Nujuaqtutuq

Desde las vísceras, Guillermo Arriaga, busca en los hilos de dónde penden la vida y la muerte. Desde ahí construye sus historias, seres descarnados a los que la vida les arde en la existencia y a la cual enfrentan con lo más básico de la especie, esas pasiones animales subyancentes en el humano y que por extrañas razones hemos decidido relegar en el diván de nuestras consciencias y apelar a una conducta condescendiente y comodina, embadurnada con una capa de lo que llamamos raciocinio. Pero los personajes de Arriaga están despellejados, les vemos la carne viva, palpitante, sin tregua a sus pasiones. Al menos, en El Salvaje; Arriaga eso es lo que nos entrega.

Arriaga se lanza sobre la yugular contra el catolicismo rancio y fundamentalista. Con furia lo destroza, como un lobo despedaza a su presa. La escena donde el protagonista se avalanza a moler a golpes a su contrincante, creo es la mejor ejemplificación de la postura del autor ante la religión. Mientras uno golpea con furia, con lo más animal que tiene; el otro es delirante, errático, débil y moribundo.