Carrizo, el memorioso

Por Marcelo Stiletano

Es una pena que Antonio Carrizo no haya querido convertir en libro la multitud de recuerdos que atesoraba en su extraordinaria memoria. Justo él, que sentía al libro como su propia piel. Seguramente creía, como su admirado Borges, que el universo entero podía guardarse en una biblioteca. Y, al igual que Borges, peregrinó desde su juventud en busca de un libro. O de muchos, que fueron ocupando lugar en las pulcras estanterías del luminoso departamento porteño de la familia Carrizo, con vista a la plaza Barrientos, a pocos metros del cruce entre las avenidas Pueyrredón y Las Heras.

Sobre las paredes de esa vivienda, meticulosamente protegidas del polvo con vidrios especiales, descansaban las primeras ediciones que encontraron allí su destino al influjo de la pasión bibliófila de Carrizo. Algunas de ellas, después de años, cambiaban de manos. Gracias a la generosidad de su dueño se convertían en obsequios, en gestos de agradecimiento. El autor de estas líneas guarda uno de esos volumenes, enriquecido todavía más por una dedicatoria escrita de puño y letra. Y al leer esos trazos no tardó en descubrir dos cosas: la primera, que Carrizo buscaba con apasionada obsesión esas primeras ediciones como una de las tantas maneras (tal vez la más importante) de saciar su infatigable curiosidad. La segunda, que esas preguntas y esas certezas que salía a buscar y casi siempre decía encontrar en los libros no perduraba solamente en ellos. Se prolongaba en el otro instrumento esencial de su vida: en la voz.

Allí podría encontrarse la explicación de esa obstinada reticencia a escribir sobre sí mismo y en primera persona. Los libros fueron la piel de Antonio Carrizo, pero a la hora de comunicarse con el mundo siempre eligió el habla en lugar de la escritura. “Mi vocación es la charla”, decía con orgullo. Y el lugar por excelencia de la charla siempre fue la radio.

Alguna vez, en el caso de quien firma esta columna, la charla ocurrió en el escenario inverosímil de una caminata desde la casa de Carrizo hasta Radio Rivadavia, en Arenales y Pueyrredón. Unas pocas cuadras que podían recorrerse en pocos minutos. Pero no en el caso de ese inmenso Quijote urbano que cada día saludaba con una boina o una gorra distinta. Caminar junto a Carrizo era una experiencia única: daba unos pasos y se detenía cada vez que sentía la necesidad de decir algo importante. El énfasis era parte de su identidad. Tenía que dejar constancia del valor de una cita, de un nombre, de un recuerdo, de una definición importante con un gesto enérgico, intenso, casi teatral. El coro de saludos admirados y bocinazos que llegaban desde la calle jamás lo distraía. Respondía a todos los saludos, pero sin perder jamás el hilo de la conversación.

A Carrizo le sobraban disciplina y meticulosidad. Bastaba con verlo y escucharlo en esas tardes interminables del café Tabac, de Libertador y Coronel Díaz, mientras preparaba junto a Juan Carlos Calabró la rutina de la próxima emisión de El contra. Pero ese trabajo estaba impregnado de espíritu lúdico. Será por eso que la multitud de papeles sueltos y anécdotas orales que fue guardando jamás se convirtió en una autobiografía escrita. Todo en él ocurría de memoria, a viva voz, como en un estudio de radio. Así lo sintieron quienes participaron ayer, en Pilar, de la ceremonia del último adiós al único e inigualable Antonio Carrizo.

Publicado en http://www.lanacion.com.ar/1858900-carrizo-el-memorioso

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