Bosque encantado

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Lo encontré yo en el bosque, entre los árboles. Había salido con el grupo de hombres hacía casi doce horas y aún no habían vuelto. Nos habíamos empezado a preocupar a medida que el sol bajaba, y cuando la brisa se volvió fría, salimos a buscarlos.

Solamente habíamos encontrado a mi hermano. Estaba tumbado, hecho un ovillo entre los árboles. Tenía ramitas enganchadas en el pelo, estaba congelado y las mangas de su camisa estaban desgarradas. Pese a estar inconsciente, jadeaba. No encontramos a nadie más.

Llevamos a mi hermano a casa de Helga. Dijo que había escuchado hablar de casos parecidos al suyo y que sabía cómo curarlo, pero lo que a ella se le dan bien son las heridas físicas. Mi hermano seguía aparentemente dormido, tumbado en una cama cubierto de mantas de lana y de pelo para no perder calor, sin reaccionar a nada de lo que pudiéramos decir o hacer. De vez en cuando se agitaba en sueños, murmuraba, se relajaba o volvía a jadear. No sabíamos que habría visto para provocarle esos sueños, pero supusimos que no podríamos siquiera imaginarlo.

La primera noche, Helga me echó de su casa. Insistió en que todos necesitábamos descansar, y que si me quedaba, ninguna de las dos dormiría. Debería haber sabido que de todas maneras no íbamos a dormir. Sabíamos que ella pasaría la noche frente al fuego, probando remedios en mi hermano que no iban a funcionar. También sabía que yo no dormiría. No podía dormir después de saber que ahí fuera había una bestia que no podemos imaginar, que se había llevado a cinco hombres y había devuelto a mi hermano catatónico.

No podía dormir sabiendo que tras la ventana, en una oscuridad tan profunda que parecía un muro sólido, había alguien o algo que estaba atacando y destripando a nuestro ganado, y que había hecho desaparecer a varios hombres. Y sobre todo, no podía dormir pensando en cómo lo habría pasado mi hermano.

Sin embargo, desde la ventana de la cocina la oscuridad no era total. A unos metros y difuminada por las ramas bajas de un árbol, se veían las ventanas encendidas de la casa de Helga. No eran lo suficientemente claras como para ver si había movimiento dentro de la casa pero la luz titilante anunciaba que la lumbre estaba encendida y que, por lo tanto, Helga tampoco estaba durmiendo. Al cabo de unas horas de aguantar sentada y desvelada en mi casa salí al frío de la noche. Si lo hubiese pensado un poco mejor quizás no lo hubiese hecho. Por el silencio di por supuesto que lo que estaba destripando las ovejas no estaba por allí cerca: aún así, si no fuese por el estado de mi hermano me lo hubiera pensado dos veces.

Crucé corriendo el pequeño trecho que me separaba de la casa de Helga casi sin respirar. Llamé con suavidad a la puerta y ella la abrió casi al momento. Me miró sin sorprenderse:

— Vuelve a casa — dijo mirando por encima de mi hombro.

Yo no pensaba responder y me quedé plantada delante de la puerta. No tardó en hacerse a un lado y dejarme pasar.

Mi hermano seguía tumbado boca arriba, aunque Helga le había retirado alguna manta al subir el fuego.

— ¿Cómo está? — pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

— No hay cambios. He probado a darle un par de medicinas, pero aunque las traga, no responde a ninguna de ellas — Helga suspiró.

Me senté al lado de la cama de mi hermano. Y a su lado, viendo cómo se le movían los ojos bajo los párpados y agarrándole de la mano, pasé la noche.

La mañana llegó sin nuevas noticias del resto de los hombres. Al salir el sol otro grupo, esta vez de búsqueda, salió para meterse en el bosque. Helga abrió la puerta de su casa como todas las mañanas y siguió atendiendo a los enfermos que pasaban en busca de sus remedios. Cuando la gente empezó a entrar y salir de la casa, Helga me encargó salir a por hierbas.

— Las que tengo en casa ya sabemos que no le sirven a tu hermano. Necesito que encuentres algunas más.

Me entregó un herbario posiblemente más viejo que ella. Las flores y las hojas estaban dibujadas a mano con pinturas aguadas, las hojas estaban amarillentas y las descripciones escritas con una letra pequeña de hormiga. Las hojas parecían a punto de desprenderse de la encuadernación y cogí el librito con un cuidado reverencial.

Cuando aún se escuchaban a lo lejos los perros que se había llevado el grupo de búsqueda, yo salí de casa de Helga con el herbario y una cesta de mimbre. En el camino hacia el bosque recogí diente de león, la poca menta que el frío había dejado viva y ataqué el jardín de mi vecina para conseguir tomillo y romero. Dentro del bosque encontré sándalo y saúco, del que me quedé con las bayas. De vuelta, en casa de mi madre encontré frutas secas que habíamos recogido durante el verano e hibisco seco. Cuando volví a casa de Helga tenía la cestita llena.

El sol ya había alcanzado su punto más alto en el cielo, a pesar de que no estaba demasiado lejos del horizonte a esas alturas del año. Cuando terminó con el último paciente, Helga me obligó a comer con ella. A pesar de mis quejas, no nos pusimos a trabajar en las infusiones de mi hermano hasta que terminamos la comida que sirvió en la mesa.

Primero, Helga vació la cestita que me había llevado encima de la mesa de la cocina y empezamos a separar las hojas y las flores. Mientras escogíamos las mejores hojas y descartábamos los tallos, me dijo:

— Si tu hermano tuviese una herida física, podría sanarlo fácilmente. Conozco todos los tipos de heridas que podría tener un hombre, e incluso un animal. Las heridas del alma son más difíciles. No son fáciles de entender ni de curar. He probado con los remedios que normalmente uso y no ha funcionado. Ahora tenemos que probar muchas cosas y confiar en dar con la receta adecuada. Sin saber qué le ha pasado es difícil saber cómo curarlo.

Seleccionamos las hierbas y Helga empezó a juntarlas para preparar diferentes infusiones. Yo miraba desde lejos cómo trabajaba en silencio, preguntándome lo mal que tenían que saber las mezclas que estaba haciendo. Se preocupaba solo de sus propiedades, no del sabor. Arrugué la nariz, pero no dije nada, cuando juntó en un colador jengibre, pasas y romero. Aquello tenía que tener un sabor horrible.

Helga se empeñó en que entre cada infusión que le diésemos a mi hermano deberíamos esperar por lo menos un par de horas. Dijo que si le dábamos todas de golpe no sabríamos cuál le estaba funcionando y no podríamos repetir el tratamiento en los próximos días en los hombres que el grupo de búsqueda traería de vuelta. Clavé la mirada en el suelo y tuve un escalofrío.

Empezaba a caer la noche cuando el grupo de búsqueda volvió a la aldea. Venían agotados, sucios y con las manos vacías. Los vi llegar a través de la ventana. Los perros corrieron al interior de las casas. Sus mujeres e hijos salieron a encontrárselos en el camino. Vi cómo negaban con la cabeza y alguna gente se echaba a llorar al perder la esperanza de volver a ver a parte de su familia. Uno de los hombres agitó algo que parecía un zapato, o un bolso de piel. No pude ver más, porque Helga me llamó desde la cocina:

— He probado todo lo que se me ha ocurrido hasta ahora. Te toca a ti. La próxima infusión le toca dentro de una hora. Hazlo lo mejor que sepas.

Helga rellenó de agua la olla que estaba al fuego y sacó los tarros de la melisa y la menta. Bastante gente iba a necesitar consuelo esa noche.

Me aseguré de que mi chal estuviese bien prendido y me senté a la mesa de la cocina de Helga.

En un bote de barro junté cáscaras de naranja, manzana seca y un poco de remolacha que había cogido en casa de mi madre. Le añadí pequeños trozos de jengibre y regaliz (que a mí no me gusta nada pero a mi hermano siempre le encantó), hibisco, sándalo del recién cogido, menta y romero. Lo mezclé bien y con cuidado. Cuando el agua sobre el fuego empezó a hervir, puse la mezcla en un colador encima de una taza de barro y vertí el agua caliente. Cuando llegó hasta el borde y la mezcla flotaba, la tapé con un paño de algodón.

La dejé reposar mientras veía cómo Helga volví a ordenar los tarros con las hierbas e ingredientes en la despensa. Cuando la mesa de la cocina volvió a quedar libre, se sentó a mi lado y miró los paños humeantes de las dos infusiones.

— ¿Por qué esa mezcla concreta? — preguntó mientras el olor a menta empezaba a salir de la taza.

— Era una mezcla que nos daba nuestra abuela cuando éramos pequeños. No sé qué propiedades tiene. Tiene algunas cosas de las que has usado tú, pero también otras que solo le dan sabor: no creo que la manzana vaya a curarle. Pero si las medicinas puras no funcionan, tendremos que probar con otra cosa, ¿no?

Helga asintió pero supe que pensaba que era perder el tiempo. Supe que me dejaba probar la infusión de mi abuela porque así me quedaría tranquila y puede que le esperase una noche agitada atendiendo a las familias de los desaparecidos.

Miramos los pañitos de algodón. El agua de mi taza se había vuelto de color rojo oscuro. Retiramos el colador con la mezcla de hierbas y frutas y dejamos que se enfriase un poco más: el barro conserva demasiado bien el calor.

Ya era noche cerrada y la oscuridad más profunda envolví las casas cuando llamaron a la puerta de Helga. Una de las mujeres estaba sufriendo un ataque de pánico y decía que le costaba respirar. Su hija, asustada, entró tambaleándose mareada en la cocina. Helga les vertió la infusión que había estado preparando y yo me fui con mi taza a darle la suya a mi hermano. Le incorporé en la cama y fui dándole a probar poco a poco, el agua todavía humeante.

Escuchamos el aullar de un lobo no muy lejos de las casas. Los perros de la aldea empezaron a ladrar y a arañar las puertas de sus casas. A la tercera cucharada mi hermano empezó a reaccionar. No abrió los ojos, pero cuando acercaba la mezcla dulzona abría la boca. Así que pensé en dejar la cuchara y probar a acercarle la taza directamente a la boca.

Empecé a escuchar ruidos en las casas cercanas. Voces casi gritando, golpes… toda la aldea había escuchado al lobo. Algún perro consiguió salir de su casa y ahora ladraba desde la puerta.

Mi hermano aceptó beber de la taza. Yo la sujetaba mientras él daba sorbitos a la infusión. A cada vez, un poco más rápido. Mientras las dos mujeres estaban e la cocina, Helga miraba por la ventana e intentaba adivinar qué estaba pasando en la calle a través de la poca luz de luna que las nubes dejaban pasar. Me dijo que había gente encendiendo antorchas. Esperé que no saliesen por la noche a buscar al lobo: no tendrían nada que hacer sin luz.

Cuando mi hermano tomó el último sorbo de la taza y se terminó la infusión, sonó el aullido más alto y más aterrador que hubiese escuchado nunca. Pareció que las ventanas temblaban, la cuchara vibró encima de la mesa y sentí como si se me metiese en los huesos. Fue un aullido agudo, desgarrado, imposible de pronunciar por un animal cuerdo que rebotó entre los árboles y se perdió con el eco en las montañas.

Durante unos segundos, en la aldea se hizo el silencio. Y mi hermano abrió los ojos.