2:43 Navidad en Cruzavia, de Limbo-Siamaj Verkistoj

Émile Munier

Cuando era niño mis padres siempre preguntaban qué quería de regalo en Navidad. La pregunta desataba un torbellino en mis pensamientos: juguetes, pelotas, muñecos de pan, libros, ropa de nylon, un hermanito, ¿qué podía pedir que no afecte la economía familiar?

Ante mi indecisión, mis padres sentenciaban “Limbo no quiere nada” y luego nada me esperaba bajo el árbol familiar. Y yo era feliz porque con mi silencio había colaborado con el sostén familiar.

En Cruzavia las navidades llegan en el mes más duro del año: en diciembre el Karaburan se arrastra desde el norte, empujando y oscureciendo el cielo con arena y restos de carbón de las ciudades mineras abandonadas. El viento sopla y lastima tu cara, y los ojos se te irritan a menos que puedas comprar unas gafas. Padre en Navidad hacía el turno nocturno y al salir caminaba desde la fábrica hasta casa, y llegaba con los ojos rojos y la cara tiznada. Mi madre lo esperaba con paños de agua tibia. Había que ver la dedicación que ponía esa mujer, la paciencia con la que curaba a su marido, con la que le sacaba el hollín pegado a las corneas. No lo hacía por obligación, lo hacía porque lo amaba.

Mientras yo ponía la mesa miraba a mi madre ayudando a mi padre y me ponía muy feliz y reía cada vez que él pellizcaba a mi madre o apretaba sus rollos.

Luego todos rodeábamos la mesa y rezábamos al Niño Pobre y le agradecíamos por los deliciosos panes rellenos. Pero no eran panes rellenos de mangostanes y manzanas como comen todos los niños cruzavianos. Eran panes rellenos con cáscaras de esos frutos. Madre usaba las frutas para elaborar postres que vendía en el barrio rico; con los restos se las ingeniaba para lograr exquisiteces culinarias. Yo comía una porción tras otra hasta que comenzaban a sonar las sirenas. En ese tiempo ya había terminado la guerra, así que el gobierno la hacía sonar para avisar que eran las doce de la noche. Nosotros nos deseábamos feliz navidad y por las dudas Madre y yo nos metíamos bajo la mesa mientras Padre tomaba la saringa que dormía sobre el estante de la cocina, apagaba las luces y en la oscuridad hacía sonar el instrumento y todos cantábamos villancicos hasta quedar dormidos. Recuerdo con cariño aquel que decía:

Ya llegan los pastorcitos
para adorar al niño Dios
uno le trae un carboncito
el más pobre un grano de arroz

Dijo el poeta ciego: “Tres veces mueres en vida. Cuando pierdes tus padres, cuando pierdes tu esposa, cuando pierdes tu país”- Yo perdí a mis padres en las criminales manos de La Tormenta Negra. Luego perdí a mi esposa: pero para eso hube de encontrarla primero.

Fue una Navidad, cuando huérfano de familia fui al Bar de los Poetas a buscar compañía. Conocía al dueño y se había ofrecido a darme comida y unos tragos de amarga Bihr para brindar si lo ayudaba en la cocina.

Pasé tras bambalinas, colgué mi saco de un gancho y me puse un delantal, dispuesto a lavar las copas y los platos acumulados. Me puse a fregar, mientras llegaban a mis oídos las risas y los cantos desde el salón. Estar trabajando mientras los demás se divertían me deprimió un tanto, así que para no ser menos comencé a recitar uno de mis poemas:

Oh, no, pastor no llores más
por tu cosecha perdida
por el trabajo perdido
por ese pan que no estará
en la panza de tu niño
que no alimentará el hambre
del hijo que está muriendo
que no saciará las ganas
de no ser desahuciado.

Terminé de recitar mi poema y sentí un sollozo tras de mí. Me di vuelta y vi a una muchacha. Una muchacha triste y delgada, con el cabello atado con un pañuelo y un vestido floreado. Una muchacha como cualquier muchacha que uno puede ver en las calles y en los campos de Cruzavia. Y yo que amo a mi país, pero que sobretodo amo a sus mujeres, me enamoré.

Le pregunté por qué lloraba, y le pedí perdón si era por mi poema triste. “No lloro por tu poema”, me dijo, “lloro por tí. Debes cargar una pena muy grande para escribir tan tristes palabras”.

Su nombre era Dresa y era prima del dueño del Bar de los Poetas. Había ido de visita, a colaborar con el establecimiento durante la noche del Niño Pobre. Mientras me hablaba y me enamoraba, sostenía por las orejas dos conejos frente a una olla con agua hirviendo. Me ofrecí a ayudarla, “si no sabés cocinar los gazapos puedo darte una mano”. Otra vez me sorprendió. “Sé hervir los conejos, pero no quiero hacerlo. No nacieron para ser mi cena”. Y tras decir esto abrió una ventana y liberó a los animales.

Esa noche brindamos juntos y luego cuando nos emborrachamos acompañados de los poetas del bar, y cuando amaneció y dejó de soplar el Karaburan salimos a dar vueltas por el barrio cantando. Yo estaba tan feliz por la presencia de Dresa que llevaba la voz cantante e improvisaba versos alegres y arriesgados. Finalmente dejamos a la muchacha en la puerta de su hermana y durante dos semanas no dormí porque preferí pensar en Dresa.

El resto de la historia ya la saben: nos casamos unos años después; ella trabajaba en el campo y yo gané algo de fama con unas obritas de teatro que escribí y armaron barullo en la capital por sus escenas eróticas. Mi ego se fue inflando, y empecé a centrarme cada vez más en poner una letra junto a la otra y así se me pasaba el tiempo y no hacía nada más que darle a la máquina de escritura. Hasta que una noche, tan absorto estaba en la finalización de un cuento, que no me percaté hasta pasadas varias horas del horario habitual que Dresa no había vuelto del trabajo.

Salí a buscarla. Recorrí las calles y los campos gritando su nombre. Preguntaba por Dresa a cada persona que me cruzaba. Nadie la había visto. Pasé horas desesperadas recorriendo hospitales y comisarías, mientras el viento negro comenzaba a soplar. No encontraba a mi muchacha y Cruzavia se oscurecía. La gente encerrada en sus casas y yo llamando.

Desesperado, concurrí a la casa de su hermana.

Mi cuñada me abrió y su mirada severa me atravesó el alma. Dresa estaba en el comedor, sentada en una silla, con la cabeza echada hacia atrás. Tenía la cara negra y los ojos rojos por el hollín del Karaburan. “Limbo, te pedí que me llevaras los lentes al trabajo, que los había olvidado… Te esperé y no llegaste y tuve que salir y la tormenta lastimó mis ojos”. Le pedí perdón y tomé sus manos y las besé, y luego di instrucciones a su hermana para que prepare agua tibia para limpiar la mirada de mi mujer, pero Dresa gritó “¡no!”. Y luego, soltandose de mis manos, con tranquilidad me dijo “me curará mi hermana. No eres más mi marido ni yo soy tu mujer. Puedes quedarte aquí hasta que pase la tormenta, pero en la mañana deberás irte. Feliz navidad”.

Ese día me propuse cambiar el enfoque de mi literatura. Si no podía curar los ojos de mi amada, procuraría a través de mis obras curar la nación del autoritarismo y crueldad. Me senté a escribir versos políticos en los que denunciaba la venta de las pocas riquezas cruzavianas, el achicamiento de la frontera y los saque reinantes del General Slimo. Cinco años tardaron en dar conmigo, y cuando me encontraron huí hacia el puerto, en medio de la noche, con los disparos sonando tras de mí.

“Pierdes tus padres, pierdes tu esposa, pierdes tu país”.

Escapé hacia Argentina. Pasaron varios años. Aquí puse una bicicletería, hice alguna amistades, pero no tan cercanas como para que me inviten a cenar. Es por eso que estoy solo, mirando la ciudad por la ventana. Según mis cálculos, en apenas unos minutos, cuando el reloj marque las 2.43 en este país, serán recién las doce de la noche en Cruzavia y mis amigos del Bar de los Poetas estarán brindando con la amarga Bihr y cantando canciones subidas de tono. En la cocina estará Dresa, tan muchacha como aquella primera vez que la vi, el vestido floreado, el pelo recogido en un pañuelo, tal vez sosteniendo unos conejos por las orejas, salvándolos de caer en la olla, salvándonos a todos

Y la tormenta afuera soplando afuera, y yo que no puedo cuidarla, porque cuando pude no lo hice.


Y tras este cuento de Navidad escrito por el más grande escritor cruzaviano y traducido por el equipo de Los Furbantes, nos despedimos hasta el año que viene: Felices Fiestas, que la literatura ayude a cada uno de ustedes, en el próximo año, a encontrarse, elevarse y llevarse mejor con sus vecinos.

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