El asco contra los nacionalismos

La Feria Internacional del Libro, cuyo comienzo está a la vuelta del calendario, propuso este año centrar la mirada en América Latina como invitado de honor. Lejos del boom, la selección de autores jóvenes y consagrados nos hace ver las diferencias y similitudes que pueden guardar los países que conforman eso que llamamos “América Latina”. Uno de los autores que vendrán es Horacio Castellanos Moya.

Nació en Tegucigalpa (Honduras), pero es un escritor salvadoreño, pues creció en El Salvador. Más allá de las nacionalidades, Moya tiene pasaporte activo en esa República de las Letras del idioma español. Comenzó en la escritura con cuentos y poemas; es en la novela donde ha encontrado más lectores.

El libro que inspira estas líneas es El asco. Thomas Bernhard en San Salvador, un subtítulo que engaña a más de alguno por la referencia al autor europeo.

Una advertencia previa del autor nos da la bienvenida a esta breve novela: de Thomas (el protagonista), el escritor nos advierte que su testimonio se lo “comunicó sus opiniones seguramente con mayor énfasis y descarno del que contienen en este texto”. ¿Puede haber mayor énfasis y descarno que aquel que prosigue? Salvo las breves acotaciones de “me dijo Vega”, la narración utiliza la primera persona, con la voz de Edgardo Vega, un salvadoreño en el exilio voluntario que ha adoptado el nombre de Thomas Bernhard. Ha vivido media vida en Canadá, y sólo regresa a El Salvador por la muerte de su madre, de quien tiene que tomar la herencia: media casa. La otra mitad va para su hermano, quien permaneció en el país y está felizmente casado, y con crías.

La narración de El asco toma lugar una tarde en un bar, antes de que se llene de gente, mientras Thomas, alias Moya, bebe whiskey con su antiguo compañero de escuela. Llamado por su interlocutor sólo como “Moya” (narratario que bien podríamos identificar con el autor), este personaje fue el único de sus ex compañeros que se apersonó en el funeral de la madre. El asco bien podría ser odio por la sensación que transmite el narrador en esa conversación. Convertido en ciudadano canadiense, ha abandonado el país y toda nostalgia que pudiera emanar de su idiosincracia.

El asco es un libro descarnado, sí, crítico hasta la médula de una sociedad conformista, autocomplaciente y decadente. Durante su centenar de páginas leemos una vorágine de desazón. La voz narrativa va contra todo lo que puede definir la personalidad de un país, todo visto a través de una mirada esperpéntica: su comida típica (“Sólo el hambre y la estupidez congénitas pueden explicar que a estos seres humanos les guste comer con semejante fruición algo tan repugnante como las pupusas”), sus bebidas (“mugrosa cerveza diarreica”), su deporte nacional (“no entiendo cómo mi hermano puede dar la vida por veintidós subalimentados con sus facultades mentales restringidas que corren detrás de una pelota”), el sistema de transporte público (“los autobuses están diseñados para transportar ganado no seres humanos”), sus hábitos de entretenimiento (“espeluznante si la miras de cerca: una familia que en sus ratos libres en casa no hace otra cosa que ver televisión, me dijo Vega, no existe un solo libro, mi hermano no tiene un solo libro en su casa”), su sistema educativo (“todas esas universidades privadas no son más que negocios para estafar incautos, la negación misma del conocimiento”), sus medios de comunicación (“ninguna persona con una instrucción mínima llamaría periódicos a esos catálogos de ofertas, a esos muestrarios de anuncios”), su jerga coloquial (“si algo detesto con intensidad es esa pérfida costumbre de los diminutivos, sólo los seres viles e imbéciles pueden llamarlo a uno con un diminutivo”), la música folclórica (“detestable como esa música llorona”), hasta su léxico vulgar (“Nunca he visto gente con más excremento en la boca que la de este país, Moya, no en balde la palabra «cerote» es su principal muletilla de lenguaje, no tienen en la boca otra palabra que «cerote», su vocabulario se limita a la palabra «cerote» y sus derivados: cerotísimo, cerotear, cerotada”). Es tal el asco u odio que le genera El Salvador al protagonista que incluso le despierta una colitis nerviosa. Todo esto lo resume en una definición contundente: es la degradación del gusto. Creo que la enumeración seleccionada es suficiente para dar cuenta del intenso tono con el que Horacio Castellanos Moya desgarra narrativamente una sociedad.

En todo ese coraje que transmite el narrador, hay elementos que tienen su contraparte en México (a veces casi idénticos, podrían argüir algunos). Acaso el mayor es el de la política: “No hay necesidad de hacer un debate de ideas entre candidatos, resultaría suficiente prueba que los candidatos leyeran cualquier texto en voz alta ante un público”. Por cierto, de Donald Trump (presidente electo en Estados Unidos), hay una teoría de conspiración que afirma que ni siquiera sabe leer.

DIGRESIONES

El asco. Thomas Bernhard en San Salvador se publicó en Arcoiris en El Salvador y en Tusquets internacionalmente.

Mencioné la palabra esperpéntica, relativa al esperpento, ese tono literario creado por Valle-Inclán a principios del siglo pasado. No es casualidad, pues Horacio mismo la utiliza la palabra en la novela.

Horacio Castellanos Moya estará en la próxima edición de la Feria Internacional del Libro, dentro del programa de América Latina. Sus actividades registradas en la página de la FiL son:

  • De dolor también se escribe, con Mario Mendoza, Gabriela Cabezón, Élmer Mendoza, viernes 2 de diciembre, 17:30, Salón 1.
  • Conversación con los ganadores del premio iberoamericano Manuel Rojas, con Margo Glantz, jueves 1 de diciembre, 19:30, Salón 1.
  • Escritores en busca de un lector, con Alicia Dujovne Ortiz y Rafael Gumucio (moderados por quien escribe estas líneas), sábado 3 de diciembre, 18:30, Salón 1.