La seguridad del miedo


Me están buscando. Los escucho pasar una y otra vez por mi puerta, hablar entre ellos. Me escondo lo mejor que puedo entre el comedor y la cocina, un espacio que me deja fuera de la vista de cualquiera de las ventanas. No puedo entender lo que dicen, pero escucho sus voces. Si me asomo a la puerta de entrada veo sus sombras pasearse de un lado al otro. Podrían forzar la puerta, empujarla con sus hombros. Saben que estoy aquí, aunque no haya hecho ningún ruido. No tendría que haber abierto las ventanas pero necesitaba aire, la casa se había llenado de un tufo de cigarrillo que hoy a la mañana se me hizo insoportable.

Pensé que jamás me encontrarían. Manuel me dijo que no tendrían ningún rastro, que se iba a ocupar de todo. Quizás Manuel ya esté muerto, quizás descubrieron su fachada de enfermero, lo mataron y tiraron su cuerpo al río o al campo, esperando que las ratas lo desfiguren. Ahora me quieren a mí,otra vez.

Debe haber más que estos que se pasean por mi puerta, seguramente uno mirando por cada ventana, esperando que de un paso en falso para tirar la puerta abajo. Quisiera poder arrastrarme hasta la cama, meterme abajo y quedarme dormido hasta que se cansen y se vayan. Sé que están escuchando mi respiración con uno de esos aparatos que parecen radares de mano y se están divirtiendo porque cada vez es más rápida. Están esperando que muera de hambre porque Manuel ya no podrá traerme nada y yo me quedaré acá adentro hasta que los vecinos sientan el olor de mi cuerpo pudriéndose y los bomberos me saquen en una camilla. Se aterrarán por las moscas, por la mancha verdosa en este pequeño espacio. Y nadie querrá vivir aquí y si alguien alquila esta casa los vecinos lo mirarán con piedad y terminarán por contarle todo. A la gente le asusta la muerte, los nuevos inquilinos empezarán a ver sombras y a oír voces, le darán a cada suceso azaroso la seguridad del miedo, dirán que están volviéndose locos y se mudarán bien lejos, pero antes traer a una bruja para que los limpie hasta los huesos.

Silencio. Podría ser un trampa. Se me están acabando los cigarrillos, cuando no tenga más querré haber guardado cada colilla. Si Manuel no viene, cosa que es muy probable, nadie vendrá a ayudarme porque nadie sabe que estoy aquí. Manuel juró por su hijo que nadie lo sabría. Ahora ellos están aquí. Manuel me traicionó. Le dieron dinero o le pusieron un arma en la cabeza a su hijo y Manuel no pudo soportar su carita llorosa y desesperada diciéndole papá, por favor papá, van a matarme, van a saltarme la tapa de los sesos, papá. Manuel les ha dicho todo. Mañana es miércoles. Es probable que, cuando me vengan a buscar, lo traigan con ellos. Manuel me pedirá perdón llorando. Quizás le peguen un tiro para mortificarme, pero no sentiré pena, uno no siente pena por alguien que lo ha traicionado, uno no siente nada.

Estoy pensando en arrastrarme hasta la puerta y escuchar si se han ido. Arrastrarme como los soldados por las trincheras, pegado al suelo, cambiando el barro por el polvo y los cadáveres de las cucarachas que pisé en estos días. Cucarachas gordas que, en medio de una vida de placeres, se vieron invadidas por un monstruo de dos patas con la fuerza para sacarles los intestinos. Dejé los cuerpos como advertencia para las demás pero son valientes, por las noches las escucho entre las cajas de la mudanza y, cuando apenas ha amanecido, las puedo ver por las paredes y el piso, enfrentándome. Cucarachas suicidas que saben que no pueden escaparle a mi zapato.

Apenas me asomo y no veo nada por las ventanas entonces pego mi cuerpo al piso y me empujo con las piernas hasta llegar al costado de la puerta. Silencio. Quizás hay un guardia arrodillado al costado de la puerta. Podría matarlo. Buscar la cuchilla, abrir la puerta y encajársela en el medio del pecho. Arrastrarlo dentro y limpiar la sangre. Alimentar con él a mi ejército de cucarachas para que me defiendan cuando lleguen los otros. Esperarlos con el arma del difunto apuntando a la entrada y el olor dulzón del cadáver que parece vivo por el movimiento de las cucarachas subiendo y bajando por su pecho, saliendo de su boca, alimentándose y volviéndose fuertes para luchar por su amo. Voy a quedarme al costado de la puerta hasta que el otro haga algún movimiento, entonces correré a buscar la cuchilla y abriré la puerta antes de que pueda abrir la boca.

Debo haber dormido varias horas. La noche está bien cerrada y por la ventana entra el vientito nocturno y algunas polillas. Escucho. Un gato maúlla a lo lejos. Podría cerrar las ventanas ahora, pero antes debo asegurarme de que no han dejado a otro guardia. Desde donde estoy debería escuchar cualquier respiración, cualquier paso, cualquier voz. Me levanto y, tanteando las paredes, voy hasta la cocina. No me asusta la oscuridad, la prefiero. Abro el cajón y saco la cuchilla. Vuelvo a la puerta, evitando pasar por delante para que no puedan ver mi sombra. La llave está puesta. Me quedo escuchando, todo está en silencio. Le doy una vuelta a la llave y espero. Nada. Doy la segunda vuelta y abro, los músculos de la mano se me tensan y la mano con la cuchilla me tiembla. Cierro rápido y le doy las dos vueltas de llave antes de guardarla en mi bolsillo. Me acerco a cada ventana y bajo las persianas. Creo que las he cerrado tan bien que no podría pasar ni una mosca. Busco la lámpara azul ayudado por el encendedor, la prendo y veo un par de cucarachas que se escapan de la luz, pero no tengo ganas de matarlas, ahora sé que podrían ser útiles. Tengo que quedarme muy quieto. Podrían haberse camuflado y haberme visto cuando salí. Sí, en este momento pueden estar acercándose a la puerta. Todos vestidos de negro y verde, irreconocibles sin los guardapolvos blancos. El Doctor Julien, con esa sonrisa, detrás de la puerta. Las polillas que han entrado durante la noche se ponen a rondar la lámpara. Dejo el cuchillo sobre la mesa y cuando veo la hoja brillar y una polilla se acerca tanto a la luz que cae moviéndose frenéticamente pienso en que si tienen a Manuel tienen la llave. Tengo que buscar algo para tapar la cerradura porque algo dentro mí los siente y no se las pienso hacer fácil. Están viniendo, riendo y hablando de cómo volverán a torturarme. El Doctor Julien se relame ante la posibilidad de volver a meterse en mi cabeza. Camino despacio, apoyando primero las puntas de los pies y luego los talones con la suavidad de un gato. Abro los cajones del aparador de la cocina y los revuelvo hasta que encuentro el pegamento. Vuelvo hasta la puerta y lleno la cerradura, tardará un poco en secarse. Tengo frío. Voy a buscar una campera a la habitación. Cuando vuelvo escucho una voz. Agarro la cuchilla y me acerco, trato de entender lo que dice. Susurra mi nombre. No voy a contestar. Es la voz de un asesino. La voz gruesa de un hombre a ha venido a matarme. Billy, abre la puerta. Estoy esperando. Eso es lo que dice, lo que repite. Puedo ver su sombra por debajo de la puerta, está empezando a amanecer. Billy, se un buen chico y déjame entrar. Vamos Billy… Sé que estás ahí. Es la voz de mi padre. Mi padre muerto que ha venido a buscarme. Billy, no me hagas entrar a la fuerza, se un buen chico. Mi padre vestido de blanco como esos farsantes y asesinos. Voy a contar hasta tres y no va a gustarte si me haces esperar, Billy. Uno. Mi padre, otro traidor desde la tumba. Dos. No podrá entrar porque la puerta está sellada. Tres. Billy, estoy perdiendo la paciencia. Siempre estaba perdiendo la paciencia y cuando la perdía ganaba con la hebilla del cinturón. Te lo has ganado… Escucho la correa del cinto de cuero rozando los pantalones, pasando como una víbora por las presillas y el golpe seco al final, al escapar por la última y golpear con fuerza el aire. Billy, sal de ahí. La hebilla produce un estruendo sobre la puerta. Salto. Tengo la cuchilla en la mano pero no sé si seré capaz de matar a mi padre, aunque me deje la espalda marcada con el motivo de su hebilla, aunque vuelva a decirme que soy terriblemente malo y que no sirvo para nada.

Silencio. Mi padre se ha ido. Ya no hay ninguna sombra bajo la puerta. Una gota de sudor por la espalda me hace picar pero no llego a rascarme. Quedan dos cigarrillos y el sol ya ha subido, entra demasiada luz por debajo de la puerta. Creo que me merezco unas pitadas aunque vaya a arrepentirme luego. Me hace bien el humo, me relaja un poco pero tengo que estar alerta porque volverán y se harán pasar por Manuel. Igual Manuel ya no existe para mí, se ha muerto o se ha vendido, en cualquiera de los casos estoy solo, con las cucarachas y las polillas. No sé cuánto hace que no tomo agua. Ahora quiero fumar tranquilo. La lámpara sigue encendida, debo apagarla. Saco la brasa del cigarrillo con cuidado, una o dos pitadas antes de acabarlo y lo dejo sobre la mesa. Voy a la cocina y tomo un poco de agua, me doy cuenta de que me hacía mucha falta y me sirvo más. Me siento mejor, el agua sabe bien aunque esté un poco turbia y sea posible que estén tratando de envenenarme. El viento golpea las persianas o las están golpeando ellos para asustarme, no voy a demostrarles que tengo miedo. Alguien grita. Una mujer, Mi madre. Grita como gritaba cuando la hebilla de papá la adornaba también a ella. Grita como la última vez. Grita mi nombre tan fuerte que no sé de dónde viene. Billy, por favor, Billy. La última vez ella grito tan fuerte hasta que dejó de hacerlo y sólo se oía el sonido chapoteante de los golpes. Eso le pasaba a los desobedientes en casa. Vete, Billy, corre. Ahora solo llora. Me acerco a la puerta. Por favor, Billy. Si supiera que es ella y no otro truco abriría. No puedo soportar su llanto. Está sufriendo. Me pego a la puerta aunque sé que es una imprudencia, la escucho susurrando. Billy. Mamá, ¿estás ahí? Billy, ¿por qué me dejas llorando, Billy? Soy tu madre. No seas tan mal chico. A veces pienso que tu padre tiene razón, Billy, a veces necesitas unos golpes, es algo que todos los padres hacen , alguien tiene que enseñarnos. Bajo el picaporte pero la puerta no cede. Está sellada. Mi madre llora cada vez más fuerte. Creo que necesitas unos golpes, se lo diré a tu padre. Un hijo no deja a su madre llorando, Billy. Ni siquiera puedo meter la llave, no puedo hacer nada. Mamá, no puedo abrir la puerta, no puedo. Billy, eres un maleducado. Más te vale cerrar esa boca asquerosa o le diré a tu padre que se saque el cinturón. Papá está muerto. Tu también mamá. Eres un inútil, Billy. No sirves para nada. Jamás llegarás a ser un hombre como tu padre. Me tapo los oídos con las manos pero la voz se hace más fuerte. No seas un chico malo y ven con nosotros, vamos, Billy, sino verás cuando llegue tu padre. No hagas eso mamá. Tu maestra me dijo que tienes malas notas, ya verás holgazán cuando llegue tu padre. Soy un chico bueno, mamá. ¿Por qué, si soy un chico bueno? Soy un chico bueno que ya no toma su medicina, mamá. Soy un buen chico.

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