Sobre la pintura de Dalí (Parte 1)

Por Nahuel Muñoz

Introducción

Una gota de sangre se derrame sobre el manto, el mundo se esta transformando, los continentes ceden, un cambio profundo está sucediendo. La tonalidad de los colores juega con lo que nosotros sabemos, un nuevo orden se levanta cuando alborea el día. Es el inicio, es el comienzo. Todo ocurre con una mirada, la percepción que oculta tras el lienzo el mensaje del autor y el sentido que quiso transmitir junto con el que nosotros interpretamos.

La pintura es un fenómeno de la comunicación visual que trabaja sobre la interpretación y la producción de sentido a través de signos. Es pues un fenómeno significante que el destinatario-observador recoge y reinterpreta, o sobre el que quizás refuerza un esquema de percepción convencionalizado que generalmente desestimamos o desconocemos. La semiótica utiliza dos categorías para explicar estos fenómenos comunicativos, sin utilizar categorías lingüísticas, que son: el código y el mensaje.

La introducción, por parte de Pierce, de la estructura triádica que explica la relación lógica entre nuestra forma de conocer y el proceso de significación nos brinda las herramientas necesarias para abordar el análisis de los mensajes visuales. El punto central es que el signo adquiere su carácter representativo, no por su similitud, sino por un proceso mental que se desarrolla en base a cómo nosotros conocemos el mundo. Este proceso se compone de un signo que representa (representamen), una idea base que ocupa el lugar del objeto. Luego tenemos el objeto que es el por qué del signo, es decir lo que representa. Y, finalmente, un interpretante que es el signo más desarrollado producto del proceso de reinterpretación del primer signo. La representación es el fin por excelencia del signo ya que ocupa un espacio por sustitución, es decir “es tratado por una mente como si fuere ese otro” (que representa). Es el signo-icónico, en nuestro caso, el que ocupa el lugar del objeto en la mente del que lo percibe, en el pensamiento por el cual descifra ese estimulo. Pero el signo no sólo sustituye, dado que aquí el grado de equivalencia o semejanza tendría que ser total, sino que también a través de él conocemos algo más. Este punto lo trabajaremos más adelante, pero al ser (como sostiene Umberto Eco) un “código débil” el proceso de simiosis es amplio, posibilitando un horizonte de comprensión mayor. El signo no sólo sustituye las cosas sino que plantean uno lineamiento mínimos para permitir el proceso asociativa, cumplen el rol de instrumentos, liberando el pensamiento del interprete. Aun más en el caso del Surrealismo.

Este trabajo se inscribe dentro de la semiótica visual que como material de análisis tendrá una “imagen material visual” con las siguientes características: una propuesta de percepción visual, considerada como representación, que se configure como una forma y que genere cierta valoración en el perceptor.

Sobre la pintura y el surrealismo

El cuadro fue pintado durante los años 40–48 tiempos en el que Dalí vivió en Estados Unidos. En el se puede observar un hombre (de acuerdo a la relación que se establece con el titulo de la pintura interpretamos que es el “hombre nuevo”), rompiendo un cascaron de un aparente huevo (luego veremos la importancia de la simbología del huevo en Dalí) que representa el planeta tierra apoyando su única mano visible sobre Europa, extremando el cuidado de sus pies para no dañar ninguna otra parte. Dalí escribió, junto con el cuadro, algunas palabras, una de ellas es “paracaídas” el cual podríamos interpretar que es el manto que se encuentra sobre el mundo, suspendido y embolsado por el aire que retiene. En él se observan rastros de amortizar o suspender la caída de un cuerpo. Por debajo encontramos un manto que cubre del suelo la escena del “nacimiento” aparentemente doloroso (véase la gota de sangre).

El contexto, plano o dimensión en la que “cae” el mundo contempla absorto su nacimiento. Varios son los espectadores del nacimiento. Incluso hay, sobre el fondo derecho, vestigios de civilización. Los principales observadores son los que aparecen sobre el lado derecho del cuadro, un ser humano, de aparentes rasgos femeninos pero poco definidos (incluso se tapa su sexo con una hoja de parra) y un niño que observa con miedo la escena que el adulto señala. Al fondo, sobre la izquierda, una pareja contempla el hecho. Se entiende que el nacimiento de este “hombre nuevo” implica una transformación que lleva a interactuar nuestro mundo a otro espacio, uno nuevo, en el cual lo reciben la gente que ya se encuentra en él. El hombre nuevo sabe donde nacer, donde apoyarse y que aplastar, su contextura es musculosa y vital. Su nacimiento produce escozor, rompe y deforma la esfera perfecta que representa el orden del mundo. El surrealismo es, en palabras de Bretón: “un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”[1]. Por eso la manera en la que se expresa el contexto del nuevo orden mundial que se está gestando es tan particular.

Resulta necesario, para alcanzar un grado de comprensión mayor, explicar las características principales de este movimiento artístico surgido en Francia. El uso del término se le otorga al poeta Guillaume Apollinaire hacia 1917 cuando al referirse al movimiento dice que es una alianza entre arte y pintura que fusiona las artes plásticas y miméticas dando lugar a una nueva forma de expresión del espíritu; el surrealismo. Devenido resultado del movimiento dadaísta de características nihilistas-destructoras, el surrealismo intenta expresar de manera romántica un mundo que nos conmueve y que nos atraviesa, se trata de codificar lo inclasificable lo que se nos escurre entre los sueños y no resiste ningún tipo de clasificación racional. Como veremos la influencia de las investigaciones de Sigmund Freud son determinantes. Lo dirá su máximo exponente, Andre Bretón: el inconciente es la región del ser humano donde el intelecto no objetiva la realidad sino que forma un todo con ella[2]. Surge como critica al convencionalismo racional, extremadamente rígido, para interpretar la complejidad de la mente humana. El surrealismo tratará de sumergirse en el inconciente, precisamente en los sueños, como ámbito de manifestación pura, donde confluye el deseo insatisfecho del individuo y su deber ser social a través de relaciones secretas. Es en el sueño donde se revelan y se cumplen nuestros deseos inconfesables o se manifiestan las opresiones más siniestras, creando un mundo simbólico, caótico en comparación con nuestro plano racional. El surrealismo busca plasmar esa tensión que en los sueños se nos reproduce a través de imágenes mentales disparatadas, en la tela, utilizando la técnica (extraída del psicoanálisis) de asociación libre. Pregona una asociación mental libre sin la intervención racional que censura, para ello también perfeccionaron la “escritura automática”.

Por su parte, Dalí comenzó a utilizar el método “paranoico-crítico” en las que mezclaba técnicas de observación y raspado de formas o Frottage técnica introducida por Max Ernst. La influencia del Surrealismo fue inmensa y abarco distintas vertientes del arte, la literatura e incluso la política. Su aporte fundamental es la introducción del mundo onírico y su intento por sistematizarlo. Por eso la elección de la pintura, por ello este cuadro, cómo hasta en la expresión más íntima del hombre existen formas, iconos, figuras. Y, al margen de la intencionalidad del propio Dalí, podemos comprender que la producción de sentido para la argumentación legítima de un orden hegemónico opera en todos los planos.

[1] Breton André (1995), Manifiestos del surrealismo, Lumen, Bs. As.

[2] Bretón André, Manifiestos del surrealismo, ob. Cit. Y (2007) Diccionario de surrealismo. traducción Miguel Torres. Editorial Losada, Madrid.

@mnahuelmunoz

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Mosaico’s story.