Ensayo 11 : Cuando la forma también es contenido

De 19 motivos. Ensayando el cambio político
Por Mauricio Devoto

“Honra tu ministerio. Abstente, si la más leve duda opaca la transparencia de tu actuación. Rinde culto a la verdad. Obra con prudencia. Estudia con pasión. Asesora con lealtad. Inspírate en la equidad. Cíñete a la ley. Ejerce con dignidad. Recuerda que tu misión es evitar contienda entre los hombres”. Decálogo del notario.

“Si la gente va en una dirección, instintivamente voy en la otra”. Mike Oldfield.

Detrás de las formas

Los formatos siempre me inquietaron. De chico viví respetando a rajatabla las distintas formas que determinaban todos los aspectos de mi vida. La ropa que me ponía, la religión, los códigos para salir con chicas, la estructuración de un día tipo (a la mañana estudio, a la tarde otra actividad formativa, bañarme antes de comer a la noche, un poco de televisión, a dormir), la profesión a seguir. Los fines de semana requerían alguna actividad deportiva, alguna salida con amigos, misa los domingos. El paso del colegio a la universidad me encontró respetando los mismos formatos, pero ya no porque me lo pidieran mis padres sino porque ya estaba programado para ello. No existía otra manera de hacer las cosas. La vida era así y solo así.

Los que se apartaban demasiado de este esquema eran raros. Leía mucho, me gustaba la historia, los deportes, la música, las películas y las series de televisión. Los escritores y sus personajes, los personajes históricos, los deportistas, los músicos y los actores que llenaban y alimentaban gran parte de mi vida eran raros. Hacían cosas que no cerraban con los tipos de vida que tenía a mi disposición. Si mi formato era el único que existía, ¿de donde salían estos locos? ¿cómo era posible que vivieran en mi mismo mundo siendo tan distintos?

Algo no cerraba, pero si me cerraba mi formato, al menos hasta la noche. Era exigente pero cómodo a la vez, previsible, sin grandes sobresaltos, previamente diseñado y predeterminado desde que me levantaba hasta que me acostaba. Y allí venían los problemas. Me acostaba pero no me podía dormir. Mi cabeza volaba por todos lados. Por mas que quisiera no podía contener mis pensamientos en aquellas series de cuatro paredes. Cada aspecto de mi vida me aparecía de una manera y con perspectivas totalmente distintas de las que vivía durante el día. La imaginación no tenia limites. Tenia miedo. Yo también era raro.

Me costó muchos años darme cuenta que las cosas no son naturalmente de una manera determinada. Y si en algún momento lo eran se debía a que alguien las había hecho así. Mi vida física y social podía estar limitada por los formatos correspondientes al momento histórico que me tocaba vivir, pero mi alma, mi ser, mi cabeza, no reconocían estos limites.

Mientras tanto, mientras desentrañaba este intríngulis existencial tan poco original, seguiría adaptando mi vida a los formatos dados. De la mejor manera posible, tratando de elegir los que mejor me hicieran sentir dentro del menú que la sociedad me ofrecía. En esto la religión me ayudo mucho, no como candado que simplifica la vida eliminando la posibilidad de pensar y razonar, sino dándome tres o cuatro pautas que iba a intentar desarrollar y utilizar en el ámbito y formato elegido: ser buena persona, no hacer daño al otro, escuchar, ser prudente, moderado, comprensivo, y alguna otra.

Surcos

Con mi limitado mundo de 16 años, siempre acogedor, siempre protegido, comencé a analizar lo que tenia a mi alcance. Claro que no era mi vida y sus formas, porque en ello no había nada para pensar, creía entonces. A mi alcance tenia la música, canciones y canciones conservadas en círculos de plástico. Nunca escuché música clásica. Alguien me dijo alguna vez que tenía un problema en los oídos o en la cabeza.

Daba vuelta, apoyaba la púa y salía un sonido. Fantástico. Pero a medida que el disco giraba, la púa avanzaba, se dirigía lentamente desde el extremo del disco hacia el centro. Inexorablemente llegaba un momento en que la púa tocaba la etiqueta de papel, anunciando que la ultima canción terminaba. Pero también terminaban rápidamente las canciones anteriores. Demasiado rápido. Casi siempre me quedaba con la sensación que la canción no había querido terminar sino que la cortaban a propósito. Pocas veces la canciones tenían un final feliz, un final previsible, natural. El artilugio utilizado que odiaba era siempre el mismo: el volumen de grabación comenzaba a bajar hasta desaparecer el sonido. Pero me daba cuenta que los músicos seguían tocando. ¿La canción terminaba allí o había continuado? ¿Por qué la habían cortado, de cuajo, muchas veces sin importar el momento de la canción en que lo hacían? ¿Por qué esto sucedía siempre entre los dos y tres minutos?

Ya más de grande tome la costumbre de mirar el tiempo de duración de los temas. Los Beatles eran bastante prolijos, canciones de un minuto y medio a dos minutos y medio, y generalmente no los cortaban. Las canciones eran pensadas para durar un tiempo determinado, y eran cerradas de forma tal que a uno le quedaba la sensación que el circuito se abría y luego se cerraba, no quedando nada fuera de él. Canciones simples, ingenuas, poco elaboradas al comienzo, pero en gran cantidad, gran cantidad de ideas, letras y ritmos distintos pensados para poco más de dos minutos. Sus canciones se escuchaban por todos lados. Admirable.

En los setentas apareció otro rock. Sinfónico, progresivo. Y para mi sorpresa, con solo ver la lista de temas en las tapas de los discos me daba cuenta que algo había cambiado. El disco era el mismo, la cantidad de temas se había reducido, por lo que la duración de cada tema se había alargado. Y llegaba al extremo de tener un solo título, el mismo de ambos lados del disco.

Recuerdo Tubular Bells y Ommadawn de Mike Oldfield. Me gustaban estos discos, los podía poner e imaginarme un momento continuo, muchas veces con cambios de ritmos pero sin interrupciones artificiales, podía leer mientras los escuchaba. Claro que era difícil escucharlos en otro lado que en mi casa. La radio no lo ponía, y tampoco era música para bailar. No era comercial, como se decía entonces. El formato permitía que el músico se explayara a sus anchas, sin preocuparse por tener que transmitir algo en un tiempo determinado. ¿Pero esto era bueno o malo? Sin duda que para mi era excelente, no sé si para el músico. Era música rara que requería sus tiempos. En la radio pasaban música fácil, de no mas de tres minutos. ¡Que dilema! ¿Artista o adaptador de ritmos y formatos?

La revolución tecnológica modificó y explotó el formato físico. Pero ya era más grande y estaba listo para adaptarme. Me alegro de haber vivido los últimos años de una era caracterizada por lo continuo: picos y depresiones grabados a fuego en surcos de acetato y amplificados gracias al roce de una diminuta piedra.

Formateando una parte de la vida

Dediqué bastante tiempo a pensar en la mejor manera de conservar la vida, o sus distintos momentos, o mi propia persona en distintos momentos de la vida. Solo lo pensaba. Nunca me propuse firmemente buscar esa forma ni encontrarla. Momentos y sus reflexiones se fueron amontonando en forma desordenada esperando el día en que pudieran salir.

En una época, y con la excusa de contar con temas mas o menos concretos -Internet, TICs, gobierno electrónico, inclusión digital-, comencé a bajar a papel experiencias y reflexiones vinculadas a ellos. Viajes, conferencias, charlas con amigos, partes subrayadas de libros leídos, traducciones propias del ingles, francés, portugués. Todo iba a parar a una misma carpeta, sin importar su destino final. Pero me sentía contento con poder sacar de mi cabeza esta mezcla de información, reflexión e ideas, darle algo de forma, y conservarla en otro formato. El solo hecho de cambiar de soporte, de mi cabeza a palabras escritas, me obligaba a hacer un primer trabajo básico de clasificación, priorización y ejecución. El resultado era algo muy básico, muy crudo, pero una liberación: había podido encapsular parte de mi vida, sacarla fuera de mi y conservarla.

La sugerencia de una editorial jurídica de escribir un libro llegó en el momento justo. Contaba con mucho material, pero también una preocupación: la editorial requería que sus libros se ajustaran a un formato o esquema determinado, y que el titulo reflejara no solo el contenido del libro sino que se utilizaran las palabras que ellos consideraban que lo resumía.

El problema radicaba en que lo que para la editorial era el tema de fondo, para mi era solo una excusa para introducir un tema mucho mas amplio, con aristas que excedían lo puramente jurídico. No le di muchas mas vueltas al asunto, estaba encantado con la posibilidad que me daban, la primera vez en mi vida, tenía material y lo único que debía hacer era orientarlo hacia lo que me pedían.

La realidad era más complicada que la imaginación. Sujetarme a un formato determinado requería una cierta lógica que mi material no tenía porque yo mismo había evitado sujetarme a ella. Requería de títulos y subtítulos, introducciones, diagnósticos, propuestas, citas bibliográficas, desarrollos y conclusiones. Tenía piezas sueltas que debían ser adaptadas de una manera tal que satisficieran los requerimientos de la editorial. Me propuse realizar esta adaptación bajo una premisa bien clara: utilizaría el esquema formal tradicional que me pedían, titularía y subtitularía, citaría, etc, etc, pero tocaría lo menos posible el contenido. Sin un orden o plan determinado identifiqué títulos y subtítulos que podían resumir lo que quería transmitir. No me importaba que estos títulos fueran técnicos. Era suficiente con que me hicieran recordar de una manera u otra el contenido que tenia que decodificar de mi cabeza.

Luego los fui llenando con lo que tenia escrito, y escribiendo las partes que permitieran unir aquello que no estaba unido. No fue fácil para mi, pero menos para ellos. Los temas que trataba eran tan novedosos, sin historia que le dieran sustento, tan inciertos, tan raros, que el texto no tuvo correcciones. Solo una que no era menor: el título del libro. El ardid de disfrazar mi mensaje bajo la mascara de formalidad llegaba a su fin. Aquello que era solo una excusa para introducir un tema mas general pasaba ahora a ser el título del libro. Pero no había posibilidad de pelear por esto. Solo la posibilidad de un subtítulo, cuyo texto también fue negociado. Y así salió: “Comercio electrónico y firma digital. La Regulación del Ciberespacio y las estrategias globales”. El subtítulo se aproximaba bastante a lo que para mi debió haber sido el título. Transcurridos varios años creo que tenían razón. Mi título no hubiera atraído a nadie.

En ese entonces quedé muy conforme. Había podido sacar gran parte de lo que tenía dentro mío en esos años y plasmarlo en un formato físico. Para algunos serviría de material de estudio. Para mí, una forma de conservar parte de mi vida y que me posibilitaba poder recrearla cuando quisiera. Me gustaban y me siguen gustando los libros en papel.

La forma en la función pública

Soy escribano. Para este extraño trabajo, función pública ejercida por un profesional privado, el fondo es el fondo, pero la forma también es el fondo. El cumplimiento de las normas (fondo y forma) por parte del escribano es “garantizado” por el Estado por intermedio de los Colegios de Escribanos y las máximas autoridades judiciales de cada provincia. Los escribanos ejercemos la fe pública estatal por delegación. Compartimos el mismo sistema “de notariado latino” con más de ochenta países. Sólo los países de origen anglosajón no cuentan con este sistema.

Reyes de las formas, reyes de las reglas, reyes del protocolo (reyes del papel, aunque espero que por no mucho tiempo). Para cumplir la función los escribanos no deben ni pueden apartarse de las formas. En un mundo caracterizado por la imposibilidad de absolutos parecería también imposible una función con estas características. ¿Algo parecido a lo que sucede con los jueces, no? Y sí. Otra ficción. Una más de las muchas que adoptamos para vivir en sociedad, porque, como dije en otro lugar, difícilmente algo que provenga del hombre pueda ser totalmente puro. Pero siempre podemos mejorar y acercarnos a los ideales.

El Estado y la sociedad confían en el escribano, en su apego a las normas de fondo y forma -más allá de las características particulares de la tarea o cuestión que le sea encomendada y de la interpretación social, religiosa, partidaria o ideológica que las partes o él mismo tuvieran sobre el caso- y en su imparcialidad. Todo ello lo hace legal y socialmente depositario de esa confianza: la ley presume que es cierto lo dicho por el escribano, o lo que las personas dicen o hacen en su presencia. Y la gente lo respeta: la construcción funciona.

Dentro de este contexto el notariado de tipo latino ha sabido mantenerse vivo con hidalguía. Si pienso en las características de los sistemas ideológicos o políticos vigentes desde comienzos de este siglo en la Argentina y en varios países latinoamericanos, con la posibilidad casi irrestricta de interpretación de las normas que le confieren a distintos funcionarios, rescato aun más la moderación y prudencia del notariado. Dentro del sistema jurídico argentino los escribanos saben que de su actuación, del cumplimiento de las reglas y las formas, depende en gran medida la seguridad jurídica de todas las personas. Nadie imagina lo que sucedería si el notariado y la sociedad permitiera, con el justificativo que sea, que la política partidaria se involucre en la función fedataria.

Me podrán decir que exagero y que hago una defensa corporativa. No es así. Todos, incluso jueces, escribanos y empresarios, estamos de paso. Sólo quiero utilizar este ejemplo que conozco y que creo sirve para moldear personalidades. Lo utilizo para destacar la forma en que un grupo de personas a las que hoy les toca ejercer esta función pública cuidan de las personas y sus derechos (y de su propio trabajo) cuidando primero la función. Fijando claramente y sin ambigüedades los ámbitos y posibilidades de su actuación y sus límites, controlándose periódicamente, actualizándose, reconociéndose servidores. Recordando a la sociedad, en cada acto que autorizan, que la imparcialidad es posible. Sin ella la función no tendría sentido.

El ensayo como forma de la no forma

La búsqueda continuaba. Historia, filosofía, derecho, política, religión, psicología, sociología, nuevo, viejo, clásico, derecha, izquierda, internet, todo mezclado con música de fines de los sesentas en adelante.

La carpeta con escritos seguía creciendo, y los libros que leía y me interesaban guardaban en sus márgenes igual cantidad de libros escritos por mí en lápiz negro. “Lo que importa es el fondo”. Pero el fondo era demasiado caótico y quería encontrar la forma de ordenarlo mínimamente para poder aprovecharlo. Quizás hasta podía darle un sentido. Además, como antes dije, una parte mía vivía y respiraba formas.

Hasta que di con “Los Ensayos” de Michel de Montaigne, escritos en las últimas tres décadas del siglo XVI. Nada muy original, ya que estos escritos vienen siendo fuente de inspiración de miles de personas desde hace cientos de años. Pero la vida es la de cada uno. Había encontrado lo que buscaba, un formato que le permitía al autor (Montaigne y el que habla) ir y volver sobre distintos temas sin necesidad de contar con un orden preestablecido, sin necesidad de respetar códigos literarios ni de demostrar grandes conocimientos. Montaigne los tenía, como lo demuestra la cantidad inacabable de citas que acompañan sus reflexiones. En mi caso, no conocía (ni conozco) formas literarias ni tenía (ni tengo) grandes conocimientos en especialidad alguna.

En aquél momento me alegré mucho de haber encontrado una forma, “mi” forma. Un tiempo antes también había creído hallar la perfección en “La búsqueda del tiempo Perdido” de Marcel Proust. Con Proust logré compartir una fórmula para recuperar mi persona y sus circunstancias en distintos momentos de la vida pero había fracasado en lo que respecta a la cantidad de palabras, espacio y tiempo que su forma de explicar la realidad y manifestar sus sentimientos requería. Algo que nunca podría siquiera imitar.

A la distancia me doy cuenta que lo que me hacia feliz era haber encontrado la forma de poder salir de los formatos. De ahí en más, por lo menos para aquella inquietud personal de encontrar una forma de conservar mi vida, ya no me importó que lo que hiciera tuviera que tener un nombre propio o encuadrara en alguna categoría conocida en particular. No me tenía que preocupar más por buscar. Sin poder escapar todavía del proceso de utilizar el lenguaje y la escritura y un soporte físico como forma de decodificar y conservar lo que pensaba, podía escribir lo que quisiera. Lo audiovisual nunca fue mi fuerte, una limitación importante, un mundo que admiro pero al que nunca accedí como actor.

La tecnología hizo explotar todo por el aire, imponiendo nuevos formatos, un nuevo sistema. Yo ya estaba preparado.

Sistema, formas y derechos

Estaba preparado para vivir en el sistema, sabiendo que el Estado había delegado y confiado en mi persona una partecita de los derechos de los argentinos y debía honrar esa responsabilidad. Fondo, formas e imparcialidad.

Estaba preparado para tratar de mejorar el sistema. Entendiendo que la política, la libre opinión, expresión e interpretación y la “forma de la no forma” formaban parte de mis derechos humanos (y sí…) pero que con convicción los iba a administrar prudentemente priorizando la forma de gobierno elegida, la institucionalidad republicana y la convivencia pacífica de la sociedad.

Quizás, para muchas cosas, las formas sean parte del problema, cualquiera que estas formas sean. Lo voy a pensar.

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