Segundo capítulo: ¿Para qué?
del libro “19 motivos. Ensayando el cambio político”, de Mauricio Devoto


Los que tenemos la suerte de tener salud, alimento, vivienda y otros lujos, podemos darnos el lujo de hacer de nuestra vida, o parte de ella, una obra de teatro. Actores principales o de reparto, o meros colaboradores. No me preocupa que el personaje se coma al actor. Sí que se coma a la persona, afectando directa o indirectamente a quienes amamos, decimos representar o dependen de nosotros.

La moderna disociación entre lo público y lo privado facilita mucho la actuación. La autenticidad se asemeja tanto a las inalcanzables coherencia y perfección que ha dejado de ser un tema. La contradicción y la hipocresía no nos asustan. Frente a ellas también somos modernos, y repetimos una frase encantadora y reconfortante: “Me hago cargo de mis contradicciones”. Y seguimos adelante llevándolas a cuesta, dejándolas seguir desparramando sus nocivas consecuencias. Más útil y reconfortante para uno y los demás que las sufren sería reconocerlas y combatirlas, aunque no podamos eliminarlas del todo.

Dejando de lado las personas auténticamente “auténticas”, que como las brujas las hay, los demás construimos una representación, que en parte se nos adosa cuando nacemos y luego desarrollamos durante toda la vida. Las personas son distintas unas a otras y las representaciones también. Pero lo que tienen de común las representaciones es que las personas sobre las que descansan indefectiblemente van a morir. La vida es finita, por lo menos la de cada persona en particular. El “para qué” de una persona en la vida o de la vida de una persona influye en su particular representación. Desde solo participar, a buscar el éxito. Desde buscar la felicidad en la tierra a buscar la salvación del alma. Desde bregar porque la persona prevalezca por sobre la representación, a alimentar la representación hasta el grado de dejar la persona a un lado, sobrevivirla y lograr su inmortalidad. La experiencia debería llevarnos a moldearla según nuestra verdad y el sentido que le encontremos a la vida. Sabiduría. Planteo: ¿tantas verdades dan lugar a tantas sabidurías?

Queremos progresar, estar mejor, más cómodos, mejor alimentados, más sanos. Algunos quieren ser mejores personas, más buenas. Otros más ricos. Otros….

El hombre/mujer imita, ve a su costado algo mejor y lo quiere. Las características de su representación, moldeadas por su “para qué” lo colocan en un determinado lugar en la sociedad en la que vive. Mira a su alrededor, las representaciones y posiciones de sus vecinos, analiza su posición relativa, compara, apunta a su próximo objetivo.

Avanza. Como puede. Mira su representación, repasa mentalmente su desarrollo, la recrea mirando títulos y certificados que cuelgan de la pared del escritorio, trofeos deportivos en los estantes, bendición de su casamiento conferida por el ministro de la iglesia preferida, cuadros en el living, autos y motos en el garaje, muebles de otro siglo, crucifijos, candelabros de siete brazos, títulos de propiedad, acciones.

Si tiene hijos puede que sume y se sume a las representaciones de ellos, a sus logros y triunfos. Le ha costado mucho sacrificio educarlos, y que construyan sus propias representaciones. Los ha alentado a que triunfen, que hagan goles, la mayor cantidad posible, y los relata en voz alta. Los ha alentado a que aprendan cosas, números, datos, idiomas, a rezar, a memorizar representaciones de personas del pasado, y se las hacen repetir en público. Muchas veces los hijos miran a sus padres de reojo, les dan vergüenza, no entienden para qué les piden que hagan cosas que no entienden y que tampoco les explican. En las reuniones familiares lo ven a papá inflado como un pollo y gritando: “el gol de mi hijo lo hice yó”. A quién no le pasa.

Otra variante que suele verse es aquella representación que pretende ser mantenida inmutable hasta el fin de la vida. Para seguir con el ejemplo anterior, el padre que no se puede mover pero sigue con los botines puestos dando instrucciones a hijos, empleados y socios, siempre con la verdad y la posta, siempre a los gritos y con insultos, emperrado en jugadas existosas del pasado que hoy ya son obsoletas. Con suerte, los efectos nefastos de estas formas los sufrirán los demás.

El hombre/mujer se va a dormir. Alguno deja su papel, su representación, sus anteojos de colores, su máscara, la banda presidencial o provincial, las llaves del juzgado, el carnet de River o Boca o Estudiantes, el pin de la empresa, la sotana, el cuentaganado y las boleadoras, al costado de la cama. Y se pregunta para qué. ¿Para qué hizo lo que hizo? ¿Para qué hará lo que tiene planeado para mañana? ¿Es para él? ¿Para estar mejor, ahora o más adelante? ¿Para el bienestar de sus hijos y cónyuge, si los tiene? ¿Por el bien común, como repite como loro todos los días? ¿Por una sociedad más justa? ¿Cuánto de lo que hará aporta a una u otra cosa? ¿A qué costo? ¿Valdrá la pena? ¿Qué gana y qué pierde? ¿Quién gana y quién pierde? ¿Me permito preguntármelo? ¿Cuánto hay de hipocrecía? ¿Cuál será la posta? Un momentáneo sabor amargo.

Otros no dejan nada al costado de la cama, se acuestan y se levantan con el disfraz, no puediéndose distinguir qué es piel y qué disfraz. También se preguntan. Ya no el hombre/mujer, sino la representación y disfraz hechos carne. ¿Ganaré? ¿Podré tener más, finalmente? ¿Me elegirán? ¿Me reelegirán? ¿Me verán sentado en la primera fila del templo? ¿Me invitarán nuevamente a lo de Mirta o a Intratables? “Voy a llegar a encabezar la cartelera, cueste lo que cueste. Estoy dispuesto/a a sacrificar todo. Ahora o nunca”. Si tiene hijos y cónyuge, ya llegará el momento para que se ocupe de ellos (cuidado que el hijo no muera antes que el padre/madre, porque ahí sí que el momento pasó definitivamente para la única auténtica creación). No tiene remordimientos: su vida es una y se siente auténticamente auténtico.

Con los primeros, seres imperfectos que todavía no han tirado la toalla en la lucha por autenticidad y coherencia, comparto algunas preguntas: ¿Vale la pena replantearse lo que se hizo y se va a hacer? ¿Es sano? ¿Hace más feliz? ¿Acerca o aleja de los demás? Vuelvo a leer lo que dije al principio. Y me digo que sí, que vale la pena hacerlo. Seguramente tenga un costo, evidencie grandes contradicciones y genere importantes luchas internas. En algunas cuestiones nos sentiremos reconfortados, en otras nos avergonzaremos de nosotros mismos. Así es la cosa. No somos perfectos ni llegaremos a serlo, pero podemos reducir imperfecciones y mejorar.

Creo que debemos procurar que la representación no tome una entidad tal que los “para qué” giren únicamente alrededor de las cosas que componen la representación. Que si nos preguntamos para qué trabajamos o para qué trabajamos más, para qué vamos a la iglesia,para qué insistimos a nuestros hijos que estudien o trabajen todos los días, para quéqueremos más clientes, para qué ayudamos a los demás, para qué hacemos política, la respuesta no (solo) sea “para tener más plata”, “para comprar otro auto”, “pagar colgar otro título (ladrillo) en la pared”, “para ser mas santo”, “para ser reconocido en el templo y sentarme en el primer banco”, “para salir en la revista Caras al lado de Marce, Vale y Ale” y “para engrosar mi ego”, “para tener más poder”, “para reinvertir, reinvertir y crecer, crecer”, “para engrosar la lista de relaciones”, “para tener otro cargo”, “para ser reelegido”, “para ahorrar, acumular y tener más y más”

Preguntémosnos en qué medida vivimos para alimentar y engordar y engordar nuestra representación. Porque en algún momento explota, y cuando esto sucede las cosas que la rodeaban desaparecen como por arte de magia y el estilista vuelve a ser peluquero, el heredero hijo y el chef cocinero.Todas las consecuencias recaen sobre la persona de carne y hueso (y la de la gente que amamos), que vuelve a encontrarse desnuda frente al mundo. La representación, o por lo menos su exceso, con su complejo y superambicioso libreto, sus actores de Hollywood, Mar del Plata y Carlos Paz y su brillante escenografía, desaparece como por arte de magia. Queda la persona desnuda con sus verdaderos y sinceros afectos, aquellos que no necesitaron de un cuadro en la pared.

¿Y si el costo de la representación se financia con fondos públicos? ¿Estamos atentos a ello? ¿Controlamos? ¿Nos involucramos o la dejamos pasar? Si no lo hacemos, seamos concientes que cuando la ficción explota las consecuencias también terminan cayendo sobre las personas. Y a veces es demasiado tarde para empezar de nuevo. No tenemos derecho a quejarnos porque, capaces o incapaces de reconocer nuestras ficciones, las peores consecuencias de las explosiones siempre recaen sobre los más débiles, los que no tienen nuestra suerte ni recursos.

Replanteemos nuestros “para qué”, moderemos nuestras representaciones y pensemos más en los demás. Cambiemos soberbia por amor y humildad. Actuemos. Puede hacerse en silencio y con discreción. Sí, el camino es más largo. Pero las fotos del diario se queman al día siguiente para prender fuego y cocinar y el segundo en la TV dura eso, apenas un segundo.