Desayuno Público


Darme cuenta de que soy una hija más de los tiempos que corren, tiempos de análisis constante y superficialidad ficticia, es absolutamente devastador para el ego de ésta digna hija de dicha posmodernidad. La cuestión es, quizás, si saber y sufrir el conocimiento, realmente sirve de algo. Personalmente, saber no me conduce a mucho, sigo sintiendo rechazo por las personas que se sientan a mi lado en el café y gritan sus asuntos, quizás no gritan, quizás estemos todos muy cerca…

Hace quince minutos la historia de divorcio de un tipo hastiado por una ex esposa que de mujer tendrá mucho pero de madre no tiene un carajo, no me deja concentrarme en nada de lo que intento. Su interlocutora, una abogada que mueve constantemente sus zapatos muy charolados, con cara de preocupada ve como toda esa bronca acumulada se transformará lentamente en billetes que irán a parar a la remodelación de un departamento porteño digno de una revista de decoración.

El tipo está hastiado y quiere terminar con todo esto, la abogada está hastiada y necesita cambiar la alfombra y yo solo quiero que llegue la persona que estoy esperando y poder reírnos del hartazgo ajeno para no hacernos cargo de la incomodidad de un encuentro que alguna vez fue cómodo en alguna que otra cama. Un segundo abogado llega. Parece que la cosa se pone pesada por whatsapp. Si me concentrara en escribir solo la conversación del padre preocupado y las sonrisas conciliatorias de sus abogados, me podría estar yendo de tema. Quizás no. El orgullo de este hombre se disuelve en papeleo. Su orgullo está herido porque el dinero que debería ir a sus hijas está siendo utilizado para otros fines. A veces sus hijas no tienen la ropa necesaria, a veces llegan a su casa a la noche sin haber comido nada desde la mañana. Viven en recoleta con su madre.

La bronca vuela los papeles que leen los abogados. Mi café llega y su aroma me dispersa de la conversación ajena. Una mujer que se ha quedado estéticamente en los ochenta se sienta a mi izquierda y saca una tablet. Debe estar en sus cuarentas, sus ojos están tapados de colores pasteles y su pelo corto y rubio se parece al de los carteles de esas peluquerías que en treinta años no han cambiado sus carpetas de modelos de cortes. Su perfume me recuerda al talco, me da asco. El no quiere dar su dirección nueva, parece que su ex es un poco violenta. Ellos lo saben y le dan una alternativa.

El perfume me invade la nariz y ni el café me ayuda. Saberme en el hastío, agudiza los sentidos que le conviene no se a quién, porque a mí seguro que no.

La moza huele bien. Su pelo está bien teñido y el subte pasa por debajo de los pies con el mismo ímpetu que una ex esposa que inventa cualquier escándalo con tal de seguir en contacto con una persona que ha seguido con su vida y ahora teme por la seguridad de su nuevo hogar, de sus siempre hijas, y la de la izquierda se fue pero el aroma quedó impregnado en el área y en mi cabeza. Los abogados también se fueron…y el padre, él también siente un aroma que le será eterno. Y mi encuentro no llega, al menos su olor a cigarrillo me sacará un poco del perfume asqueroso.

Los turistas nos miran. esta bien. Si yo fuese turista también miraría a la gente que desayuna en un café antes de ir a trabajar, o antes de no hacer nada. Quizás la moza huela a granos de café cuando vuelve a su casa. La olería para mejorar mi humor. Oler una mujer hace bien. Bueno, a cualquier mujer menos la señora de la izquierda. Quizás tampoco huela bien la ex esposa del padre embroncado. El la debe haber olido con amor durante años, sino sus hijas no sonarían tan divinas .

La que espero me huele con amor, yo no. Si así fuera, este encuentro que nunca llega no sería tan incómodo. En realidad es incómodo porque en su hastío ella sabe que yo huelo con amor a otra mujer, otra que no tuvo ni que tener poros en la piel para cautivarme con su aroma. Tampoco me gustan las que huelen a mucho maquillaje. sus rostros están impregnados de un olor a ratón de laboratorio que murió primero de cáncer, después de alergia y más tarde de aburrimiento. Ahora la moza huele a cansancio y me mira. Espera que la llame, esperando que no la llame. Pareciera que va a desmayarse, si así fuera, yo podría acercarme y olerla.

Una señora sentada en una de las mesas de la vereda huele a cigarrillo, veo que todo su cuerpo está preocupado, se mueve con precaución al acomodarse en la silla, al revolver su taza. También lo hace temblando. Su mano está vendada, quizás huele a desinfectante. Y ella que no llega. Ella que se hubiese injertado pieles divinas con tal de que la oliera con una pizca de amor. Yo lloré de bronca por no poder hacerlo y cuando las lágrimas me olieron a hipocresía sincera, me bañe en espumas de aceptación y no use nunca mas antitranspirante. No oler nada más que un poco de café me tranquiliza. Trato de no imaginar el olor a cigarrillo preocupado de la mujer de afuera, se mueve despacio cuando lo apoya para quitarle la ceniza. Desde adentro puedo oler que está enferma.

Voy a pedir otro café solo para sentirlo llegar. Si lo acompañara con una porción de algo dulce, la espera ya no tendría sentido. Vine a esperar un desayuno incómodo, un cheesecake soso sin frutos rojos. Además, mi favorito es el lemon pie y acá no hay.

Me pregunto cuantos microsegundos tarda en cambiar la cara de la moza cuando levanto la mano para llamarla. ¿Será cuando estoy moviendo mi brazo hacia arriba? ¿cuando doy vuelta la cabeza? O será un diálogo silencioso de conexión y entendimiento mutuo en el que los músculos faciales se dan cuenta de mi intención. Se mueven al mismo tiempo que mi torso que se eleva e impulsa a mi brazo a pedir mi segundo café, como si mis ganas de más café y su rostro fuesen uno de esos abrazos del tango. Podría ser eso. Me gustaría que lo fuera. Quizás solo quisiera invitarla a que se levante de la banqueta para pedirle un tango. Es que ambos huelen parecido, huelen a tensión, pero no a ansiedad. Las cejas se levantan y saben que quiero otra taza y más azúcar, su boca me dice que le parece divertido. Pobre, debe estar tan aburrida que le debe causar gracia que la gente alargue sus desayunos, o que mi rostro se lo haya pedido por favor sin haber dicho nada.

La espera que no llega y me acuerdo de los que esperan eternamente a Godot, me sonrío de lo exagerado de mi comparación y termino mostrando mis dientes de la ñoñez de mi pensamiento. Igual ella siempre viene, nunca llega tarde. Casi nunca. La única vez que llegó tarde fue en conocerme y como le dije un día, para mi llegaste demasiado temprano.

Siento la máquina de café mientras escribo esto, ese ruido a vapor, alguien va a tomarse un rico café con leche y huelo como la taza viene en bandeja hacia mí… pero no. Viene en una de las manos de la moza. Al poner el café en la mesa, descubro que en la otra mano sostiene una de esas galletitas grandes de avena y al apoyarla al lado de la taza, me dice: -esa persona no se merece tu hambre y menos a la mañana. Esa persona no se merece tener que hacer todo el trayecto que está haciendo solo para que yo le diga lo que no quiere escuchar, pensé yo. Pero solo me salió decirle que gracias, que por favor no me tenga lástima, que mi amiga vive lejos y que es obvio que el tráfico es una locura.- No es lástima, es empatía y tampoco se puede escribir con el estómago vacío, espero que no estés escribiendo sobre mí. Se les escapó una sonrisa, pero no de moza, se le escapó una verdadera sonrisa. Le sonreí, le mentí, le dije que escribía sobre el café. Me dijo que lo único bueno que tenía este trabajo era que podía oler a café el resto del día. Me sonrojé, volví a sonreir y aguanté mis ganas de redireccionar la conversación para terminar en el patético momento de pedirle su facebook o su instagram, su número o su correo postal. Es que en ese momento solo quería tomar café y que fuese solo eso. Aún así busqué otros olores por fuera de la taza y sentí el aroma del grano recién molido. ¡La moza huele a granos de café!

Me pregunto qué aroma tendré yo, mientras siento el gusto de la avena y mi espera entra al bar, apurada con olores a frío de invierno, a cigarrillo y a tristeza.