Ser uno o ninguno con Pirandello

Jorge Pérez

Sin la más mínima sospecha de que toda realidad que los rodea no tiene para los otros mayor consistencia que el humo”, Luigi Pirandello, en Uno, ninguno y cien mil.
Imagen: Jorge Pérez.

Así como Pascal afirmaba que si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta la historia como la conocemos sería otra, podemos afirmar que si la nariz de Vitangelo Moscarda no estuviera inclinada Luigi Pirandello no habría escrito un libro como Uno, ninguno y cien mil.
Fue la última novela de Pirandello, escritor italiano famoso en gran medida por su obra de teatro metaficcional de Seis personajes en busca de autor. En Uno, ninguno y cien mil, el autor retoma la crisis de la identidad, no ya con personajes ficticios que se aparecen en el teatro, sino con un protagonista que al comienzo de la novela tiene una epifanía sobre su propia persona: al verse en el espejo por un dolorcito en la nariz, su esposa cree que ve la inclinación de su protuberancia facial. Y se lo dice, craso error. La sensación de extrañamiento invade a Vitangelo Moscarda, nuestro personaje, quien nunca en sus 28 años de vida había caído en cuenta de que su nariz era “imperfecta”. ¿Qué pasa cuando no reconocemos nuestro cuerpo? O como diría Kurt Vile al comienzo de una canción: “Me levanté esta mañana: no reconocí al hombre en el espejo”.
Luego de tomar conciencia sobre su propio ser físico (con las cejas arqueadas como acentos circunflejos, ^^, tal como un emoticono), Moscarda siente una momentánea antipatía por su cuerpo. Aun así, eso es lo que los otros reconocen como Vitangelo. Uno no es para los demás esa persona que cree que es.

¿Alguien juzgaría la nariz de Pirandello como inclinada, o sus cejas como acentos circunflejos? Imagen: www.nobelprize.org.

Verse en el espejo es reconocerse como otro: al hacerlo, el personaje de Pirandello entabla incluso el diálogo cuando estornuda y se dice a sí mismo “salud” (¿a sí mismo, si se considera “otro”?).

“Vi en el espejo mi primera risa de loco”,

es lo siguiente que el narrador nos cuenta. Ya lo decía el lema en el templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”, pero no nos dice nada sobre “reconócete a ti mismo”. 
Otro hecho capital, aunque parezca insignificante, en la vida de nuestro protagonista: su mujer no utiliza su nombre pila para llamarlo, ya que le apoda “Gengé”. Gengé es en realidad un hipocorístico de Vitangelo. Más allá del apelativo cariñoso, Pirandello (o Vitangelo) apunta hacia el final del libro que “(El nombre) no es más que eso, un epígrafe funerario”.
Pero Vitangelo está consciente de que si él advierte esa crisis de (múltiple) identidad, aplica también para los demás. Por eso, en una pequeña reunión de tres personas, asume que en realidad habrá nueve personas hipotéticas (cálculo que concuerda con la idea de Freud al sospechar que en cada acto sexual hay por lo menos cuatro personas involucradas, frase que cita Lawrence Durrell como epígrafe para su Cuarteto de Alejandría). En ese mismo sentido, Gengé (el personaje no nos disculpará que le digamos así) cita otras metamorfosis a las que asistimos: ¿sigue siendo montaña esos trozos de tierra y piedra que se le arrancan para construir una casa? ¿Julio César es el mismo para su enemigo o su amante? 
Para no contar toda la trama e invitar a su descubrimiento con la lectura, sólo agregaré que más adelante Vitangelo se da cuenta de que la fuente de sus ingresos es también un factor para que los otros (esa masa amorfa de personas) se formen una opinión de él. 
Llevando el planteamiento de Luigi a la literatura: un libro es una multitud de libros, tantos como lectores haya. Un paso más allá: un libro releído es un libro nuevo (más si nos atenemos a aquella máxima que dice que un buen libro nos cambia). Así me pasó en varias ocasiones con Uno, ninguno y cien mil. Primero porque mi copia editada por la editorial chilena Lom en traducción de Jorge Aulicino la presté antes de leerla. La lectora que lo tomó antes que yo hizo breves, ligerísimas anotaciones en los pasajes o frases que llamaron su atención. No hay problema de mi parte, no soy tan histérico como Sylvia Plath, quien se molestó cuando le regresaron rayado un libro que prestó (“Yo estaba furiosa, al considerar que a mis hijos los había violado, o apaleado, una desconocida”, escribió en su diario). 
Pero el acto, el hecho de que otro lector hipotético pueda señalar un fragmento particular, por cualquier razón que tenga, es similar a ver o no una nariz inclinada o chueca: al leer libros ya leídos y anotados, a veces me sorprende encontrar que señalaron con el lápiz un pasaje que considero intrascendente y al mismo tiempo pasen por alto frases sobresalientes (“intrascendente” y “sobresaliente” para mí, claro).
Igualmente, al ser una relectura, asistí a otra construcción de la novela, debido a que releí una traducción diferente. Más aún: luego de terminar la novela de Pirandello según Aulicino me fui a la biblioteca de mi alma máter para consultar el ejemplar que había leído durante mis años universitarios (con traducción de José Ramón Monreal, para la editorial española Acantilado). ¿Para qué? No iba a cotejar la traducción frase por frase, pero sí quería remitirme a las cosas que en el pasado había señalado. (Lo confieso: soy de los que utilizan lápiz para hacer anotaciones en los libros de las bibliotecas públicas. Mea culpa. Espero que nadie se lo tome con la misma ira que lo hacia Plath). En resumen: hubo obvias discrepancias, como si el lector y la novela hubieran sido dos personas diferentes, acaso lo sean.

Dramaturgo, narrador, ensayista y poeta, Luigi Pirandello (1867–1936) recibió el Premio Nobel de Literatura en 1934. Imagen: Nuova Compagnia Teatrale.

DIGRESIONES (porque un texto sobre Uno, ninguno y cien mil podría ser un texto diferente al ya escrito):
• La multiplicidad de yoes me recordó aquel episodio de La Dimensión Desconocida en el que el personaje se encuentra en la barra de un bar. Le pide al bartender utilizar el teléfono (hablo de la versión de la serie que se lanzó en los ochenta: no había teléfonos celulares). Luego de marcar el teléfono se percata de que no discó el número de la persona con la que quería hablar, sino que marcó el propio número de su casa (discar, el sinónimo empolvado de marcar un número telefónico, de cuando los teléfonos eran “de disco”). Antes de colgar y ante el absurdo de la situación al haber confundido los números, “alguien” le contesta. No es un ladrón furtivo que se metió a su casa para robar. ¿Qué ratero contestaría el teléfono de la casa en la que ha irrumpido? Es él mismo. Otra encarnación de sí y que (spóiler) irá invadiendo su realidad. 
• Arriba se menciona que la palabra Gengé es un hipocorístico de Vitangelo, en el mismo sentido en que lo es Pepe para José o Beto para Alberto. La palabra hipocorístico proviene del griego, ὑποκοριστικός, “acariciar” o “acariciador”. 
• En la citada canción de Vile se lee también esa ambigüedad: si al principio de la letra arranca con una de las típicas frases blueseras, “I woke up this morning”, hacia la mitad escuchamos un menos personal “Then he woke up this morning”:

REFERENCIAS (o más digresiones):
Uno, ninguno y cien mil de Luigi Pirandello se publicó en Lom (2014). El nombre de la editorial es por la “palabra de lengua yámana que significa Sol”, según se dice en la página legal de la edición. La edición de Acantilado es de 2004. 
• La canción de Kurt Vile viene en su álbum B’lieve I’m Goin Down…, de 2015 y lanzado por la disquera Matador. 
• Además de estar en las cartas a su madre y en su diario, la anécdota completa de Sylvia Plath se recoge en La mujer en silencio, de Janet Malcolm y publicado por Gedisa. 
• El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell ha vuelto a las mesas de novedades, con el sello editorial DeBolsillo. La cita de Freud la tomé de la edición en inglés publicada por Dutton, de 1961. El volumen de Justine incluye como apéndice una traducción libre de “La ciudad”, poema de Constantino Cavafis. Se puede leer más sobre este último tema acá.