Enciclopedismo e Ilustración: La verdad de la ciencia a la luz de las creaciones literarias (Tercera Parte)

Por Alan Talgham

Creo ver en lo anterior el punto clave de la novela, la inquietud que deja traslucir, que no es otra que la del propio autor. Como dice Borges, la justificación de Bouvard y Pécuchet es de orden estético, y responde a una larga tradición de “poner en boca de los simples o los locos” las palabras fundamentales (Borges, 2011, 543). Y estos dos locos, que parecen ser demasiado humanos, incluso capaces de suplantar con su figura a la humanidad entera, manifiestan aquello que más preocupaba a Flaubert, sus palabras fundamentales — y sus últimas. Mejor aún, diría que lo que estos personajes manifiestan no sólo con sus palabras sino con su búsqueda, con sus fracasos, con su abandono que es un retorno al punto de partida — es circular — son los interrogantes del autor. Esbozan preguntas, dejando traslucir con esto que quizás lo más cercano a una conclusión que se pueda obtener, lo más parecido a una verdad, sea un interrogante bien formulado. Flaubert lo formula de una manera superlativa a través del arte. Construye una novela para hacerlo.

Con respecto a la conclusión de la historia, al final, decía que se produce un retorno al inicio, respondiendo a una estructura circular. Pero habría que interpretar esto con cierta cautela ya que cuando Bouvard y Pécuchet, desilusionados y cansados, deciden volver a su oficio de antaño, el de copistas, lo hacen de una manera distinta. Han desandado el camino de la ciencia, de la técnica, del arte, y lo han experimentado prácticamente todo. El copiar como destino final es una síntesis, un gesto de humildad intelectual y, obviamente, una amarga ironía.

La referencia a Bartleby, el escribiente de Herman Melville, es ineludible. Hoy en día, Bartleby se ha convertido en prácticamente un topos literario en sí mismo, siendo objeto de un sinfín de ensayos, referencias, críticas, homenajes e incluso obras. Considero que hay dos factores sobresalientes para explicarlo. El primero es el hecho de que se trata de un copista, un escribiente. El segundo es su famoso letimotiv, su negativa radical. A toda orden que recibe, a cualquier tipo de indicación e incluso sugerencia, este hombre pálidamente pulcro, lamentablemente respetable, incurablemente soltiario responde de forma categórica: “Preferiría no hacerlo”. I would prefer not to.

Enrique Vila-Matas, escritor catalán de considerable peso en las letras contemporáneas, retoma este personaje para construir su novela acerca de los denominados escritores del No. Esta también es, a la par, una suerte de enciclopedia: El compendio de todos aquellos escritores que, habiendo publicado o no, incluso sin haber escrito una sola palabra, simplemente prefirieron no hacerlo, eligieron el No. Se plantea en Bartleby y Compañía la cuestión del No como potencia creadora dado que, paradójicamente, se edifica una obra a partir de esta negación. De Walser a Kafka, de Rimbaud a Rulfo, el autor nos introduce en ese apasionante Laberinto del No que son sus notas al pie de un texto, obviamente, invisible. Este formato en que es presentada la “novela” es ya indicativo de la cuestión y a su vez de cierta manera de concebir la creación literaria ¿Escribir o copiar? ¿Cuándo se escribe realmente? ¿No es acaso toda escritura una nota al pie?

En el caso de Bouvard y Pécuchet el retiro, su elección de no hacer, es una consecuencia del fracaso de toda posibilidad de hacer, de la radical negatividad que su accionar encarna. Una elección que es fruto de la desilusión, del aprendizaje, del atravesamiento y, por qué no, del dolor. Pathei mathos, el conocimiento a través del dolor, del sufrimiento. Este aprendizaje tiene un costo. “Entonces una facultad lamentable surgió en su espíritu, la de ver la estupidez y no poder, ya, tolerarla” En estas palabras ubica Borges la reconciliación de Flaubert con sus personajes, Dios con sus criaturas (Borges, 2011, 543).

El propio Borges, gran lector de Flaubert, rinde su caro tributo al enciclopedismo con Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. En esta pequeña gema — originalmente publicada en El jardín de los senderos que se bifurcan y luego en Ficciones- se plantea la existencia de un planeta paralelo diseñado por un grupo de intelectuales durante siglos enteros. “Debo a la conjunción de un espejo y una enciclopedia” comienza el cuento, “el descubrimiento de Uqbar” (Borges, 2011, 723). El espejo se ubica en el fondo del corredor de una Quinta en Ramos Mejía, y ningún otro sino Bioy Casares, tan inquietado por la presencia de ese espejo como Borges, recuerda la declaración de un heresiarca de Uqbar: “Los espejos y la cópula son algo abominable, porque multiplican el número de los hombres” (Ibidem). Parece haber sido escrita por Flaubert mismo, en uno de sus característicos -pero no irremediables — raptos de misantropía. De la pregunta por el orgien de esa referencia surge la enciclopedia.

Originalmente buscan The Anglo-American Cyclopedia, con su apartado sobre Uqbar. Luego de una serie de infructuosos intentos de conseguirla, y tras una exhaustiva búsqueda, Borges — o el protagonista — se topa finalmente con un tomo, el onceno, de la First Encyclopaedia of Tlön (salteo algunos detalles del argumento). Es decir que Borges — el autor — inventa su propia enciclopedia ficcional. Lo que es más, inventa su propio mundo paralelo. Nos cuenta de una obra, o de un proyecto, dedicado enteramente a la planificación y diseño de un universo desconocido, Tlön, con sus “arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica” (Ibid.).

Se distancia, sin embargo, de la tradición en la que él mismo incluye a Bouvard y Pécuchet, puesto que los demiurgos de Tlön distan mucho de ser un grupo de locos o idiotas -quizás no tanto. Más bien se trata de una sociedad secreta de biólogos, poetas, ingenieros, astrónomos y metafísicos. Borges pone sus inquietudes en boca de expertos, no de “hombres simples”. Sucede que estas inquietudes son de otra índole. O, para expresarlo mejor, el cuestionamiento al conocimiento se realiza desde la óptica del arte, y no de la ciencia. Los protagonistas de la novela de Flaubert cuestionan el saber a través del saber mismo, la ciencia desde la ciencia, con la experiencia y el estudio, con método — o quizás justamente sin él. Borges, por otro lado, postula su interrogante a través de la creación artística de un universo, de un lenguaje, poniendo en jaque nuestras ideas y creencias acerca de cómo aprehendemos el propio. Orbis Tertius.

Es que leer acerca de tigres transparentes y torres de sangre, de un mundo sucesivo y temporal, “sin espacio”, de un lenguaje que presupone el idealismo, de los objetos poéticos y poemas creados de una sola palabra interminable, nos lleva inevitablemente a cuestionar nuestras torres de ladrillo y cemento y nuestro lenguaje, nuestra organización espacio temporal, nuestros poemas con su métrica y que contienen por lo general más de una palabra. Tampoco hay sustantivos en Tlön, hay verbos impersonales calificados por prefijos o sufijos monosilábicos. Borges cita el ejemplo de la palabra luna, que no existe, pudiendo hablarse sin embargo de lunecer o lunar, o en realidad de hlör u fang axaxaxas mlö — surgió la luna sobre el río. Y a su vez, dado que el idealismo total es la doctrina excluyente, la única disciplina que comprende la cultura de Tlön es la psicología.

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