Mi primer encuentro con Antonio Orejudo

Sobre cómo di con las “Ventajas de viajar en tren” del escritor español

Avatar de Antonio Orejudo en Twitter / @AntonioOrejudo

Una de las cosas por las que me gusta asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es encontrar libros con los que no me toparía en librerías. Aunque las novedades no suelen ser muchas, eso se aprende luego de dos o tres años visitando la FIL; y si a la falta de novedades le sumamos el insoportable gentío que se reúne en la feria, ésta va perdiendo su atractivo poco a poco.

No obstante, el evento literario no deja de ser un must para los que nos gusta buscar libros. Lo importante, me digo yo, es ir con la mente en blanco, gel antibacterial y todo el tiempo del mundo.

Así fue, pues, hace un par de años (¿o el año pasado?) como llegué a la novela de Ventajas de viajar en tren. Llamativo desde el título –cualquier libro que incluya trenes definitivamente debería valer la pena, ¿o no, Patricia Highsmith? –, la novela de Antonio Orejudo me hizo ojitos. Así, muy coquetos.

Me acerqué a su estante, en el stand de Editorial Tusquets (¿en el pasillo F? No lo sé), y lo tomé para leer la contraportada, que dice:

Después de dejar a su marido ingresado en un hospital psiquiátrico en el norte, una mujer regresa en tren a Madrid. (Psiquiatras, esto no lo esperaba). En el vagón, un desconocido, para amenizar el viaje, le pregunta de pronto: “¿Le apetece que le cuente mi vida?”. (Ajá, ajá). Se trata de Ángel Sanagustín, psiquiatra que trabaja en la misma clínica y estudioso de los trastornos de la personalidad a través de los relatos y los escritos de los pacientes. Esos textos son los que guarda en una carpeta roja que lleva consigo. (Ya veo, esto es una historia de lunáticos y enfermedades mentales, me encanta).

Fotografía que acompaña la edición de la novela en la casa Tusquets. Autor: John Lund.

Entonces, deambulé un rato por Tusquets, con el libro de Orejudo en mano, convenciéndome de que comprarlo sería el movimiento correcto. Pero la indecisión siguió un buen rato, porque yo no soy una persona que sabe lo que quiere al instante: ¿y si no es tan bueno como lo parece, habré desperdiciado parte de mi limitado FIL-presupuesto? ¿y este Orejudo, quién es? En mi vida le había escuchado.

Y seguí caminando un buen rato con el tomo de poco más de 150 páginas en la mano, sin saber que el escritor ganó el Premio Andalucía de Novela en el año 2000, cuando ésta fue publicada por primera vez en Alfaguara (la edición con la que yo románticamente me topé, pertenece al 2011 y a otra editorial, como deben recordar si han prestado atención). Inconsciente del pasado del texto, ni mi mente ni mi cuerpo parecían capaces de hacer un movimiento a favor de su compra.

Como quiera, terminé yendo a casa con ella. Qué me convenció, qué le vi, qué me dijo o qué me dijeron sobre ella, ya no lo recuerdo, sólo sé que al final se fue conmigo a casa en una abrumadora tarde de noviembre. Allí, estuvo en mi librero un par de meses antes de que me atreviera a leer sus páginas… Vamos, qué puedo decirles, soy una persona ocupada con muchas páginas por leer, no es precisamente que quiera hacerme la difícil.

Y así, pues, terminé por entablar una breve relación con Ventajas…; más breve de lo que hubiera querido, porque sus 150 páginas resultaron más embriagantes de lo que yo esperaba. Ahora bien, no sé si ese adjetivo sea el adecuado para esta narración (narraciones, más bien), pero es la palabra que se me viene a la mente y así le vamos a dejar. Equis.

Mi viaje con Orejudo y con Ángel Sanagustín estuvo lleno de sorpresas, y el desenlace fue totalmente impredecible.

Desde el momento que fijé mi vista en el índice, donde encontré palabras como Coprofilia, Depresión postesquizofrénica, y acatisia supe que no había razón para arrepentirme de aquella compra.

Orejudo y yo, una selfie borrosa.

En efecto, no la hubo. El inicio de mi lectura, con esas palabras tan poderosas, quedó pronto eclipsado por el resto. Mi viaje con Orejudo y con Ángel Sanagustín estuvo lleno de sorpresas, y el desenlace fue totalmente impredecible. Recuerdo un sentimiento de incredulidad, seguido por la satisfacción de ser una lectora más de Ventajas de viajar en tren y de saber el secreto que Antonio Orejudo guardó muy bien para las últimas páginas de la novela (ojo aquí: para que ustedes, mis lectores -si es que tengo-, vayan a leerlo, no revelaré detalles).

Y bueno, para no arruinar la forma en que estoy presentándoles este libro, finalizo con lo siguiente:

Entonces me despedí de este libro, sin arrepentimientos ni nostalgia, porque yo sabía que podría acudir a él cuando me apeteciera (es mío, al final de cuentas) y porque tengo la esperanza de reencontrarme con Antonio Orejudo, en otro texto y con suerte más largo, en la próxima edición de la FIL. Cual fanática villamelona, estaré a la caza de cualquier libro del español.