hijos, de 40 mil pesos, había visto una promoción en un almacén que quedaba a unos 15 minutos de su casa. Zapatos para sus hijos y un refuerzo para el mercado. “Y otra cosa que quería decirles muchachos”, Jorge interrumpió los sueños de todos los obreros. “Ustedes saben que esta obra la acabamos en un mes y los dueños del proyecto están felices, si entregamos todo a tiempo los arquitectos garantizan que nos quedamos todos trabajando en un nuevo edificio de la constructora, pero lo mejor, nos aumentan el salario un 15%”. Todos se miraron entre contentos y confundidos. La mayoría no sabía multiplicar o sacar una cuenta con porcentajes. Miguel Pachón, uno de los obreros más viejos se paró de manera tímida y preguntó: “Cuánto es eso don Jorge?”. El capataz sonrió ampliamente, y dijo “por ahí unos 150 mil o 200 mil pesos para cada uno”. Ahora solo había caras de esperanza, de sueños, de ilusiones. Volvió a interrumpirlos su capataz “pero entonces arranquemos muchachos, que ya son casi las 7 y media”.

Arrancaron con entusiasmo, más felices que otras veces, ordenados, concentrados en terminar ese muro interminable mientras el sol picante de Bogotá se reflejaba fuertemente en sus rostros curtidos. Cada uno tenía sueños en sus cabezas, mercados, un regalo para sus hijos, o para sus esposas, o quizá una ayuda para sus padres envejecidos o tal vez la bicicleta que necesitaban para transportarse en el día a día. Así pasó casi toda la jornada, entre risas sinceras y rápidas que no desviaban la atención de los trabajadores. Jorge se acercó al muro faltando 15 minutos para las 4, ya solo faltaba un trozo por adoquinar. Y allí estaba Ernesto, sonriente, con la misma abnegación absoluta con la que lo conoció el capataz el día que lo contrató, dando los últimos retoques de la parte que le correspondía. “Ya casi termina Ernesto, muy bien, justo a tiempo, como es usted siempre”. Ernesto, subido sobre un andamio, con su traje lleno de cemento y polvo sintió un un zumbido, y luego un movimiento que crecía poco a poco. Cuando puso el último ladrillo del gran muro que rodeaba el edificio de apartamentos de 3.900 millones de pesos, en pocos segundos, como piezas de dominó, todo lo que habían hecho la última semana se vino abajo, toneladas de cemento, de ladrillos, de concreto, de sueños y esperanzas. Ernesto vio todo eso en 2 segundos y sus hijos como un relámpago pasaron por allí y Consuelo lo volvió a mirar como alguna vez lo había visto, con amor, con una sonrisa fuerte y sincera. Sintió el peso sobre su cabeza, muy rápido, un grito ahogado que no escuchó y vio a sus padres jóvenes que lo volvieron a cargar en sus brazos, allá entre todos esos árboles de mango que él recordaba aún en sueños. El estruendo dejó a todos atónitos y asustados, el Gerente se asomó por la ventana de su auto, Jorge se arrodilló sobre los escombros, nadie dijo nada, nadie gritó, nadie se movió, todos miraban y miraban pero nadie se atrevía a decirlo, a reconocerlo.