Vocación de la risa

“Damas y caballeros, al quitarme mis ropas de payaso, permítanme desembarazarme también de la taciturnidad de los payasos para dejar, así, unas palabras de despedida”.

Con estas palabras, el payaso Joseph “Joe” Grimaldi se despide de los escenarios en el teatro que durante cuarenta y cinco años lo vio hacer piruetas, pantomimas, chistes, tragedias, dramas y canciones. Pero no hablamos de cualquier payaso, sino del payaso más famoso y querido de Inglaterra en el crepúsculo del siglo XVIII y el alba del XIX.

El libro en el que podemos conocer la vida y obra de Joe lo escribió o corrigió o editó nada menos que Charles Dickens bajo el seudónimo Boz, cuando apenas tenía veinticinco años, pero ya dos libros publicados con el mismo seudónimo, y una reputada carrera como editor de la exitosa revista Bentley’s Miscellany, propiedad de Richard Bentley. Richard era un acaudalado editor gracias a sus publicaciones de las Standard Novel Series, ediciones de bolsillo y en un solo volumen de novelas ya famosas.

Fue el propio Bentley quien encargó a Charles la reescritura de estas memorias, que Grimaldi había dictado al desconocido (y poco talentoso, según el trabajo de pulido y reelaboración que hizo Dickens) Thomas Egerton Wilks, según nos explica Eduarto Berti, traductor y prologuista de Memorias de Joseph Grimaldi para el sello madrileño Páginas de Espuma.

“Mr. Grimaldi as Clown”, P. R.

Los dieciséis capítulos, intercalados con viñetas y dibujos en su mayoría de George Cruikshank, narran con detalle y no poca gracia los entuertos, alborozos y sinsabores que enfrentó Joe Grimaldi desde su tierna infancia.

Su abuelo había sido un eminente bailarín apodado “Piernas de acero”, famoso a ambos lados de la frontera franco-italiana, y su padre, aunque dentista de profesión, también acabó consagrado al ejercicio y enseñanza de las artes dancísticas entre la aristocracia inglesa, lo que le abrió las puertas de los teatros londinenses, ambiente en el cual se cultivó el alimento escénico del que abrevaría el pequeño Joe, diestro en pantomimas y picardías desde el mismísimo instante en que aprendió a caminar.

Así pues, el viejo Joe nos permite acompañarlo a un viaje por su memoria en el que se van desgranando los afectos y rigores de la profesión entre bambalinas, arlequines y vestuarios, a la vez que su perfeccionado talento lo va convirtiendo en una figura entrañable para los espectadores que a diario abarrotan los teatros en los que alternadamente se presenta: actúa en un teatro en los primeros actos y se va corriendo al otro para presentarse en la segunda mitad del espectáculo.

Como una mariposa atraída por la luz, Joe lleva a su cuerpo y a su espíritu a los límites de la exigencia energética, dedicado a trabajar con tal ahínco que se convierte en una máquina de fortuna para sí mismo y los que lo rodean: “el ocio lo cansaba más que trabajar; nunca pudo entender el gozo que experimenta alguna gente cuando no hace nada”, pero su generosidad combinada con una mala suerte en la administración pecuniaria se convierten en enemigos de su prematura vejez.

Por boca y ojos de Grimaldi viajamos hacia las entrañas de un país y sociedad lo mismo leales que mezquinos, donde el honor y la palabra empeñada juegan todavía un papel de rectoría moral, pero que ya dejan entrever el amor a los metales como sucede hasta ahora.

Con un lenguaje sencillo y ameno, Dickens nos transporta, episodio por episodio, a los recovecos del alma de un payaso que se gana la estima de los lectores desde la primera página, tal como lo hizo con el público de su primera pantomima.

Innovador en sus técnicas, responsable con sus compromisos, honesto, alejado de los vicios y licencias a los que invitan los trabajos de las musas, amoroso hijo, hermano, esposo y padre, Grimaldi se convierte en leyenda mientras vamos repasando sus anécdotas y descubriendo que el oficio de payaso, como tantos oficios, requiere de una consagración íntima y exhaustiva para lograr sacar a relucir el yo que se esconde tras un maquillaje o una mímica, tarea en la cual Joe era un genio: “su payaso era, en cierto modo, una encarnación de su manera de ser y de su sentido del humor, más proclive a miradas que a piruetas, capaz de hacer reír parado sobre los pies y no con la cabeza apoyada en el suelo”.

Memorias de Joseph Grimaldi es un libro tan disfrutable como debió ser una obra representada por Joe en persona y estas páginas, una clase maestra de Dickens sobre cómo contar una historia ajena con la destreza de un amigo cercano al protagonista.

Quedémonos con las palabras de despedida de Joe:

“La vida es un juego que hay que jugar.
Los sabios la disfrutan y los tontos se aburren de ella.
Los perdedores, comprendemos, son los que tendrán que pagar.
Los ganadores tienen la gran dicha de poder reír”.

Acá, una balada de Pete Doherty llamada “Ballad of Grimaldi”, que quizá poco tenga que ver con Joe, pero mucho con las tragedias de todos nosotros: