Enanos blancos


Cuando era chico y me aburría en casa me iba a lo de mis abuelos -vivían a una cuadra- y procuraba darles charla y que me convidaran algo para comer; con suerte habían hecho empanadas o tortillas y entonces tenía doble cena.

Pero algunas veces llegaba y estaban ocupados, así que procuraba entretenerme solo. Si era de día intentaba trepar al árbol de ciruelas o sacaba una mandarina y comía; a veces agarraba la patineta de mi tío o algún libro.

Una noche en la que estaban ocupados, para entretenerme, salí al patio y me puse a hacer el helicóptero: abrí los brazos y empecé a dar vueltas, mientras miraba el cielo. Y justo cuando comenzaba a sentir los efectos de girar, en el momento en que las estrellas que veía se empezaban a mezclar, mi abuela me gritó:

-¡No hagas eso!

Pensé que no quería que me mareara, así que paré y empecé a explicarle que no me iba a caer al suelo ni nada, que estuviese tranquila. Entonces me dijo algo que me hizo un ruido tremendo:

-Podés dar las vueltas que quieras, pero no mires al cielo.

-¿Por qué no?

-Por que no hay que mirar las estrellas.

En vano traté de sacarle una palabra más; el resto de mi vida le seguí preguntando cada vez que la veía por qué no tenía que mirar el cielo y ella todas las veces me daba la misma respuesta hermética: “no hay que mirar las estrellas”.

Pasó el tiempo, crecí, mi abuela quedó viuda y fue perdiendo la visión, así que decidí mudarme con ella. Alguna que otra vez aprovechaba, mientras charlabamos por las noches, luego de la cena, y volvía a hacerle la eterna pregunta, pero nunca podía progresar. Hasta que una noche, entre tantas historias que me contaba sobre su Santiago natal, comenzó a relatarme una que, al día de hoy es la única que me puede explicar su terror al cielo nocturno.

La historia le había sucedido a unos vecinos: ahora bien, de niña ella vivía en el campo, y el vecino más cercano podía encontrarse a kilómetros de distancia.

Estos vecinos -padre, madre, hija- habían sido invitados a una fiesta en un pueblo cercano. Otra vez por ‘cercano’ debemos considerar una distancia importante. Mi abuela no me dio muchos detalles de la fiesta, que no importan para la historia, pero me imagino una de esas fiestas que describen en las chacareras, una fiesta con músicos en vivo que no dejan de rasguear las guitarras mientras las parejas bailan en el patio de tierra.

La fiesta llevaba horas, había comenzado temprano, y las mujeres de la familia se habían cansado, no tanto de bailar como de los chistes soeces que lanzaba el marido que ya estaba empinado con el vino. Esto provocó una discusión familiar, porque el tipo insistía en quedarse, mientras las mujeres querían marchar aprovechando que en un carro las iban a alcanzar hasta la casa. Era una noche cerrada, sin luna, y no querían tener que caminar, luego, con un borracho a cuestas a través de los campos solitarios.

Finalmente el hombre, con su resolución de borracho, mandó a pasear a su familia y se quedó; o tal vez su mujer lo mandó a pasear y se fue arriba de la carreta con su hija.

Las mujeres se fueron en la parte de atrás del carro que avanzaba lentamente dado que el caballo iba despacito porque era una noche poco iluminada y el conductor no quería salirse de la huella.

Tardaron un par de horas en volver a su casa-ya hablamos de las distancias en el campo santiagueño- y entonces vino la sorpresa porque al llegar estaba esperando, bajo el alero del ranchito, el marido de la familia, con una botella en la mano, un poco menos mamao y protestando por la demora de las mujeres.

-¿Cómo llegaste antes que nosotras?! -preguntaron asombradas, dado que solo había un camino para llegar y en todo el trayecto nunca se les había adelantado ningún caballo ni carro.

-Me trajeron unos amigos, explicó el hombre -y siguió explicando una historia que era más o menos así:

“Cuando se fueron empecé a correr detrás de ustedes, pero no las alcancé porque estoy algo borracho así que me tropezaba. Entonces seguí caminando solo, hasta que ví una luz que bajó del cielo y se posó en medio del camino. De la luz salieron unos enanitos, todos blancos y me preguntaron para dónde iba. Debían ser de otro lado porque no hablaban como santiagueños, pero eran simpáticos, les gustaba el vino y se ofrecieron a traerme. Y acá estoy, esperando hace una hora que lleguen ustedes”.

Las mujeres le achacaron la historia a la borrachera, pero al otro día preguntaron y efectivamente el hombre había salido corriendo detrás del carro.

Mi abuela me volvió a contar la historia varias veces.

No creo que en su insistencia en que no debía mirar al cielo hubiese miedo ante la perspectiva de que una nave espacial descendiese. Creo que más bien el temor venía por la posibilidad de que los enanos blancos fuesen borrachos como su vecino y llevasen a su nieto a la bebida.


Cielo / Jesús Gonzalez Crespo

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.